Zaragoza Ramírez: Zizi A. Papacharissi, A Private Sphere. Democracy in a Digital Age
Vol. 36, Num. 78, Año. 2015
Recibido: 2014 10 01
Aceptado: 2014 12 15


Si alguno de nosotros se preguntara ahora mismo qué diferencia hay entre lo público y lo privado, probablemente consideraría en sus respuestas los avances tecnológicos y la manera como socialmente se determina un espacio y el otro. Zizi Papacharissi se adentra con rigor a esta discusión que representa uno de los temas más recurrentes y también más comentados de los tiempos actuales: lo público, la tecnología, la vida privada-cotidiana y su estrecha relación con la participación en las democracias contemporáneas. Así, la autora se pregunta si acaso estamos en presencia de una nueva esfera privada que posibilitaría al sujeto de acción social, trasladar su vida íntima o privada a un espacio público al alcance de casi cualquiera expuesto a través de internet. Desde su espacio privado -ya sea la cocina, o el autobús- puede conectarse al espacio público digital -votar con un simple like, en contra de la incursión en Gaza, por ejemplo- y así ampliar de alguna manera su participación en la esfera pública.

El texto de Papacharissi invita al lector a acercarse a un tema relevante y comienza marcando los límites de un problema estructural como el del interés y la participación ciudadana, e intenta superar la relación causal que muchos autores han dado como certera: si hay un mejor espacio público, entonces, habrá una mejor democracia. La autora asume una posición diferente, a través de un acercamiento conceptual cauteloso a las democracias contemporáneas, la cultura política y la relación mediática de la ciudadanía con el gobierno, en específico de las nuevas tecnologías de información y comunicación.

Reflexiona sobre la democracia y el espacio público porque son los temas de hoy. Papacharissi considera fundamental plantear desde el principio del libro los fines que podría tener la participación ciudadana en las nuevas democracias, donde algunos incluso encontrarían la posibilidad de imaginar una forma de gobierno directa a través del acceso a internet. Próceres de la superficialidad atribuyen así un estadio definitivo a los avances tecnológicos y considerarían posible la democracia directa por medio de internet y con la participación de un ciudadano modélico.

Así, el libro plantea esas nuevas posibilidades, pero con el cuidado de no caer en la exageración. Reconoce la importancia de las tecnologías en el fortalecimiento del espíritu democrático -aunque en un sentido formal no haya todavía gobiernos que ejecuten desde ese principio y falte aún el reconocimiento de las nuevas oportunidades que la técnica le brinda a los ciudadanos- y también en que se pueden pensar nuevas maneras de participación política gracias a internet, pero, solo porque el individuo puede reconocer, según la autora, que tiene novedosas y quizás mejores opciones.

La obra también analiza lo público y lo privado como una relación intrínseca en las democracias contemporáneas, y aunque no ignora que la relación es histórica, sí olvida que las condiciones materiales dependen del modo de producción, de manera que lo público está subordinado a lo económico; así, la relevancia de lo privado radica en la acumulación y en la privatización de lo que es de todos y la ganancia que ello implicaría; por ejemplo, se ponen rejas en las calles y se cierra el tránsito o se toma algún espacio y se argumenta que es propio y por ello se reconoce como el dueño. Esta convivencia entre lo público y lo privado es uno de los ejes del libro, pues la distinción entre uno y otro es lo que determina la manera como el individuo piensa sus relaciones con otros y cómo se aventura frente a estos en un espacio público.

Papacharissi recupera discusiones de la sociología estadounidense contemporánea y recurre a lo establecido por Erving Goffman (1959) como la presentación de la persona en público -ante la sociedad- y también en privado. De ese modo, la interacción que sucede en lo público está sugerida desde los roles sociales establecidos aún antes del auge de las nuevas tecnologías de información y comunicación. Por ello, para la propuesta de Papacharissi siempre será importante pensar al ciudadano y su formación intelectual, el lugar donde se desenvuelve, la cultura y la sociedad que lo rodea.

Aunque no toma en cuenta el contexto, ya que los contenidos de la participación van a estar determinados o condicionados por las propuestas que encuentre o que cree encontrar el usuario en la red, y ese es un límite, es decir, hay un sesgo previo y aunque hay una determinación, también las opciones dependen de él o ellos, de lo que publiquen o de lo que no. El texto ofrece un análisis para la participación, y para ello se requiere historicidad; o sea, el seguimiento de las prácticas sociales comunes o cotidianas y la manera como estas han generado una realidad estructurada significativamente.

