Quevedo Pérez, Noriero Escalante, and Hinestroza Valencia: Diversificación cultural de las comunidades afrocolombianas. Subregiones agrícola y minera del Pacífico colombiano
Vol. 41, Num. 89, Año. 2020
Recibido: 2019 07 30
Aceptado: 2020 03 01



Introducción

La cultura africana en la diáspora de América está relacionada con sus procesos de supervivencia, de resistencia y adaptación en los nuevos espacios territoriales durante la trata negra (García, 2015). En este trabajo hacemos referencia a Colombia por ser el tercer país de América con mayor población afro-descendiente, después de Brasil y los Estados Unidos (Laó, 2015). Entendemos por afrodescendientes el entramado cultural mediante expresiones musicales, dancísticas y acervo de saberes que fortalecen la identidad en una relación estrecha con el territorio. Retomamos la acepción simbólica de la cultura en el sentido de pautas de significados, es decir, comprende aspectos relacionados con símbolos, representaciones, modelos, aptitudes y mentalidades propios de la vida social. De manera que los actores sociales le dan sentido de pertenencia al territorio que ocupan y reelaboran su identidad colectiva (Giménez, 2005). No queremos dejar inadvertido para el lector que

La incorporación del esclavo africano a la sociedad colonial latinoamericana implicó dolorosas agresiones culturales que se caracterizaron no solo por la violencia y amputaciones físicas, sino por opresiones socioculturales con la destrucción de la familia, restricciones de su capacidad creadora, enajenación religiosa y lingüística, imposibilidad para la procreación, etcétera (Zapata, 2017: 406) .

No obstante lo anterior, para el caso que nos ocupa, las comunidades afrodescendientes colombianas, el esclavismo tomó otras dimensiones en el llamado Nuevo Mundo, territorio en el cual la trata negra no fue únicamente de carácter étnico, sino también de importantes repercusiones socioculturales en el sentido de los patrones de vida asociados a las condiciones ambientales a las que fueron sometidos y que necesariamente implicaban nuevas adaptaciones (Friedemann, 1969). En suma, a lo largo del tiempo la dispersión de los pueblos esclavizados en América posibilitó la reinvención de sus formas de reproducción social y cultural reconstruyendo su historia, su memoria en un espacio geográfico ajeno (Caicedo, 2011). Estos procesos se dieron paulatinamente en los diferentes estadios de los africanos en el nuevo continente, en un desarrollo de larga duración que retoma la memoria ancestral a partir de la remembranza de elementos propios de su lugar de origen donde se encontraban en su condición de libertad y autonomía; los revive adaptándolos a su nueva condición de vida. Es importante destacar que los pueblos africanos no quisieron ser esclavos, fueron víctimas de un sometimiento forzado y traídos al territorio americano de manera obligada (Montoya, 2016). Una vez allí debieron readaptar sus formas de vida en el espacio geográfico al que llegaron.

En el caso particular de Colombia, que en la época colonial fue llamada Nueva Granada, la disminución de la población indígena detonó hacia el año 1600 el comercio de los nativos africanos esclavizados. Esta fuerza de trabajo que se introdujo en el territorio fue utilizada en tres actividades de alto interés económico para la época y persisten actualmente: minería, agricultura y ganadería ( Jaramillo, 2002). De tal suerte que estos grupos de personas sometidas fueron llevados a distintos puntos de interés productivo: la minería en el caso de las poblaciones costeras y ribereñas de la región del Pacífico; en la franja agrícola de esta misma región, cercana a los Andes, se concentró en los trapiches -actuales departamentos de Cauca, Valle del Cauca y Nariño-; en cada caso los africanos siempre buscaron formas de preservar su memoria colectiva y una libertad que fue reclamada por medio de la fuga. El prófugo fue identificado con el calificativo despectivo de "cimarrón", término que alude al esclavizado que en su espíritu indómito de resistencia buscaba su libertad y sobre todo evitar malos tratos de los amos (McFarlane, 1991). Por lo que el cimarronaje adquirió la connotación del proceso de desacato al sistema colonial opresor neogranadino (Arrázola, 1986). Es preciso señalar, de acuerdo con Lucena (2005), que esta expresión estaba reconocida en la legislación de indias desde 1530, con un uso en las ordenanzas para evitar levantamientos y huidas de esclavizados de aquella época.

