Báez-Villaseñor Moreno: Presentación del Tema Central 88 Historia y Cultura
Vol. 41, Num. 88, Año. 2020


El Tema Central que hoy presentamos reúne cuatro trabajos, que pueden ser considerados productos de la llamada historia cultural. Si bien, la historia cultural es una denominación surgida de la Escuela de los Annales, que abrió nuevas brechas y cuestionó paradigmas a mediados del siglo XX, es necesario subrayar que los estudios actuales referentes a la historia cultural también se han enriquecido por la creciente transversalidad disciplinaria (Burke y Carazo, 1993:106). Este enfoque transversal ha favorecido una multiplicidad en los abordajes de los temas de estudio, además de que ha propiciado que los estudiosos de la historia recurran con cada vez mayor frecuencia a metodologías originadas en otras disciplinas, y se abran de ese modo nuevas interrogantes y perspectivas para los historiadores.

El primer trabajo presentado en este volumen: “Breves reflexiones en torno a la historia y los estudios culturales”, de Frida Gorbach, justamente centra su atención en la naturaleza interdisciplinaria que caracteriza actualmente los estudios culturales. Asimismo, coincide con Carlos Serrano en que

Frente a la visión unificadora y generalizante de las series, los historiadores han experimentado la necesidad de ir al encuentro de unas fuentes que reintroduzcan las tensiones y las rupturas que construyen una historia más diversa y compleja. De esta forma, desde el seno mismo de la llamada “historia de las mentalidades” se redescubre la potencialidad heurística de lo particular, de lo singular, hasta el punto que los “estudios de casos” se han convertido en un nuevo género historiográfico y editorial. Esta orientación reciente no es ajena a la propia historia social, reconvertida a la exigencia de dar toda su indispensable densidad a los objetos de su estudio, ahora captados a través de la vivencia de un hombre del pueblo cualquiera, pero individualizado, identificado ya como singular: esta tendencia es la que mueve una historiadora social como Madeleine Reberioux a hablar de la presente “desconfianza” frente a las fuentes cuantitativas masivas y a subrayar el interés por las “historias de vidas” singulares (Serrano, 1996: 102).

Así, para Gorbach, quien en la primera parte de su trabajo fija su atención en el caso de los estudios culturales en México, la interdisciplina constituye un “intercambio o un diálogo cuyo punto de partida es, precisamente, la irreductibilidad de cada campo”. El propósito es que los estudios culturales le planteen a la historia interrogantes acerca de la cultura y el poder y que la historia les corresponda mediante la formulación de preguntas relacionadas con la historicidad, la totalidad, la verdad y la evidencia. Peter Burke se refirió, en una conferencia, a la ampliación de la propia definición de historia cultural y la transversalidad disciplinaria que caracteriza el trabajo histórico actual:

Hablaré de la historia cultural: de su pasado, su presente y su posible futuro, abordándola desde las relaciones que establece con las disciplinas vecinas. Siempre he pensado que en cada disciplina académica es importante el estudio de sus relaciones, pues, aunque a las disciplinas vecinas les pedimos prestado o les prestamos, es sobre todo por medio del contraste con ellas como definimos nuestra identidad. Considero que esto es verdad para la historia, la sociología, la antropología y, en especial, para la historia cultural, disciplina particularmente difícil de definir. En su caso, las disciplinas vecinas han ido variando con el paso del tiempo… Los primeros años de la década de los sesenta podrían llamarse los de la antropología histórica, ya que fue cuando, en Europa, algunos historiadores académicos comenzaron a notar que el trabajo de los antropólogos también era relevante para ellos (Burke, 2007: 111).

En el párrafo transcrito Burke destaca la relación de la historia cultural con otras disciplinas, principalmente la antropología. Dicha interdisciplina, en la que se complementan las diversas propuestas metodológicas, ha dado lugar a trabajos de naturaleza transversal, en los que se desvanecen las fronteras entre los diferentes abordajes y los productos pueden ser considerados como aportaciones tanto para unas como para otras disciplinas.