Porque las relaciones son determinantes para que una persona haga propio, desde distintas posibilidades, su lugar en el mundo. ¿Qué trae como consecuencia? Quizás, como señala el texto de Papacharissi, un individuo que atado a su realidad, y desde esta, se reconvierte y reconforta en una imagen que da al exterior y que comparte públicamente, lo cual es fundamentalmente el eje que guía su actividad política. Por ejemplo, aparecen memes, burlas y comentarios de diversa índole en internet, que reafirman o refuerzan la discriminación y sus expresiones homófobas, racistas, clasistas y un largo etcétera.

Después de plantear un análisis de la participación desde las prácticas, la autora intenta distinguir históricamente entre lo público y lo privado; si bien el libro recupera esa posibilidad sin hacer un seguimiento necesariamente genealógico de qué es lo público, sí marca un recorrido que culmina en el planteamiento de la sutil diferencia que hoy existe entre uno y otro. Porque lo que en nuestros días es de interés público o se comparte, o se hace evidente, no es lo mismo que hace veinte o treinta años. Es más, ni siquiera es igual que hace cinco. Así, reivindica la discusión del principio de publicidad kantiano y lleva de la mano al lector en su apuesta por pensar lo social desde lo que se comparte públicamente con otros o lo que se mantiene para sí mismo en la seguridad de lo que es privado.

Aunque no insiste en la diferencia entre un aspecto y otro, hace énfasis en la relación existente entre lo público y lo privado desde la dinámica social. Se refiere a las actitudes compartidas, al estado de la opinión pública, a los temas recurrentes y a la dinámica social que se establece entre los límites de uno y otro espacio. Es decir, para Papacharissi, la sociedad determina el valor -intersubjetivo, compartido- de lo que atribuye como privado o como manifiesto. Por ello, los avances tecnológicos son significativos para dibujar los bordes que distinguen un espacio del otro, aunque estos límites sean cada vez más porosos, más difíciles de distinguir y tan efímeros como una llamada al celular de una persona que se encuentra en una sala de cine mientras transcurre la película y transgrede así lo privado y lo público.

La obra de esta autora se acerca a la convergencia digital de una manera esclarecedora, los nuevos medios y sus novedosas plataformas no son usados como los medios tradicionales -si se permite tal expresión-, tienen sus propias dinámicas y sobre todo sus nuevos usuarios, que conviven con los viejos, con nosotros, con los de siempre. Aunque lo común es repetir el uso conocido en las novedosas herramientas. Tal vez la autora exagera al plantear nuevos ciudadanos y no mirar la repetición de las prácticas usuales. Por ejemplo, la cultura popular es muy creativa en internet, pero continúa siendo misógina u homofóbica.

El planteamiento de la convergencia digital-tecnológica y su incidencia en la mejora de la participación ciudadana se sostiene en una premisa que cobró forma y popularidad en la primera década del siglo XXI. Papacharissi recurre a autores como Manuel Castells, García Canclini, Lessing, Meikle, Deleuze, Jenkins, entre otros (pp. 64-66), para sostener la idea de un consumidor-ciudadano que, aprovechando las ventajas de la técnica, podría participar, desde la subjetividad que le permite el sentido de apropiación de algo, en temas en los que normalmente no se interesarían. y ser el propio productor de la información que consume.

Y quizás echa las campanas al vuelo con mucha anticipación, pues a pesar de las nuevas posibilidades que tienen o podrían tener los ciudadanos gracias a la tecnología, en el centro del problema se encuentra el tema fundamental, el sentido y el interés. Porque a pesar de tener todas las posibilidades tecnológicas, y novedosas plataformas para la interacción, el usuario sigue siendo el mismo de siempre, el impredecible y siempre subjetivo ser humano, que participa y se interesa solo por lo que siente suyo, y todavía se siente ajeno a las discusiones políticas. Es decir, se puede burlar del presidente en turno, incluso pedir su renuncia a través de Facebook, pero seguirá pensando que la política la deben arreglar los políticos.

La discusión no se puede centrar en la herramienta, en todo caso, debe sostenerse en su uso social. Internet podría representar una posibilidad, pero no la panacea. Papacharissi se pregunta si estamos frente a mejores ciudadanos e invita a reflexionar sobre otras cuestiones: ¿Será posible apuntar todos los reflectores a la conformación de ciudadanos perfectos? ¿Participarán más y mejor? ¿La esfera pública se podrá alimentar desde la esfera privada?

Las respuestas que plantea la autora giran en torno a un ciudadano-consumidor que al estar expuesto al mercado desde siempre, podría convertirse en un ciudadano más exigente, comparando y haciendo símiles de una acción política y una económica-mercantil.