Después de la abolición fue muy notorio que las comunidades asentadas en la zona costera del Pacífico continuaron con una actividad productiva basada en la minería artesanal, mientras que el segmento que trabajó en los trapiches pobló la región agrícola del Cauca, Valle del Cauca y Nariño, dedicándose principalmente al cultivo de caña de azúcar. Por lo anterior, es importante resaltar que cada subregión del Pacífico tiene características socioculturales distintas estrechamente relacionadas con su ubicación geográfica y su actividad productiva. En el caso de las subregiones Pacífico norte y sur, que es toda la franja costera y ribereña, estas características culturales han sido documentadas de manera suficiente (e.g las revistas colombianas del folclor, publicadas por el Patronato Colombiano de Artes y Ciencias); ello ha permitido una distinción de los grupos sociales que habitan cada subregión; no obstante, las comunidades cercanas a la franja agrícola andina han sido poco estudiadas en los aspectos cultural e identitario.

Por lo anterior, creemos relevante documentar las variantes en los pueblos afro-colombianos de la región del Pacífico con marcadas diferencias en sus formas de representación sociocultural, que varían dependiendo de la ubicación geográfica y su actividad económica. En ese sentido, en un primer momento contrastamos las diferencias culturales e identitarias entre las comunidades de la zona costera y las que habitan en la franja agrícola del Cauca, Valle del Cauca y Nariño, a partir de las actividades productivas minera y del cultivo de caña de azúcar. Posteriormente, señalamos en el contexto actual de desarrollo rutas alternas en las comunidades afrodescendientes que posibilitan la continuidad de sus actividades de supervivencia cultural sin perder la matriz identitaria de su lugar de origen y con ello la preservación de su memoria ancestral.

Metodología

Para el presente estudio se realizaron visitas a las subregiones del Pacífico colombiano (zona costera norte, sur y la región cañera del Valle del Cauca, Cauca y Nariño). La observación, el diálogo y las notas de campo fueron importantes para el registro de datos; el ejercicio de interlocución y la observación permiten identificar rasgos relevantes de la cultura en grupos sociales (Mato, 2008). Las visitas a las subregiones coincidieron con las festividades dedicadas a santos patronos y festejos tradicionales. Durante estas celebraciones se realizaron entrevistas a personas que tienen un reconocimiento por parte de la comunidad como líderes de los procesos socioculturales; la entrevista ha sido usada en investigaciones previas relacionadas con grupos tribales e indígenas (e.g. Opdenakker, 2006; Hegney et al., 2007), que fueron de utilidad como herramientas para el diálogo en campo.

Discusión y resultados

Antes de la ocupación española, el Valle del Cauca, Cauca y Nariño estaba poblado por indígenas. En el siglo XVI fueron despojados de sus territorios ancestrales (Hernández, 2006). Ante este hecho sus tierras fueron destinadas para el cultivo de caña de azúcar (Mondragón, 2008). En los trapiches fue utilizada inicialmente la mano de obra esclavizada indígena, pero la exigencia física de la labor pronto diezmó esta población; aunado a ello, las leyes de protección a los indígenas provocaron que la fuerza de trabajo nativa fuera remplazada por el trabajo esclavizado africano (Rojas, 2014; Mondragón, 2008). El régimen esclavista totalitario se mantuvo hasta 1951, pese a que existían leyes como la libertad de vientre implementada en Colombia en 1814; no obstante, tras el paso de Bolívar por el Cauca en 1919 con su movimiento libertario, los hacendados lograron dos años después evadir la abolición permitiendo que solamente fueran libres los hijos de esclavizados (Mondragón, 2008). No fue hasta 1951 que se logró, mediante guerra civil, la ley de abolición total (Fals, 1975).

