Dávila Valdés: Migraciones de estilo de vida y apropiación del espacio, un camino hacia la gentrificación
Vol. 43, Num. 93, Año. 2022
Recibido: 2021 04 30
Aceptado: 2022 05 09



Introducción

Entre las múltiples modalidades del fenómeno migratorio en la era de la globalización interesa aquí aquélla en la que algunos países emergentes, como México, se han convertido en receptores de un cierto tipo de población extranjera que decidió cambiar su lugar de residencia. Se trata de un movimiento al que se ha denominado migración de estilo de vida (lifestyle migration) (Benson y O’Reilly, 2009). En México existen varias ciudades como San Miguel de Allende, Loreto o Ajijic, que se insertan, ya desde hace varias décadas, dentro de esta tendencia. La ciudad de Mérida Yucatán comenzó a perfilarse como un destino de la migración de estilo de vida hasta inicios del siglo XXI.

El objetivo de esta investigación es analizar la experiencia cotidiana de los migrantes de estilo de vida que se han instalado en la zona norte del Centro Histórico de la ciudad de Mérida durante los últimos 20 años para poner especial énfasis en el proceso de apropiación del espacio desde la identificación simbólica y desde las acciones que en el lugar se desarrollan. Se aborda igualmente la cohabitación y la desigualdad entre los nuevos residentes extranjeros y los antiguos residentes yucatecos, quienes comparten muros, banquetas, calles, pero no estilos de vida. Los nuevos residentes pertenecen a las clases medias, cuentan con el capital económico y cultural propio de sus países de origen y además poseen estilos de vida y patrones de consumo que contrastan de forma muy visible con los de la población local.

Esta investigación es de corte cualitativo y se sustenta en una serie de entrevistas semiestructuradas realizadas a varios informantes con diferentes características que permitieron tener un panorama bastante amplio del fenómeno, tales como migrantes de estilo de vida y residentes yucatecos, así como algunos otros considerados claves, como el dueño de una galería de arte, la dueña de un restaurante, un arquitecto y la gerente de proyecto de la empresa Yucatan Expatriate Services. En el cuadro 1 se relaciona con pseudónimos a los informantes que proporcionaron sus testimonios. En lo que respecta al trabajo de campo en la zona de estudio, además de las incursiones hechas exprofeso durante el 2019, cabe mencionar que mis visitas han sido bastante recurrentes, pues la ubicación de mi centro de trabajo ahí ha permitido una observación prolongada durante los últimos años, así como el establecimiento de relaciones con las personas que viven o tienen su negocio en el área.

Cuadro 1

Los informantes

Nombre Origen Ocupación
Sarah Florida, Estados Unidos Profesora
Mily California, Estados Unidos Fisioterapeuta
Mariana Texas Estados Unidos Jubilada
Ryan Florida, Estados Unidos Pintor
John Washington, Estados Unidos Jubilado
Cris Nueva York, Estados Unidos Jubilada
Martha Yucatán, México Tiene una pequeña tienda
Arturo Yucatán, México Dueño de farmacia homeopática
Anita Yucatán, México Ama de casa
Paloma Yucatán, México Bibliotecaria
Alfonso Yucatán, México Dueño de galería de arte
Lola Cd. De México Dueña de restaurante
Rafael Yucatán, México Arquitecto
Adriana Yucatán, México Gerente de proyecto YES

También utilicé los censos de población de 1990, 2000, 2010 y 2020 publicados en la plataforma electrónica del INEGI e hice en 2018 una revisión minuciosa de la oferta de hospedaje en la plataforma de Airbnb de 19 manzanas localizadas en la zona de estudio. Recurrí igualmente a la etnografía digital, a partir de la red social Facebook, en la que hice un seguimiento de los diferentes grupos de extranjeros que viven en Mérida. Finalmente, también consulté información hemerográfica.

