Useche Aldana: Jairo H. Gómez Esteban, Testigos de sí mismos: narrativas políticas de jóvenes bogotanos
Vol. 35, Num. 77, Año. 2014
Recibido: 2014 11 15
Aceptado: 2014 04 22


Adentrarse en el libro: Testigos de si mismos. Narrativas políticas de jóvenes bogotanos, del profesor Jairo Gómez, es aceptar la invitación del autor a abordar lo juvenil desde nuevos lugares, así como experimentar su innovación metodológica de sumergirse en la subjetividad de los jóvenes, sin abandonar la fundamentación filosófica, lingüística y sociopolítica, pero marcando un curso creativo de construcción de un relato de ficción, que busca expresar la voz interior de los protagonistas, que así pueden llamarse literalmente, de esta investigación.

Así, al final del texto nos vamos a encontrar con una intensa discusión teórica y epistemológica de la estrategia de la investigación social literaria como camino para acceder a los “pliegues más ocultos de la subjetividad”, buscando la voz interior del investigador y los entrevistados que tiene, como uno de sus propósitos, “desvanecer las fronteras intersubjetivas” entre ellos. La investigación se corona con un relato literario: “Sé que habrá de salir feliz para la batalla”, cuyo insumo son las narrativas políticas del trabajo de campo y en donde el autor plasma su apuesta fundamental por la escritura literaria para registrar y describir, en una narración ficcional, destellos de la urdimbre simbólica que agencia la constitución de la subjetividad. Dicho en palabras del autor: “Una de las hipótesis centrales de este libro es demostrar con esta investigación que la literatura -en este caso un relato que reemplaza las conclusiones canónicas- constituye una herramienta de interpretación que posibilita acceder a horizontes de inteligibilidad de las narrativas políticas, que la teoría social y la filosofía no logran alcanzar por su obligatoriedad de mantenerse en unos juegos de lenguaje y normatizados por unas gramáticas sedimentadas históricamente”.

Voy a resaltar solo algunos de los aportes que hace Jairo Gómez en este texto, que es el resultado de su investigación doctoral y en el que navega con maestría por una serie de tópicos de gran importancia y actualidad en campos como las subjetividades políticas, la dimensión estética de la subjetivación, las novedades en las maneras de ser joven; las tensiones políticas que subyacen a las narrativas biográficas de los jóvenes, su afectación por el tiempo histórico, la representación y vivencia de sus proyectos políticos, sus trayectorias vitales, los problemas de la memoria y la identidad; las preguntas por la educación política y la mediación de la experiencia sensible y, claro, el desplazamiento de la escritura teórica a la creación literaria.

La construcción y tratamiento del campo problemático que Gómez constituye como un espacio de relaciones entre la juventud, las políticas y las narrativas, hace posible ir tejiendo un entramado en el que emerge la comprensión de los nuevos procesos de subjetivación juvenil, en las nuevas condiciones que han surgido para la acción política y que han transformado el sentido mismo de lo político.

Esas nuevas condiciones que se refieren a la ampliación del campo de la política abarcan cuestiones más entrañablemente ligadas a la vida cotidiana, vinculadas a luchas de distribución de los bienes materiales e inmateriales, que se alejan cada vez más de los rituales de la macropolítica de representación para instalarse en las singularidades de luchas emancipatorias de signo micropolítico referidas a las vivencias de la libertad sexual, de la reapropiación del cuerpo, de las percepciones estéticas y, claro, de las opciones éticas sobre el mundo de lo público.

La critica al concepto de ciudadanía, y a la manera como lo hemos adoptado en Colombia, menos en el sentido de actor político y más en el de“atributo”, o todavía más crudamente, como “competencia”, es el entorno en el que hace la crítica de la “educación política”,“la educación ciudadana” y la“educación para la democracia”, con las que se ha saturado de vacuidades la escuela en el país. Esto, sin que haya sido posible superar la noción de lo público restringido, ajeno a un real ejercicio secular de la ciudadanía de derechos, para inscribirse en la precariedad de una “ciudanía cívico-religiosa” como la denomina el autor.

En este aspecto entra en juego la potencia que tengan las políticas públicas convencionales como lineamientos prescriptivos y como dispositivos de subjetivación política, en tanto provocan estándares de lo que significa ser joven, así como una enunciación estatal de las prioridades y la intención del Estado de configurar ciertos tipos de sujetos juveniles, que en el ámbito de la política se limitan a proponer formas representativas sectoriales y la generación de la llamada “cultura de la participación”. Estos elementos, siendo tan estrechos, chocan con las condiciones de redes de jóvenes y de muchas formas de encuentro e intercambio entre los jóvenes, algunas de las cuales intentan desarrollar iniciativas autónomas y creativas, pero que han sido cercadas por la pobreza, la segregación y la violencia.