En el caso de la historia cultural y la historia social, la distancia entre ambas es prácticamente inexistente. El trabajo de Gorbach subraya la intrínseca relación entre cultura y sociedad. No existe historia social que no aluda a aspectos culturales, mientras que es imposible proponer una historia cultural que desdeñe la sociedad en que se han gestado dichos rasgos culturales. Es precisamente en este punto en el que se originan las preguntas que guían la labor del historiador. La especificidad de la historia se nutre de otras disciplinas, sin abandonar el estudio de problemáticas ya añejas como el ejercicio del poder. Como advierte Gorbach, la historia cultural, como propuesta metodológica, llegó a México en la década de los noventa y ha permitido reinterpretar y sugerir nuevas interrogantes respecto a procesos propios de la historia nacional, al resultar en “un corte con respecto a la historia de bronce […] y la historia profesional objetiva del siglo XX”.

El tono reflexivo del texto de Gorbach establece una buena introducción al segundo trabajo, a cargo de Alejandra Bravo Ponce, titulado “Abordajes socioculturales sobre prácticas y significados del placer sexual.” La autora hace una revisión de tres aspectos del tema y cómo han sido tratados a partir de una perspectiva cultural: prácticas sexuales alternativas, sexualidad y género y estudios transversales. Advierte que estas temáticas han sido escasamente abordadas desde la investigación socio-cultural y, por ende, en ello radica la aportación de su estudio, pues en su opinión “La mayoría de los discursos sobre sexualidad, cuerpo, deseo y erotismo apuntan hacia [el placer sexual] como un horizonte imaginado al que hay que llegar u obtener, como el blanco al que se dirigen todas las miradas, influido por las prácticas sexuales que se ejercen, las relaciones interpersonales que se establecen, los procesos de socialización y las categorías sociales del género afectado por las atribuciones individuales de quienes lo viven”. Deslinda su trabajo del abordaje biológico y clínico.

Precisamente es a partir de este abordaje que el artículo de Alejandra Bravo responde a la índole de los trabajos propios de la historia cultural, pues de acuerdo con Julia Tuñón:

A pesar de que la diferencia sexual significa cosas diferentes en cada contexto histórico, siempre remite a un cuerpo natural. Con este argumento se reduce a las mujeres a su biología. La diferencia sexual deriva en inferioridad social que también se transmina a la disciplina de Clío. Por fortuna parece que en los albores del año 2000 estamos en un momento adecuado para enfrentar esta situación. En este siglo se habló mucho del derecho a la igualdad, pero en sus últimos años se insiste en el derecho a la diferencia. Ahora se trata de tolerar y respetar al “otro”, a todo aquel que no responda al modelo paradigmático de la humanidad, representado por el varón de cultura occidental y de raza blanca (Tuñón, 2002: 378).

Bravo subraya, asimismo, que “el abordaje de la sexualidad desde un enfoque socio-cultural tiene algunos puntos de anclaje que, aunque no llegan a configurarse como campo institucionalizado de estudio, sin embargo, contribuyen para una sistematización mínima. Por ejemplo, los estudios de género que, si bien no tienen entre sus consideraciones centrales el estudio del placer sexual, sus replanteamientos epistemológicos han permitido considerar a las personas como sujetos de placer y de deseo, visibilizando objetos de estudio que antes no existían”. Y coincide con Cyntia Cerón en que hay dificultades y retos implícitos en el cuestionamiento, desde una perspectiva teórica y metodológica, de debates clásicos entre dicotomías como el uso del cuerpo y la cultura, la razón y las emociones, las identidades sexuales y el deseo, lo social y lo individual, las fantasías, la transgresión y los significados.

La historia de la sexualidad está intrínsecamente ligada a la historia del cuerpo. Roy Porter afirma que: “los estudiosos sensibles tienen razón en insistir en la complejidad conceptual de la historia del cuerpo […] Es evidente que sobre muchas cuestiones nuestra información es irremediablemente escasa. ¿Qué posturas adoptaban las personas para el coito en el siglo XVI o en el XVIII?” (Porter, 1993: 261). Del planteamiento de Porter surgen innumerables inquietudes sobre el cuerpo a través de la historia, muchas de ellas ligadas inevitablemente a la historia cultural. Por ejemplo, ¿Cómo se determinaban los cánones para la representación del cuerpo humano en el arte? ¿Variaba la percepción que las mujeres tenían de sus cuerpos según el lugar que ocupaban en la sociedad? ¿En qué coincidía y en qué difería el ejercicio de la sexualidad entre una y otra cultura, compartiendo estas un horizonte histórico determinado? Y, por supuesto, el tema eje del texto de Bravo: ¿Qué tipo de estudios de índole sociocultural han centrado su interés en el placer sexual? De esta manera, aunque el propósito de la autora pareciera, a primera vista, anclarse en un abordaje metodológico, la sistematización de textos que presenta remite inevitablemente al lector a reflexionar sobre el lugar que ha ocupado la sexualidad en nuestra cultura y su impacto en las diferentes formas en las que se ha estudiado a lo largo del tiempo.