Ante este nuevo escenario los grupos de personas libres a consecuencia del cimarronaje dejaron de ser perseguidos, aunque permanecieron en lugares donde se replegaron durante la huida para resistir y evitar su captura. Cabe destacar que al compartir estos espacios se tendieron lazos de confianza por los que se establecieron comunidades que más tarde se conformaron como palenques. Como ejemplo de ello está Tadó en el Pacífico y Palenque de San Basilio en el Caribe colombiano. Por su parte, los grupos libres a raíz de la abolición se diseminaron por las subregiones costeras, selváticas norte y sur, así como del Cauca, Valle del Cauca y Nariño, continuando con actividades que ya sabían desarrollar como minería, pesca, agricultura y tiempo después ganadería, y así dieron origen a las comunidades afrodescendientes libres, en un contexto rural (Cardona, 2011). Con la abolición y la resistencia a la esclavitud, estas comunidades conformaron sus familias, se hicieron visibles y replantearon sus formas de reproducción social y productiva, fueron creando sus propias sociabilidades y sus referentes de comunidad. Sin embargo, no omitimos señalar que continuaron en un estado de falta de reconocimiento en la vida pública y política de la nación (Cruz, 2008).

Por ejemplo, las comunidades que habitan la región costera siguen con una actividad extractiva de madera, oro y platino desarrollada de manera artesanal o como asalariados de empresas extranjeras (Sánchez et al., 2008), en menor medida pesca, ganadería, artesanía, agricultura a pequeña escala y recientemente el turismo ecológico.

De manera que paulatinamente los territorios habitados por estas comunidades fueron dando posibilidades para otras actividades productivas gracias a su riqueza natural, complementadas con procesos socioculturales en los que es evidente la supervivencia de una memoria ancestral que les da identidad y autenticidad (Dediego et al., 2004). La región con mayores estudios en el litoral Pacífico de Colombia es la franja tropical húmeda que bordea la costa del océano Pacífico (de Friedemann y Morales, 1969). Este territorio fue poblado por el interés minero y hasta la actualidad la extracción de oro en forma artesanal sigue siendo fuente importante de su economía, seguida por la explotacion maderera, la pesca y la agricultura familiar.

En esta franja costera denominada Pacífico norte y sur encontramos un sincretismo religioso importante en el que los cantos corales ancestrales de África se acompañan con instrumentos de madera y piel siempre presentes en sus prácticas religiosas o festivas con un protagonismo distinto en cada caso. Cantos y danza sacras son aquellas en las que se rinde culto y adoración a santos patronos como San Francisco de Asís (San Pachito), San Miguel Arcángel, San José, La Virgen María y el Niño Dios; danzas de caracter festivo, que en algun momento fueron consideradas profanas (Zapata y Massa, 1998), pero como el término "profano" es considerado peyorativo por estas comunidades, sería adecuado denominarlas "danzas festivas": aquellas en las que su cadencia pélvica y fuerza son de mayor prominencia e interviene el cortejo, lo que se asocia con el erotismo y con matices sexuales producto del éxtasis de las percusiones de los tambores y la alegría melódica de las chirimías, además de que no son dedicadas a ningún santo. Por su parte, las ceremonias relacionadas con la parte espiritual están acompañadas de música propia para estas alabanzas o eventos funebres. El canto es parte esencial de la identidad de estas comunidades como un vínculo con su religiosidad ancestral. Como ejemplo, para despedir al adulto cuando fallece, se entonan los alabaos y al infante los chigualos, es decir, cantos lastimeros que acompañan el velorio y la procesión fúnebre de un infante de hasta 12 años.

En la zona costera pacífica norte las danzas de laboreo son bastante comunes y están relacionadas con actividades de la cotidianidad como la mina, la pesca o la siembra; en ellas se hacen ademanes de trabajo como cavar, lavar el oro en bateas, las posiciones del cuerpo en los socavones; algunos movimientos asemejan acciones como decantar oro, picar, remar o pescar; la danza más importante es el abozao, propia de carnaval en la que se manifiesta la alegría y la idiosincrasia de las comunidades afrodescendientes del departamento del Choco. Su vestuario es de diferentes tonalidades con colores vivos y estampados de flores grandes que reflejan la diversidad natural de ríos, mares y selvas, además de darle realce al tono de su piel. Fiestas y danzas se acompañan con el conjunto musical de chirimía compuesto por los siguientes instrumentos: clarinete, bombardino; requinto, bombo y platillos; las danzas y los ritmos tienen un papel protagónico, en distintos estilos. Uno de los que identifican esta región es el tamborito, influenciado por los ritmos del Caribe, ya que se encuentra en la parte extremo norte del territorio; las piezas se ejecutan en los tradicionales "bailes de pellejo", es decir, van acompañadas con melodías de instrumentos fabricados con madera y parches de piel de animales; algunas de estas danzas mencionadas son de origen cortesano, aunque en ellas se satiriza al blanco español y los bailes que estos ejecutaban a la usanza durante la época colonial.