Tiene razón Gómez entonces en captar la precariedad de las políticas públicas de juventud, que apenas si intentan zafarse de perspectivas convencionales sobre los jóvenes, pero que siguen siendo estériles para interpretar y dar curso a nuevos estilos de vida, al florecimiento de la diversidad, a las condiciones laborales emergentes, a los problemas de comunicación y enlace que facilitan las nuevas tecnologías y, menos aún, a comprender las fuerzas que se han puesto en movimiento y que dejan ver algunas de sus formas en ejercicios políticos ligados a la estética y la cultura. Al fin y al cabo, que entendieran lo que se está dando: un cambio de época, como la caracteriza el autor, sería mucho esperar de las políticas públicas estatizadas y funcionales a lo que Virilio llama “la política de lo peor”, de este sistema que pretende reducir la vida al mercado y la política a los estados de excepción.

Estas políticas de juventud son formuladas desde la macropolítica hegemónica, que ha pretendido homogeneizar un segmento etario al que se le han asignado hábitos, lenguajes y formas de actuación que deberían ser regulados por instituciones que conduzcan al joven a las disciplinas del consumo y a la obediencia del poder instituido, que controlen tanto sus saberes como su voluntad política, que demarquen los territorios de lo posible y lo deseable, que adiestren su cuerpo y domestiquen su sexualidad. Al final de este camino estaría el “buen ciudadano”.

En esa dirección operan, por un lado, los mecanismos para convertir a los jóvenes en cuerpos dóciles y sujetos útiles a través de los regímenes institucionales proveedores de reglas y valores, en los que siguen jugando un destacado papel la familia, la escuela y el mundo laboral. El orden de la guerra y de la seguridad y sus aparatos organizativos, así como la cárcel, son formas de disciplinamiento de núcleo aún más duro.

Por otro lado funcionan dispositivos para el acceso de los jóvenes a espacios abiertos de control continuo como la calle, las grandes aglomeraciones y los llamados por Augé,“no lugares” (centros comerciales, territorios del miedo, sitios de paso y de movilidad) en donde, por supuesto, funcionan relaciones de poder y desde donde se producen determinados tipos de sujetos juveniles. A través de esos espacios de incesante vigilancia y regulación flexible, circulan redes biopolíticas que excluyen o incluyen, no por medio únicamente del disciplinamiento, sino de la incorporación de mentalidades y procesos de subjetivación, interiorizados por los propios sujetos como mecanismos de autorregulación.

Estos dispositivos operan como redes de visibilidades estereotipadas, retículas de enunciados, que dinamizan fuerzas en tensión permanente, que colisionan o se agrupan, sin generar vínculos sociales significativos. Por el contrario, diluyen identidades, sofocan relaciones de comunalidad y desestructuran la memoria de los encuentros humanos; son destructores de la socialidad intensa, fragmentan y separan a las personas y desatan procesos de enajenación sumamente complejos. En síntesis, es una nueva lógica de producción de sujetos y subjetividades, en donde circulan aceleradamente todo tipo de bienes materiales e inmateriales, de personas y grupos, de iconos y rostros, en una constante licuefacción de las relaciones sociales. Esta nueva manera de ser de la hegemonía va abarcando el conjunto del universo social, penetrando en las mentalidades y los cuerpos, extendiéndose sin órdenes preestablecidos, haciéndose intrínsecos al cuerpo social, modelando las conductas de los seres humanos hasta conseguir la autorregulación y la reproducción cuasiautomática del sistema de control de la población.

Por eso es interesante el análisis que se hace en el libro del papel jugado por la teoría social, generalmente rezagada en el estudio de estos fenómenos profundos, pero que con variantes como la de los enfoques posestructurales y los estudios culturales comienzan a crear campos inter y transdisciplinares de gran relevancia para abordar los mundos y modos de vida juveniles contemporáneos, en un escenario en el que la globalización gestionada por el neoliberalismo ha trastornado los patrones culturales, los hábitos de consumo y las instituciones encargadas de la producción y circulación de la cultura.

El señalamiento de la capacidad de movimientos y organizaciones de distinto tipo que han tomado la opción de resistir al modelo y de constituir espacios contrahegemónicos, con una presencia decisiva de los jóvenes, es la ocasión del estudio para replantear los problemas de la socialización y de la naturaleza de la política. El autor se desmarca de las ideas abstractas de la configuración de voluntades generales en las que se afianza la representación convencional. Para él, hoy la vida pública, muy a la manera arendtiana, requeriría una política“del estar juntos los unos con los otros diversos”. Por tanto en ella hoy inciden“aspectos que involucran y atraviesan la subjetividad […] sus intencionalidades, temores, miedos, esperanzas, utopías, deseos, sueños, fantasías”.