Coincidimos, entonces, en lo que concluye Porter: que “es de esencial importancia comprender el lugar subordinado atribuido al cuerpo en los sistemas de valores religiosos morales y sociales de la cultura europea tradicional”. Esta propuesta es, sin lugar a dudas, válida para cualquier otra coordenada histórica (Porter, 1993 :261). Los estudios del cuerpo deben, pues, partir de su contexto social, tal como afirma Weeks:

La frase “construccionismo social” será usada como una forma breve de describir la concepción histórica que adoptaremos ante los cuerpos y la sexualidad. Quizá la frase suene algo tosca y mecanicista, pero con ella sólo se intenta mostrar que nuestra comprensión de las actitudes hacia el cuerpo y la sexualidad debe partir de su contexto social específico, del estudio de las variantes históricas y culturales que condicionan el surgimiento de ciertos atributos importantes, asignados a la sexualidad en un periodo particular (Weeks, 1998: 182).

Nuevamente es necesario hacer referencia al vínculo indisoluble entre historia social e historia cultural. Las prácticas sexuales se insertan en la cultura de una sociedad específica y, como señala Weeks: “aun cuando tienen una larga historia, todas estas cuestiones se han convertido -en los últimos dos siglos- en problemas cruciales, centrados a menudo en aspectos sexuales. Estas ilustran la fuerza de una creencia: los debates sobre la sexualidad son debates sobre la sociedad: como marche el sexo, marcha la sociedad” (Weeks, 1998:191).

En el propósito de Bravo de sistematizar los estudios referentes a las prácticas y los significados del placer, la mujer emerge como importante protagonista. Joan Scott ubica el origen de la historia de las mujeres en la década de 1960, cuando “las feministas del mundo académico respondieron a la demanda de historia femenina”. Esta vertiente “amplió su campo de interrogantes documentando todos los aspectos de la vida de las mujeres en el pasado y adquirió así un impulso propio” (Scott, 1993: 60). Es pues también una consecuencia de la Escuela de los Annales que estudiosos de la historia prestaran atención en la historia de las mujeres, en lugar de hacer historia de mujeres. En esta última, es evidente que existen numerosas biografías de mujeres que han trascendido por su posición, ya sea en la política o en las artes, pero la historia “de las mujeres”, entendiéndola como su devenir a partir de su condición de género, es relativamente reciente y, si bien como se señaló antes, en su origen fue favorecida por los movimientos feministas, en los que encontró en su momento un nicho favorable, a lo largo del tiempo ha producido trabajos que aportan nuevas perspectivas, retratos novedosos de la sociedad estudiada, como consecuencia del nuevo papel protagónico asignado a las mujeres, que

Durante mucho tiempo […] quedaron abandonadas en la sombra de la historia. Luego comenzaron a salir de esa sombra, incluso gracias al desarrollo de la antropología, a la atención que se le prestó al tema de la familia, a la afirmación de la historia de las mentalidades que se dirige a lo cotidiano, a lo privado, a lo individual […] Y las mujeres, en la Universidad y fuera de ella han abordado la investigación sobre sus antepasados, a fin de comprender las raíces del dominio que padecieron y el significado de las relaciones entre los sexos a lo largo del tiempo y a través del espacio (Duby y Perrot, 1993: 22).

De esta manera, podemos afirmar que el artículo de Bravo aporta el conocimiento no solo de la cultura de una sociedad específica a partir del ejercicio de la sexualidad por parte de sus integrantes, sino que arroja luz y da espacio a la figura femenina en dichas prácticas. Cabe aquí nuevamente citar a Julia Tuñón:

Es también clara la necesidad de no empatar la historia de las mujeres con la de la familia, la sexualidad, el mundo privado o lo cotidiano, territorios ciertamente importantes para ellas, pero que no son suficientes para explicar lo que las mujeres tienen de propio. Si bien es cierto que en esos territorios crecientemente valorados por la historia, las mujeres aparecen con más claridad que en otros, es importante ver que ellas están en todos los lados y se mueven tanto en lo público como en lo privado, tanto en las casas como en las calles (Tuñón, 2002: 389).