En la subregión del Pacífico sur el baile mas representativo es el currulao, que se desprende de otros como el bunde y la juga. El currulao se ejecuta a ritmo de marimba, instrumento de origen africano; en el baile se aprecia una relación importante entre los danzantes, ya que es un juego de cortejo y enamoramiento en que el lenguaje sutil de los pañuelos determina su desarrollo. Los instrumentos son construidos con materiales locales, con madera y pieles; el conjunto instrumental está conformado por marimba de chonta, cununo macho y hembra, bombo macho y hembra, guasa (Dediego et al., 2004)

El territorio que comprende las subregiones norte y sur del Pacífico colombiano tiene gran riqueza en biodiversidad y recursos naturales que los pueblos afrodescendientes e indígenas han sabido aprovechar en completa armonía; sin embargo, esta riqueza natural ha atraído los ojos de intereses económicos de las transnacionales que amenazan con intervención minera y maderera, por lo que estas comunidades libran una intensa lucha por mantener autonomía, conocimiento, identidad y economía (Escobar, 1999). Otro grave problema que enfrentan las comunidades del Pacífico es la presencia de grupos armados y la proliferación de cultivos ilegales, ya que su ubicación geográfica resulta estratégica tanto para el cultivo como para la exportación de alcaloides.

Por su parte, la subregión objeto de este estudio que denominaremos Pacífico oriente es el territorio agrícola que se extiende por las estribaciones de la cordillera andina occidental y la ribera del Cauca, que comprende parte del territorio de Nariño, Cauca y Valle del Cauca. Esta subregión también fue colonizada mediante el proceso de esclavización, y por la fertilidad de sus tierras e hidrografía se convirtió desde la época colonial en una zona importante para la siembra de caña de azúcar. En estos fértiles valles hubo concentración de fuerza de trabajo esclavizada en la actividad cañera. Contrario al caso de México y Venezuela donde se ha documentado con mayor amplitud, sobre la fuerza de trabajo esclavizado y su relación con el cultivo de caña, en el Pacífico oriente colombiano ha sido poco documentada. En Venezuela los africanos esclavizados eran considerados de categoría social más baja -situación que fue una constante en toda América-, razón por la que fueron sometidos a una mayor explotación y sus dueños los comercializaban a su antojo. En ese sentido, la mayor parte del trabajo productivo del esclavizado en este país se desarrollaba en las haciendas de caña, tabaco, cacao y hatos ganaderos (Domínguez y Franceschi, 1994; Calzadilla y Salazar, 2000).

Por su parte, en México y las Antillas el cultivo de caña de azúcar también proliferó; las haciendas de plantación tuvieron una presencia importante en la producción de miel y azúcar para la exportación a Europa y Nueva Inglaterra; una economía que fue soportada con la fuerza de trabajo esclavizada (Wolf y Sidney, 1975). La alta demanda de este producto generó que las haciendas azucareras mexicanas desde su origen en el siglo XVI continuaran el ejercicio de esclavitud hasta el siglo XIX de manera práctica y legal (Mentz,1999). Cabe destacar que la esclavización en oficios como el cultivo de caña de azúcar y la minería, principalmente con la extracción de plata, fue temprana en el territorio mexicano, ya que la población indígena se mantuvo a pesar de la extinción masiva y las epidemias (Mentz,1999). Sin embargo, hubo importación de africanos esclavizados a estas haciendas productoras. Por lo anterior, este cultivo se convirtió en una labor constante que actualmente las comunidades indígenas continúan desarrollando en algunas regiones como la huasteca potosina y el estado de Guerrero, con el piloncillo como parte de su producción de origen agrícola. En el caso de la región tropical de Guerrero hay presencia de comunidades afrodescendientes que siguen sembrando caña de azúcar.