La puesta en juego de las narraciones de jóvenes entrevistados va moviéndose desde las formas como la práctica y el concepto de la política partidista de representación tradicional permea a los jóvenes, hasta aquellas más ligadas a las solidaridades, el voluntariado ético para la creación de redes sociales vinculantes desde donde lo político impacta el todo social, lo que implica no solo la politización de lo social, sino el surgimiento de claves de nuevos campos de la política, que se juegan en lo cotidiano, en lo próximo, en la construcción de capacidades para negociaciones de convivencia situadas, que trasgreden la binariedad amigo-enemigo de la política schmitiana, y que en cambio reconocen la legitimidad de los oponentes, esa legitimidad que otorga el reconocimiento de lo diverso. Y, desde ese punto de partida la construcción de lo común.

Resulta sugerente al respecto el uso que el autor hace del concepto de “socialización lateral” de Merleman referido a la ampliación continua de los modos de vínculo social a través de conexiones laterales entre pares, que legitima los nuevos espacios comunitarios y la creación de espacios divergentes en la constitución de las subjetividades políticas, lo que hace posible la resignificación de los bienes comunes, el descubrimiento de nuevos modos de solidaridad y la presencia permanente de las opciones éticas.

En efecto, la pregunta por el vínculo, por su naturaleza inestable así como por lugares en donde se producen encuentros significativos, las motivaciones que los provocan y los sujetos que las encarnan, son todos elementos que contribuyen a la búsqueda, siempre de múltiples aristas, sobre lo que hoy une y agrupa a los jóvenes. Pero, como se puede deducir del trabajo de Gómez, el análisis de las formas de agrupamiento con base en “comunidades emocionales” como las nombró Mafiesoli y que aluden a fenómenos localizados como el de las “tribus urbanas” que tomaron fuerza en los años ochenta y noventa, está lejos de ser suficiente para interpretar la complejidad del mundo joven. La pesquisa sobre las subjetividades políticas pasa por la afectividad, por la dimensión del cuerpo y los territorios estéticos, así como la búsqueda de explicaciones sobre la intensidad del fenómeno de la violencia de y contra los jóvenes.

Pero principalmente significa examinar las prácticas políticas, las formas de asociación, las maneras de relacionarse con el entorno y con la naturaleza, las prácticas productivas, en fin, todos aquellos planos en los cuales la constitución de un “ser joven” simplemente reproduce los elementos dominantes en el conjunto de la sociedad o, por el contrario, se convierte en prácticas de resistencia. Estas prácticas se distinguen por la capacidad creativa para producir transformaciones concretas en la manera de conducir la propia conducta y afectar la de otros para gozar del buen vivir. Ello exige el descubrimiento de senderos de autogobierno en donde las manifestaciones de la diversidad que se afirma son rutas de escape a las repercusiones del resentimiento y la negatividad que han hegemonizado la sociedad. Y para eso hay que resignificar la política, como lo dice Ernesto, uno de los protagonistas del relato que cierra el libro, al responderle Oscar que no entiende cómo se puede hablar de organización sin remitirla a una forma partidista, como la de su querido partido comunista:

“Por lo general cuando hablamos de política -dice Ernesto-, siempre nosotros lo tomamos como concepto electoral, pero la política va más allá de todo esto y es la esencia de todo realmente, o sea todos los seres humanos estamos involucrados con esta temática”

También María del Carmen, el personaje de la novela Que viva la música, de Andrés Caicedo, escrita en los años setenta, da algunas puntadas en esta dirección, quizás con mayor radicalidad:

Todo estaba innovado cuando aparecimos. No fue difícil, entonces, averiguar que nuestra misión era no retroceder por el camino hollado, jamás evitar un reto, que nuestra actividad, como la de las hormigas, llegara a minar cada uno de los cimientos de esta sociedad, hasta los cimientos que recién excavan los que hablan de construir una sociedad nueva sobre las ruinas que nosotros dejamos[…] Mi talento es una fuerza y una gracia de la vida, y es al mismo tiempo el agradecimiento. Me enerva que venga algún sabio de esos ya gordo, ya calvo, a decir que toda esta actividad, este desgaste, ha sido en vano.