Si el artículo de Bravo alude a la sexualidad, actividad indispensable en la continuidad de la especie y, por lo tanto, vinculada a la creación de vida, el tercer trabajo incluido en este número se ocupa de la muerte. Claudia Gidi, en “Sonreírle a la muerte: los epitafios jocosos”, muestra que el humor tiene cabida incluso en temas lúgubres como los rituales vinculados a la muerte. Es menester señalar que los epitafios, “inscripciones funerarias breves que resumen las características más distintivas de una persona, aluden más a cómo queremos recordar a alguien, que a cómo nos gustaría ser recordados” (Brigidi, 2019: 26), además de que “entre los argumentos que se esgrimen para lograr el sosiego son frecuentes algunos tópicos, entre los que destaca la idea de que la muerte no solo es el destino común de todos los seres humanos, sino que supone también el fin de los sufrimientos”.

El estudio sobre la muerte y las prácticas en torno al tema han convocado a muchos tipos de estudiosos. Sociólogos, historiadores, antropólogos, biólogos, médicos y otros se han interesado por el inevitable tránsito al más allá, en alusión a lo que implica en términos biológicos y a cómo se ha transformado la manera en que se suele enfrentar la pérdida de seres queridos.

El giro cultural, adoptado por los historiadores sociales que no se contentaban solamente con las categorías económico-sociales para explicar el pasado y afirmaban que era necesario estudiar también a las sociedades desde el ángulo de la cultura, dará un aire de familia a que las actitudes -hacia el niño, la muerte- eran construcciones culturales, que los gestos -las prácticas que los incluyen, se dirá más tarde- eran producto de muchas mediaciones, tenían aspectos inerciales aunque también racionales e impuestos y, por ejemplo, que la cultura no se reduce a un proceso de transmisión y/o imposición y es también memoria colectiva. Claudio Lomnitz […] sostiene que la historia y la antropología de la muerte son ahora temas con un tufo a decenio de 1980. […] El método inductivo de estudiar las actitudes hacia la muerte mediante una estrecha inspección de la historia de las prácticas sociales directamente relacionadas con la muerte estaba bien afinado para abrir un mundo de fuentes poco utilizadas (Gayol, 2013: 85-86).

Peter Burke opina, con respecto a la memoria colectiva, que atañe a los historiadores, “o debería atañerles […] tienen que estudiarla como fuente histórica para llegar a una crítica de la fragilidad del recuerdo en la línea de la crítica tradicional de los documentos históricos […] la memoria atañe a los historiadores como fenómeno histórico -lo que podría denominarse la historia social del recuerdo” (Gayol, 2013, 86). Así, de acuerdo con Burke, la memoria colectiva entendida como historia social subraya la preservación de rasgos culturales, en este caso, en torno a la manera en que se enfrenta la muerte, como un tránsito obligado e ineludible. Los epitafios no luchan contra ella, sino contra el olvido.

En su texto Gidi parte de un breve recorrido por la historia de la epigrafía, cuyo objetivo más común era perpetuar las virtudes del difunto, en otras palabras, vencer el olvido, que para muchos es la verdadera muerte; para que quien yace en la tumba sea recordado por quienes lo amaron y para que quienes no lo conocieron sean informados de los rasgos que lo caracterizaron en esta vida terrena, “De tal forma que el difunto conserve un vínculo con la vida, en la memoria de los otros”. Las lápidas en las que se inscriben los epitafios no son elementos aislados. Se localizan en cementerios y cuentan con un discurso propio que, gracias a una cultura compartida y a una memoria colectiva, encuentra eco en la comunidad en la que se ubica cada tumba y cada lápida. De esta manera, dicho espacio y sus componentes mantienen un diálogo permanente entre deudos y difuntos, entre la vida y la muerte:

Entre los signos y símbolos que se encuentran en los cementerios están los textos de las lápidas, las fechas, los nombres; figuras religiosas, las flores, disposiciones corporales. De ese modo es posible visualizar el cementerio desde una perspectiva semiótica que hace explícitas las dimensiones sintácticas, semánticas y pragmáticas del lugar. De esto se deduce que los cementerios son auténticos espacios de “recuerdo”, individuales y colectivos, en ellos la memoria se activa (como un dispositivo), articulando las representaciones con las prácticas sociales. Como lugar de los muertos rescata y explicita los olvidos para recordar aquello que se ha sumergido pero que está latente en la historia. Allí están los testigos, los que narran y también de los que callan. Los escuchamos para visibilizarlos y hacerlos públicos, a ellos, a sus vivencias, a sus historias, a sus contextos; para recuperarlos del olvido impuesto (Montanares, 2018: 173).