En contraste, los afrodescendientes colombianos que fueron concentrados en la actividad cañera, también conocida como trapiches, son comunidades que poco se han visibilizado ya que se generaliza el concepto del esclavizado en relación con el oficio de la minería. Sin embargo, en poblaciones como Cali, Buenaventura, Nariño y Tumaco son personas con rasgos diferentes por habitar en espacios urbanos que dependen en mayor medida de las actividades terciarias en las que sobreviven con un salario mínimo. Los pequeños municipios alejados de las ciudades basan su economía en la productividad de recursos no renovables, agricultura y pesca. Son estos los pueblos que continúan con una producción cañera artesanal que en muchos casos es de baja escala. Indudablemente los rasgos del afrodescendiente tanto urbano como rural que habitan el Pacífico oriente, lejos de la costa, son diferentes y notables en el color de la piel, su acento al hablar, la tradición gastronómica, así como sus características socioculturales.

En estos pueblos la influencia de las grandes urbes y las actividades productivas han marcado diferencias importantes dentro de su tradición cultural; en esta aculturación se crean nuevos formatos musicales en los que la instrumentación e interpretación musical, dancística y vocal cambia drásticamente en relación con los pueblos costeros norte y sur. El caso más evidente, tradicionalmente hablando, es el conjunto musical de violines caucanos que se integran por bongoes, guitarras, charrasca, maracas y bombo. Con este formato musical se acompañan danzas propias de esta subregión como el torbellino valle caucano, la juga, el bambuco -con clara influencia de la región andina, pero adaptado a un estilo particular del caucano-, y el baile de esgrima ejecutado con machetes, herramienta de trabajo retomada de la actividad cañera. Esta práctica se ha transmitido por generaciones como parte de su legado ancestral propio de esta subregión; de manera que este conjunto musical lo denominamos como formato de cuerdas del Pacífico oriente colombiano. Al respecto es preciso señalar que esta estructura músico-danzaria tiene su origen propiamente en las zonas del Cauca, influenciada por la música andina en la que existe mayor presencia de instrumentos de cuerda por efecto del desarrollo musical urbano como la salsa, que tuvo su origen en versión orquestal en Cali con las composiciones del maestro Jairo Varela y el productor Alexis Lozano. Variantes culturales y artísticas que nos dejan ver que en efecto la reproducción sociocultural de las comunidades afrodescendientes ubicadas a orillas del mar dista mucho de las que se ubican a orillas de los ríos.

Lo anterior también apoya la idea de que las relaciones entre la fuente económica, el contexto socio-geográfico, además de las formas de reproducción social son inherentes. Para el caso del Pacífico oriente colombiano, el cultivo de la caña ha prevalecido desde la Colonia, transitando por el proceso de abolición en 1851 y el periodo en el que los ricos terratenientes desataron una persecución infame de manera legal y formal para el despojo y desplazamiento de las comunidades afrodescendientes (Castaño, 2016). Esta situación sigue sin resolverse de forma definitiva. Por ejemplo, a partir de la Constitución de 1993 se resuelve de manera parcial la tenencia de la tierra, bajo el régimen de propiedad colectiva. En este escenario, con la disminución de la fuerza de trabajo inicia una revolución industrial que remplazó la mano de obra esclavizada y dio origen al trabajador asalariado (Castaño, 2016). Lo que el autor Mateo Mina (1975) denominó "el paso de la esclavitud del látigo a la esclavitud del jornal".

En ese sentido, con políticas propias del sistema neoliberal, el capitalismo transformó la hacienda azucarera en empresa transnacional para finales del siglo XIX. Como ha sucedido en Colombia, dolosamente la violencia, la política económica y el capital han impuesto nuevas dinámicas de apropiación, acaparamiento y expropiación territorial por parte de los grandes capitalistas azucareros en aquellos territorios en los que se asentaron las comunidades libres afrodescendientes (Castaño, 2016; Mina, 1975).