Por ello, el texto rastrea el concepto de ciudadano desde sus orígenes y lo aborda desde la teoría política clásica: cómo es y cómo debe ser. Desde ahí enfatiza la comparación entre un ciudadano y un consumidor promedio. En el momento que vivimos la tecnología abrió la puerta a un mundo infinito de posibilidades de información, entretenimiento e interacción en internet. Se puede obtener información de lo que sucede con los pandas en China mientras se descarga algún libro electrónico del autor de moda y se compra el éxito del verano en la tienda de música electrónica de Apple.

La pregunta para Papacharissi es: ¿más información genera o podría generar una mejor democracia? Su respuesta es cautelosa, ya que no ignora la situación y la discusión reciente sobre las nuevas tecnologías. Se puede hablar de posibles sugerentes nuevos hábitos, y en plena coincidencia con la autora, no hay ninguna diferencia en las actitudes ni en la relación con la técnica. Se puede hablar, como se enfatiza en los capítulos tres y cuatro, de un “nuevo narcisismo” en plataformas como Blogger, Twitter o Facebook donde el individuo exagera o potencia sus actitudes de siempre, pero nada más; la participación política casi permanece intacta. Un chico de veintitantos años puede mostrar quién es, qué música escucha, qué videos le gustan o qué lugares visita en sus perfiles electrónicos, pero sus acciones políticas estarán determinadas por su idea de quiénes son los buenos o los malos. Aunque, hay y siempre habrá quien sí exponga lo privado y sus opiniones tal vez como critica, ironía o chiste con referencia a su realidad.

Por ello, se podría afirmar que tienen más posibilidades que nunca los smartphones y las plataformas electrónicas aprovechadas por sus usuarios y por todas las marcas comerciales; un nuevo mundo que de alguna manera se siente más cercano y permite una conectividad mayúscula. El ejemplo de la autora es uno de los más notables: la campaña electoral de 2008 que culminó con el triunfo de Barack Obama.

Otro tema importante al que se acerca el libro -en cuanto a participación política se refiere- es el activismo y la apropiación de internet que hacen los movimientos sociales, desde las acciones políticas que tienen una mayor soltura o libertad frente a los gobiernos, hasta la posibilidad de invitar a más gente a unirse a la causa. Los involucrados se sitúan como generadores de información y la inmediatez es una ventaja; podrían compartir sus propios contenidos casi inmediatamente y con ello separarse de la censura de los medios de siempre, y plantear así el uso social de la técnica como una herramienta que cambiaría el estado de cosas.

El texto se acerca a las promesas de las nuevas tecnologías y las dibuja como una realidad inmediata, pero de manera cautelosa y, parafraseando a la autora, se trata de una autopista donde si el conductor no tiene ningún control, podría conducir directo y a toda velocidad a ninguna parte. Lo que se tiene de frente, enfatiza la autora, es un ciudadano normalmente desinteresado, aunque hoy tiene mayores y mejores maneras de informarse y de cambiar la realidad desde su propia voluntad, aprovechando su conexión a internet y convirtiéndose de ese modo en un ciudadano de una comunidad virtual. El único inconveniente que tendría, por ejemplo, en países latinoamericanos, sería que el acceso a una computadora con internet sigue siendo limitado. Un problema más es que los ciudadanos no se involucran por igual ni en los mismos asuntos.

Las expresiones privadas, dice Papacharissi, son más bien individuales, potencian la opinión individual (pp. 25-35) y hacen que acciones micro se reproduzcan en lo macro, y viceversa. La propuesta del libro gira en torno a un individuo que desde su subjetividad, desde una esfera privada-íntima expone sus intereses, los lleva a lo público y los comparte. Esto, en coincidencia con lo que Richard Sennett (2011) describe como las nuevas “tiranías de la intimidad”, un individualismo exacerbado que impide el reconocimiento de lo público de un espacio compartido. Ya que las nuevas plataformas de interacción social enfatizan sobre lo privado (p. 46), pero no sobre lo común. La idea clave del libro de Papacharissi es dibujar posibilidades para la tecnología, aun con los patrones de la sociedad industrial donde se piensa poco en el otro y mucho en el bienestar individual.

No es casual que en las sociedades modernas se atribuya un papel preponderante o trascendente a la tecnología. Incluso se puede hablar, como hace Papacharissi, de nuevos momentos o estadios de la modernidad (p. 57). Distintos investigadores problematizan y cuestionan la cotidianidad y las transformaciones o cambios que suscita la tecnología en la sociedad y, por supuesto, en el conocimiento, su distribución y apropiación. La obra plantea esferas complementarias donde la convivencia entre lo público y lo privado puede ser constante.