A través de este diálogo, los muertos se comunican con los vivos, y no solo con sus deudos, sino con todos aquellos que lean el mensaje que estos últimos eligieron para recordar al fallecido. En algunos casos puede ser el propio difunto quien elija su epitafio, pero por lo general es su familia la que lo sugiere. Gidi explica que “los epitafios nos invitan a un recorrido por el tiempo. Constituyen una buena fuente de información para observar lo que en determinado momento de la historia se ha tenido por noble y elevado […] se pueden descubrir valiosas manifestaciones sociales, culturales, artísticas y religiosas, que nos hablan tanto del lenguaje del arte como de las costumbres y la historia cultural de una comunidad”.

En algunas ocasiones los epitafios también tenían el objetivo de dejar constancia, para el conocimiento de nuevas generaciones, de los vicios o defectos de los fallecidos, tales como la embriaguez y la lascivia, esta última sobre todo en el caso de las mujeres. De esta manera, tanto los aspectos positivos como los negativos trascienden a la muerte y en el caso del texto aquí presentado, en un tono jocoso, enfrentando la inevitabilidad de la muerte, destino común de todo ser vivo, con humor, burla y sarcasmo. Cabe señalar que estas expresiones aparecen en diferentes culturas y en diversas temporalidades, lo que muestra la trascendencia de dichos mensajes, sin distinciones de espacio y de tiempo.

Es evidente que los estudios culturales sobre la muerte seguirán rindiendo frutos. Como ya se mencionó previamente, la transversalidad de disciplinas como la historia, la antropología y la sociología, entre otras, enriquece sus perspectivas particulares, a lo cual hay que agregar que si bien la muerte es el destino común de todo ser humano, los rituales y protocolos que la acompañan varían según el tiempo y el lugar en el que acontezcan, amén de que la propia percepción respecto al inevitable tránsito también ha cambiado tanto a nivel individual como colectivo y por ello, ante su inevitabilidad, el humor y el dolor seguirán siendo obligada compañía de vivos y muertos, de fallecidos y deudos.

El último artículo icluido en este volumen corre a cargo de Gerardo Francisco Bobadilla Encinas, con el título de “Palabra, imagen e identidad en la posindependencia y la posrevolución Mexicana”. Se trata de un texto claramente inscrito en la historia cultural. El autor propone que el proceso de conformación de una identidad nacional fue respaldado por la consolidación de una cultura propia, identificable tanto a partir de la palabra como en imágenes y la vinculación de ambas a la vertiente costumbrista tanto en la literatura como en la pintura y la litografía, las letras y la plástica, todo lo cual fortaleció sus rasgos, y estos se consolidaron a lo largo del siglo XIX y en las primeras décadas del XX. Los escritos costumbristas permiten al investigador adentrarse en la vida cotidiana de la época, identificar valores y elementos culturales y la interacción de los diferentes grupos sociales que compartían un escenario específico.

Bobadilla plantea, desde el inicio de su trabajo, su interés por el lenguaje no explícito tanto en las obras visuales como en las literarias y cómo la difusión de estas “contribuyó a la toma de conciencia acerca de la necesidad ideológica e imaginativa de articular un discurso propio, que manifestara no solo la emancipación política de México y el mexicano, sino, más importante, que revelara la verdadera autonomía, esto es, la emancipación cultural, mental, la capacidad para pensar y sentir de manera independiente”.

Cita a Ivan Gaskell, quien establece que “la consideración histórica del material visual no se limita a la atribución de significado ideológico […] el significado, en la época de su realización, va más allá de una conformidad a menudo inconsciente, con la ideología sociopolítica del consumidor, hasta abarcar modos de percepción que no son capaces de provocar una atención políticamente motivada en el momento presente” (Gaskell, 1993, 229). Y subraya así la posibilidad de abordar una imagen en diferentes momentos y con diversos objetivos y lograr una relectura a partir de la identificación de elementos previamente ignorados o inadvertidos. Ello pone énfasis, además, en la riqueza del material visual para el historiador como un prisma para reconstruir el pasado.