Esta nueva dinámica acaparadora orilló a las comunidades a ser objeto de despojo y la subvaloración del trabajo. Mondragón (2008) nos da un panorama en el que en los últimos 25 años, en la región occidental, se ha concentrado de manera significativa la propiedad rural. Por su parte, en el Valle del Cauca, fue donde más se incrementó este acaparamiento de tierras entre 1985 y 1996. Cabe destacar que una parte importante de las grandes propiedades fue dedicada a la agricultura comercial, prevaleciendo el monocultivo de caña de azúcar (Mondragón, 2008). El abaratamiento de la mano de obra y los desplazamientos forzados agudizaron la pobreza de los afrodescendientes del Pacífico colombiano. El despojo de las tierras y la disminución de oportunidades para tener una independencia productiva provocaron que algunos pueblos, sobre todo en Nariño, optaran por la siembra de cultivos ilícitos. Nos parece importante señalarlo, aunque no es parte del objetivo de este trabajo; sin embargo, esta redistribución geopolítica ha influenciado y posibilitado un reacomodo en nuevas generaciones de comunidades afrodescendientes que promueven alternativas de visibilización y resistencia.

Algo similar ocurrió con la producción bananera. Los pueblos afrodescendientes del Pacífico fueron separados por intereses geopolíticos con la frontera llamada Urabá Antioqueño; Urabá es una región de frontera internacional marítima y terrestre entre la región pacífica y atlántica (García, 2004). Esta línea divisoria constituye un punto estratégico geográfico y comercial (García, 2004), por lo que las empresas bananeras buscaron siempre su control viendo en la separación geográfica la solución. Con la expansión del monocultivo de banano se aumentó la concentración de la tierra mediante despojo, desplazamiento forzado y compra a precios irrisorios; el resultado de los intereses transnacionales fue la ampliación de la línea fronteriza para tener control y acceso directo al mar y reducir así costos operativos de exportación.

Con tantos procesos de subyugación a causa de intereses dominantes y una constante resistencia por parte de las comunidades afrodescendientes pudiera pensarse en una posible desaparición de su cultura; sin embargo, su memoria ancestral y su espíritu comunitario ha permitido mantener vigentes sus formas de representación sociocultural concebidas incluso como parte fundamental de sus mecanismos de resistencia y en las que los sujetos comparten sus prácticas productivas y reproductivas, otorgándole significados y sentido práctico a su vida cotidiana (Lindón, 2002). Dicha situación no solamente puede apreciarse en lo tangible, sino en la continuidad de una memoria colectiva transmitida por generaciones mediante la herencia oral e inmaterial. La observación participante posibilitó detectar y documentar la manera como la organización de roles sociales juega un papel determinante en la vida comunitaria afrodescendiente. En la nueva realidad de estas comunidades existen valores propios desarrollados a lo largo de los distintos periodos históricos, cuya raíz tiene matices claros de reminiscencias africanas, visibles en la gastronomía, la artesanía, la fabricación de instrumentos, la música, el canto y el baile. En estas prácticas aflora una resistencia permanente que ha superado dificultades por más de 300 años y que en tiempos actuales siguen siendo sus principales formas de persistencia.

La parte medular de la preservación de la identidad se trasmite a las nuevas generaciones desde edades muy tempranas; es el caso de los juegos y las rondas infantiles, generalmente enseñadas a los infantes por los mayores. Dicen al respecto los integrantes de la comunidad: "donde hay un grupo de niños siempre hay un mayor para enseñarles"; en ese aprendizaje in situ se recupera y afianza la memoria de los antepasados reproduciendo lo que los abuelos les están legando en su cotidianidad. De esta forma se aprenden los oficios y cada persona de la comunidad entiende la importancia de que estos valores prevalezcan.

Opciones de un desarrollo alternativo en el contexto neoliberal para los grupos afrocolombianos

Si bien actualmente el Artículo 7° de la Constitución Política de Colombia (1991) expresa que el Estado reconoce y protege la diversidad étnica y cultural de la nación, creemos que ante el contexto actual de las políticas neoliberales que le apuestan todo al mercado, precisamente los grupos más vulnerables siguen siendo los campesinos, indígenas y afrodescendientes. En efecto, las demandas de estas comunidades siguen siendo por el derecho a poseer la tierra, el respeto a sus formas de organización, tradiciones y costumbres. Lo cierto es que el desplazamiento forzado y la renta de la tierra a favor de un creciente número de proyectos para monocultivo agroindustrial y megaminería es lo que prevalece en los últimos años en Colombia (Salcedo, Pinzón y Duarte, 2013).