Ser joven es entonces una nueva manera de plantarse ante el mundo, de explorarse a sí mismos y al entorno y, como consecuencia, otras formas de ver y hacer lo político, resignificado por la dimensión de lo subjetivo, en donde no se “evitan los retos” a sabiendas de que con ello pueden estar minando“cada uno de los cimientos de esta sociedad”. La envergadura política que ha adquirido la subjetivación en los procesos juveniles está ligada a continuos aprendizajes, que en el sentido productivo es ni más ni menos que la producción de alguien capaz de experimentar libertad, entendida esta como refundación y recreación de sí mismo y de la relación con los otros y con la otredad, lo que no es nada distinto a implicarse en la constitución de nuevos modos de ser y de estar en sociedad.

La discusión se ubica así en el terreno del acontecimiento creativo en donde irrumpen los procesos de subjetivación de jóvenes, terreno que cuestiona y problematiza la idea de intentar representar un sujeto joven preexistente y de generar expectativas sobre su persona, así como pretender que la política siga transitando por la inocua comodidad de adaptar las vetustas formas de representación, o de hacer simulacros de democracia representativa “para maquetas” como esas que se estilan en los llamados “gobiernos escolares”, o en las consultas juveniles. Claro que la representación también hay que renovarla, pero para ello se requiere la fuerza productiva de la acción micropolítica (que en el texto de Jairo se aproxima con el concepto de subpolítica), esa que los jóvenes han sabido forjar alrededor de los acontecimientos estéticos y otras incursiones en el ámbito de la cultura. Como lo resume Jairo:

Los jóvenes han encontrado en los acontecimientos estéticos y experiencias artísticas otros ámbitos, otras voces, para desplegar la dimensión política de sus subjetividades. Estas líneas de fuga de las formas canónicas y convencionales de ser y hacer la política, se expresa claramente en las relaciones entre la política y la subpolítica

Esto implica la capacidad de evasión que tengan los jóvenes de las relaciones marcadas por las fuerzas constituidas, la construcción de otras lógicas, ajenas a los saberes que se han instaurado, la reconstitución de la dimensión del sí mismo, como la producción de subjetividades autónomas que impulsan la construcción de grupos-sujeto entendidos como confluencias inestables de procesos singulares fundados en la creación, en la novedad y en el quebrantamiento de lo establecido.

El deseo de felicidad es el objeto de captura de todos los dispositivos de subjetivación hegemónicos, estos lo transforman en dinero, en compulsión por la adquisición de mercancías, en ilusiones, en ofertas para conducir sus velocidades inéditas a través de los laberintos de las satisfacciones egoístas, del consumo individualizado y desprovisto de sentido que condensa las soledades y aviva las frustraciones. La estrategia micropolítica de los jóvenes radica justamente en recuperar el deseo para sí, apoyarse en sus intensidades y velocidades tan reacias a aceptar modulaciones y en arriesgarse a reinventar usos comunes del deseo y de las búsquedas de felicidad y goce vital.

Todos estos problemas vistos a través de la metáfora poética que Jairo consigue al construir el espacio de la tensión literaria con sus entrevistados, hace posible descubrir para los lectores claves de un sistema simbólico diferente “para denotar y connotar la realidad” que se ha producido. En otra incursión literaria, Jairo parecía anticipar sus hipótesis sobre la escritura. Augusto, el protagonista de “De isla en isla y de Disturbio en disturbio” de su colección de relatos Colombian reality show, publicado en 2011, dice que “sintió que no tenía nada que escribir”, se planteaba la alternativa de Cortázar: “reescribir y terminar en forma diferente algunos cuentos”, seguir el ejemplo de Horacio Quiroga, y, en cambio, concluye: “el problema es que esto no es literatura, sino mi propia vida. Puta, otro cuento que no termino”.

Se me quedan en el tintero tantos otras impresiones suscitadas por el buen libro de Jairo, por ejemplo esa conjetura sobre la pervivencia del romanticismo en las narrativas políticas de los jóvenes. El romanticismo como mito fundacional del ser joven. O la disonancia de ese inter-texto sobre la educación política formal en donde se coloca en el plano de la política de representación para “plantear una educación crítica en derechos humanos”, asuntos que, desde la perspectiva de ruptura, merecen una más profunda discusión.

Pero no hay espacio ni tiempo hoy, más allá de recomendar una lectura atenta y gozosa, además de que el protagonista es “testigo de sí mismo” y su autor que tienen la palabra.

Información sobre el autor

1 Oscar Useche Aldana. Es doctor por la Universidad de Granada; profesor de la Maestría en Investigación Social Interdisciplinaria de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, Colombia. Director Centro de Investigaciones Sociales Universidad Minuto de Dios



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