En el caso del trabajo de Bobadilla, es evidente el vínculo indisoluble entre sociedad y cultura, cultura y sociedad. A partir de las fuentes enunciadas, rastrea elementos de la sociedad mexicana en su cultura y viceversa. Las imágenes y los textos a los que se refiere retratan un México complejo y heterogéneo, compuesto por una amplia gama de grupos sociales que, a pesar de sus diferencias, quedaron amparados bajo la naciente identidad nacional, subrayando la colectividad que, a pesar de su diversidad, los convocaba en un horizonte histórico específico. Los retratos de estos personajes anónimos permiten a un México ya desaparecido cobrar vida: “Así, desde las páginas de las revistas y periódicos mencionados antes, comenzaron a reconocerse, a describirse y perfilarse física y moralmente los más diversos arquetipos que componían la sociedad y cultura mexicana de la época: el aguador, los cocheros, la mestiza, el arriero, el ranchero, la vendedora de chía, la china, el guerrero indio, la meridana, los jarochos, el costeño, los indios del norte…”

Otro elemento importante en el texto de Bobadilla son los viajeros y las percepciones que acuñaron sobre nuestro país. Precisamente el hecho de ser extranjeros les brindó una perspectiva distinta, la posibilidad de distinguir una serie de elementos y “captar las particularidades de la flora y fauna, del paisaje, que en su conjunto e interrelación se entendía que condicionaba la configuración de un temperamento colectivo específico”. Este paisaje formaba parte de la cotidianidad de los mexicanos, que en muchos casos se orgullecían de su tierra, sensibles a la belleza del entorno natural.

Bobadilla identifica la forma en que “los costumbristas mexicanos articularon una palabra artística con doble textualidad, a partir de la cual configuraron una imagen de México y el mexicano, que, si por un lado estaba fuertemente influenciada por los pintores viajeros, al mismo tiempo fueron capaces de diferenciarse de ese modelo y llegaron a configurar un entramado original”. A la litografía y pintura se agregó la fotografía, durante las últimas décadas del siglo XIX. Al respecto, Gaskell afirma que “la fotografía es el medio visual en el que, según suele creerse, los acontecimientos del pasado son más accesibles a través de la respuesta emocional […] la fotografía mantiene una relación material, causal con su tema (Gaskell, 1993, 233).

Así pues, el trabajo aquí presentado por Bobadilla vincula la palabra y la imagen, valorando ambas como acervos legítimos y pródigos para rastrear los componentes de la identidad nacional. Precisamente, en el recurrir a dichos acervos es en donde este artículo encuentra su nicho en la historia cultural. Aborda la sociedad mexicana del pasado. Sus interrogantes buscan respuesta en su producción cultural. Si de esa sociedad emanaron dichos productos, estos, a su vez, permiten al historiador una lectura que trasciende incluso el objetivo de su origen.

Asimismo, el autor distingue en su trabajo el vínculo ineludible entre la producción cultural y el escenario político. Advierte cómo a lo largo del siglo XIX tanto las letras como las imágenes contribuyeron a forjar una identidad nacional. Triunfa la continuidad ante el reto que representó el Segundo Imperio. Pero también señala que un evento de la trascendencia de la Revolución Mexicana significó una ruptura “un periodo de convulsión, miedo e incertidumbre, durante el cual el concepto de México y lo mexicano lógicamente entró en crisis, etapa que le suele preceder a los procesos de redefinición ontológica y cultural”.

Continuidades y rupturas, fuentes tradicionales y novedosas, interdisciplina y transversalidad. Todos los anteriores son elementos presentes en los trabajos que integran este número. Todos ellos invitan a la reflexión sobre los estudios surgidos de la llamada historia cultural y cómo esta ha ido ampliando las posibilidades de los estudiosos de las ciencias sociales. La historia cultural no se ha agotado. Al contrario. Actualmente nuevos materiales tales como las redes sociales o los medios de comunicación son trabajados a partir de una perspectiva cultural, productos de una sociedad a la cual, a su vez, transforman. Asimismo, fuentes tradicionales seguirán aportando valiosa información, con base en el planteamiento de nuevas interrogantes. Los historiadores fijarán su atención en aspectos y temáticas ignoradas previamente, pero cuyos estudios contribuirán a una reconstrucción cada vez más acuciosa de las prácticas de la humanidad a lo largo del tiempo, contribuyendo a conocer más cabalmente tanto a aquellos que nos precedieron como nuestro propio entorno.

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