Ante esa situación es pertinente reconocer el papel estratégico que tienen las comunidades afrodescendientes sobre todo por la riqueza cultural que los distingue de otras comunidades y en gran medida por la forma de relacionarse con la naturaleza. Y es que un hecho es claro, ante la actual crisis ambiental y del régimen alimentario corporativo, son necesarias acciones que reconozcan el papel que desempeñan sujetos que con sus propias formas de organización y apropiación del territorio, en el sentido de compartir formas de vida, tradiciones y costumbres; puedan desencadenar procesos de desarrollo social, económico y productivo respetando su entorno. Fundamentalmente, porque los afrodescendientes actualmente están conformados en territorios colectivos, que dan muestra de una identidad derivada de que por costumbre en el mismo hogar coexisten diferentes generaciones, como fue evidente en la observación de campo en el Pacífico. Está suficientemente documentado que la producción en monocultivo agroindustrial se basa en el abuso de agroquímicos y acaparamiento de tierras, con consecuencias nocivas para los individuos y la naturaleza. Por tanto, mediante prácticas agroecológicas y principios de sustentabilidad es posible reencauzar el régimen de producción, que necesariamente implica: una nueva relación campo-ciudad, reconocimiento del principio de la alimentación primero, acompañado con comercio justo, agricultura bioregional y, no menos importante, la democratización de la forma de gobernanza (McMichael, 2015). Rescatamos el término de gobernanza, puesto que es

Un nuevo enfoque dentro de la nueva gestión pública, donde sociedad civil y gobierno son co-responsables del quehacer político ya sea a nivel federal, estatal o local. De esta forma, se propicia la participación activa de diferentes organismos tanto públicos como privados en beneficio del buen desempeño gubernamental; así como del logro de objetivos que mejoren la calidad de vida de la sociedad en general (Rosas-Ferrusca, Calderon-Maya y Campos-Alanís, 2012: 118).

En efecto, ante la gran crisis -alimentaria, financiera, ambiental, energética, migratoria, bélica, agotamiento del modelo neoliberal- (Bartra, 2009), la defensa de la sobrevivencia del género humano y de las especies vegetales y animales pasa por reconocer la importancia de la producción de alimentos, y con ello los sujetos que están ligados desde tiempos inmemorables: campesinos, indígenas y afrodescendientes. La inclusión ya no es solamente cuestión de derechos humanos, sino también de restituirle a la tierra lo que ha deteriorado el hombre, y en esto mucho hay que aprender y rescatar de la producción en menor escala, desde lo local-regional.

Sin lugar a dudas en Colombia, como en el resto de América Latina, han aparecido movimientos sociales que han derivado en la importancia de reconocer la inclusión de los grupos vulnerables como sujetos de derechos. Por tanto, es el momento coyuntural de reconocerlos como integrantes de una sola sociedad y como agentes de transformación social con posibilidades de incursionar en la toma de decisiones y acciones que los conduzca hacia mejores formas de reproducción social. La visión de subordinación y exclusión, en nuestros tiempos, debe ser cosa del pasado, puesto que nuestra época requiere procesos democráticos y emancipadores, en los que se conjuguen políticas diferenciadas y que todos los seres humanos podamos obtener las mismas garantías de justicia social y vida digna.

En esa tesitura, Colombia ha generado leyes que en forma positiva reconocen a estas comunidades, aunque no lo hace en los términos que los integrantes de la propia comunidad consideran adecuados. Por ejemplo, se oponen a la denominación de "población negra" en la identificación oficial de estos ciudadanos de descendencia afro. Cabe señalar que esto sucedía antes de la aprobación de la Ley 70 Constitucional del año 1993, en la que se acuñó el término más aceptado académicamente de afrocolombiano. Desde esa perspectiva es importante destacar que la ubicación geográfica juega un papel determinante para la autodefinición, por ejemplo, en el Pacífico los pobladores afirman su pertenencia a: afrochocuano (del departamento del Chocó); afrovalluno (del departamento del Valle); afrocaucano (del departamento del Cauca), por citar algunos ejemplos.