Cabe aclarar en este punto que la obra de Papacharissi no asegura que se acabaron los medios tradicionales, ni que los nuevos medios se vuelven únicos (p. 64); es cierto que se pusieron de moda, pero también la realidad se impone desde lo que se ha hecho siempre. Por ejemplo, se adaptan a la nueva era y pueden comprar libros electrónicos, pero no abandonan la esencia del conocimiento, en papel o en un aparato, eso es lo de menos.

Es cierto que hoy existe internet, blogs y sitios de inmediatez e interacción (p. 66), pero se conserva el individuo tal y como lo han visto las ideas de la modernidad. Las nuevas plataformas potencian los viejos usos y las prácticas sociales. Y aunque podría ser diferente, el consumo, la distribución y el uso social de la técnica (p. 73), por ahora seguimos en lo mismo.

Por ello, redefinir el concepto de ciudadanía solo desde la tecnología nos impediría ver toda la complejidad del problema. Con matices, la autora considera al ciudadano-consumidor en pos de mayor participación política. Ya que el cosmopolitismo en un mundo globalizado se mantiene como una expectativa (p. 97). El ciudadano digital se parece mucho al de siempre, pero en esta era digital es, o podría ser el causante de que convivieran las esferas paralelas ya comentadas donde el interés sea el reconocimiento y la transformación del estado de las cosas.

Como penúltimo punto importante del texto, Papacharissi elabora una discusión muy justa sobre el concepto de esfera pública, desde el acercamiento conceptual de Jürgen Habermas (1981), hasta el robustecimiento del concepto con apuntes de Castoriadis y el potencial significativo que tienen o podrían tener con las nuevas tecnologías. La sugerencia es por demás interesante: plantea una esfera en el sentido de Habermas, donde priva el entendimiento y la racionalidad comunicativa, pero donde la personalidad de cada quien puede plantear esferas privadas de convivencia. Más que como un obstáculo, Papacharissi lo ve como una oportunidad.

En el capítulo cinco, la autora apuesta por reforzar esta idea de la esfera privada y se pregunta si expiró la esfera pública. El mundo de la vida tal como lo señalaría Habermas, dice la autora, fue colonizado por el mundo sistémico y estratégico donde el individuo impone sus puntos de vista. Para la autora, la importancia de recurrir al concepto y la lectura de Habermas está en lo esclarecedor de una esfera pública de inspiración fenomenológica como propuesta de convivencia.

La relevancia del libro en las discusiones es innegable, sobre todo en las posibilidades que da para pensar y repensar la participación en democracias contemporáneas y el acceso a la información que permite la tecnología, como una posibilidad de generar espacios donde pudiera convivir lo público con lo privado de manera casi simultánea. Así, da alternativas e infiere ciudadanos más informados y con más ganas de participar, aunque la tecnología no genere por sí misma una esfera pública.

¿Qué faltaría para concretar ese paso? Este texto nos invita a plantearnos lo siguiente: imagine las alternativas de aquel ciudadano que tiene acceso a toda la información que desea. Al menos, da para considerar la posibilidad de futuros mejores. Finalmente, la propuesta de la autora es una esfera de la vida privada -Private Sphere-, donde cada quien se interese por mantener su cotidianidad y la de otros, mantener su personalidad y encontrar afinidad en otras distintas.

Los nuevos ciudadanos -y las nuevas maneras de participar políticamente- potencian su personalidad en la red, implica ser ellos mismos, presentarse y autodefinirse, exigir transparencia para los Estados y privacidad para los individuos. Quizás, tal como Julian Assange mostrara a Occidente, filtrar información clasificada por internet representa, al menos para quienes consideramos que estos datos eran relevantes, un hallazgo de gran envergadura, pero todavía se necesita de los lectores y de los interesados; sin ellos, aunque haya conexión inalámbrica, no habrá nada que permita pensar o crear nuevas maneras de participar políticamente. Habrá que estudiar con detenimiento cuáles son esas nuevas formas de presentación o participación, seguirlas, imaginarlas, sugerirlas y realizar más investigaciones al respecto.

Bibliografía

1

Goffman, Erving (1959), The presentation of Self in Everyday Life, Doubleday, Nueva York.

2

Habermas, Jürgen (1981), Teoría de la acción comunicativa, Taurus, Madrid.

3

Sennett, Richard (2011), El declive del hombre público, Anagrama, Barcelona.


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