En ese sentido, consideramos que estas respuestas legislativas están sustentadas para soportar el modelo neoliberal por el que optó Colombia, es decir, basado en el gran capital trasnacional y que por ende determina las formas de producción excluyente: depredador; basado en monocultivos y además concentradora de tierras, creando con ello expulsión, pobreza y marginación de los campesinos, indígenas y afrocolombianos. Pero como respuesta alternativa, estas comunidades vulnerables están resistiendo y luchando por ser incluidas en las políticas públicas y, por tanto, son cuestiones que ponen en el centro de la discusión nuevas formas de organización y de producción agropecuaria, que tiende a ser vista como generadora de riqueza para el sector industrial y las trasnacionales, aunque

es mucho más que eso. Constituye el sustento y la forma de vida de muchas personas, con todo lo que ello implica; un ámbito natural que debe preservarse para la vida misma, fuente de la biodiversidad, del paisaje, de la soberanía alimentaria de la población, en in, del bienestar de muchas personas de la sociedad toda, incluyendo a las generaciones futuras (Giarraca y Teubal, 2017: 314).

En lo anterior está implícita una respuesta a las necesidades de la sociedad, que requiere también alternativas ante un mundo en el que es necesario cambiar la visión economicista, mercantilista y utilitarista por una humanista, solidaria y eminentemente ligada al vínculo originario de compartir saberes, costumbres y tradiciones, que en caso de los grupos afrocolombianos ha sido su forma de resistir, como en el caso del Pacífico, en el que las familias extensas preservan un legado de la memoria ancestral. Es decir, en estas familias, integradas por diferentes generaciones, existe una marcada diferencia de edades con mecanismos propios de asimilación y transmisión del conocimiento. Por ejemplo, las "matronas", que son mujeres que funcionan como cabezas de familia, que asumen responsabilidades desde el cuidado de la salud y la alimentación de hijos, nietos o hermanos, según sea el caso. Es importante destacar el papel que adquiere la mujer en los cuidados pre y posparto, como es el caso de las parteras tradicionales que aún tienen presencia en estas comunidades y por su conocimiento son muy respetadas. Por su parte, los abuelos son los encargados de transmitir conocimientos relacionados con la preservación de la cultura, mediante cantos, juegos y rondas que avivan su origen africano y lo preservan. En casos particulares como la medicina tradicional, el rezo y otros conocimientos que no son de dominio común, las personas mayores hacen una elección de algún miembro joven de la comunidad para prepararlo y heredarle sus saberes. Lo que se traduce en una suma de riqueza cultural, en la que los afrocolombianos nos aportan y a la vez robustecen la identidad nacional. Comprendemos la importancia de la diversidad cultural en el territorio, de manera que en estudios futuros se sugiere profundizar al respecto.

Conclusiones

Con los gobiernos actuales hay una continuidad de los procesos de crecimiento y "desarrollo" soportados en el detrimento de los recursos naturales y de las culturas locales; sin embargo, aunque los escenarios futuros son inciertos, los afrocolombianos continúan resistiendo desde sus formas de vida comunitaria y en defensa de sus territorios. Su capacidad de readaptación y reproducción sociocultural los mantiene vigentes pese a estar en contra de todos los pronósticos y los sistemas acaparadores por más de 300 años; por ello, el Pacífico colombiano y sus comunidades seguirán existiendo a través de su cultura y de la ocupación de espacios por medio del arte, la danza, transmisión de saberes relacionados con sus tradiciones y costumbres, las cuales desde su condición de esclavizados han sido mecanismos naturales de resistencia. En cuanto a la tercera subregión del Pacífico colombiano que en este estudio se describe, y que a partir de nuestros resultados denominamos Pacífico oriente, las diferencias culturales de sus pobladores afrocolombianos están fuertemente influenciadas por su ubicación geográfica, en la que prevalece la producción agrícola de cultivos tropicales como caña de azúcar y banano.

Asimismo, queda claro que mediante los movimientos sociales, en las últimas décadas las comunidades que habitan esta región, principalmente afrocolombianos, han surgido como una fuerza organizativa capaz de defender sus derechos como ciudadanos y de ser incluidos en políticas públicas diferenciadas que, desde el Estado, les proporcionen garantías de alternativas de reproducción social y productiva, además de salvaguardar la identidad cultural de los lugareños y sus territorios. Sin embargo, en la realidad política colombiana hay una tendencia marcada hacia los intereses del modelo neoliberal.

Literatura citada

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Bartra, Armando 2009 "La gran crisis", Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales, 15(2), mayo-agosto, pp. 191- 202. Consultado en: <http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=17721>.

2

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3

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