Este texto está dividido en cinco apartados. En el primero se hace una breve conceptualización de la migración de estilo de vida y de la gentrificación trasnacional acudiendo a los principales exponentes. En un segundo apartado se aborda la llegada de la migración extranjera a Yucatán que, como se verá, está todavía lejos de ser cuantitativamente algo importante. Si bien no son muchos, su presencia sí resulta bastante evidente en el Centro Histórico de Mérida, tal y como se podrá observar en los siguientes dos apartados en los que se analiza el proceso de apropiación del espacio desde su identificación hasta la vida cotidiana. En el último apartado se hace una reflexión sobre las percepciones de los antiguos residentes yucatecos en un espacio apropiado por los nuevos residentes y se aborda el tema de la distancia social.

Conceptualización: migraciones de estilo de vida y gentrificación trasnacional

Para fines de esta investigación, la migración de estilo de vida se entenderá como un movimiento migratorio en el que personas de todas las edades, que generalmente pertenecen a las clases medias de países industrializados, deciden cambiar su lugar de residencia en forma individual por temporadas o permanentemente con el fin de encontrar una mejor calidad de vida (Benson y O’Reilly, 2009). Generalmente este tipo de migraciones implica un movimiento de países ricos en dirección a países con menos desarrollo donde los costos de vida son menores y el clima es más agradable (Korpela 2010: 55 ) En esta migración el movimiento geográfico es descrito como una forma de “empezar de nuevo” o como un “nuevo comienzo”. Narran su migración como parte de una decisión de alejarse de un estilo de vida considerado como negativo. Se lanzan a la búsqueda de una vida más completa y significativa en un destino muchas veces romantizado, exagerando en ocasiones los males de sus sociedades de origen. El resultado es que la vida después de la migración se presenta como la antítesis de la vida antes de la migración.

Las migraciones de estilo de vida conciernen a individuos y familias que deciden mudarse como una forma de redefinirse ellos mismos para reorganizar el trabajo, la familia y las prioridades personales. Es una migración opcional y voluntaria en la que en algunas ocasiones se privilegian las motivaciones culturales y dentro de estos anhelos culturales se vislumbra la necesidad de encontrar un lugar pretendidamente idílico o prístino. Osbaldiston (2015) reconoce que el estilo de vida y el ideal de una “vida mejor” no son algo homogéneo, sino que van de acuerdo con los diferentes miembros que componen la migración. Es por esto que esta migración no se puede considerar colectiva y, como Korpela (2010) destaca, se trata de un fenómeno producto de la modernidad que apela a la individualización, pues el énfasis se pone en el “what I want”. Sin embargo, luego de varios años de reflexión, Korpela (2014) también reconoce que no se puede obviar en el análisis de esta migración lo estructural. Se entiende entonces que las condiciones estructurales también controlan lo que los individuos pueden hacer, pues no existen agentes flotando libremente.

En esta misma línea Oliver y O’Reilly (2010) sostienen que las elecciones de estos migrantes están adscritas a los habitus particulares de la clase social a la que pertenecen, de tal suerte que las estructuras sociales influyen fuertemente en la elección de los individuos. La decisión de migrar, así como la selección del lugar de destino, argumentan estos autores, están influenciadas por su capital simbólico. El privilegio económico relativo y la facilidad de movimiento resultan elementos indispensables para facilitar la migración; la clase social no solo se presenta como una estructura que la hace posible, sino que además se reproduce y reformula dentro de la vida de los migrantes en su nuevo lugar de residencia (Benson y Osbalidiston, 2016: 413). Para el caso que aquí se trabaja, este nuevo lugar de residencia se encuentra ubicado en el área norte del Centro Histórico de la ciudad de Mérida, en donde desde hace más o menos dos décadas se han ido instalando poco a poco y donde su llegada ha implicado ciertas transformaciones socioespaciales que no pasan inadvertidas: el embellecimiento y la renovación urbana de la zona, la sofisticación de la oferta como restaurantes de gama media y alta, tiendas de artesanías de autor, una gran variedad de hoteles boutique y la aparición de diversas galerías de arte (Dávila Valdés y López Santillán, 2021).

Es justamente en esta dinámica de transformaciones socioespaciales que se observa un incipiente proceso de gentrificación muy particular y propio de algunas ciudades latinoamericanas. Hiernaux y González (2014) lo llaman “gentrificación criolla” porque pone de relieve la relación entre turismo urbano y gentrificación, en la que el turista, como habitante ocasional de los centros históricos, es un agente de producción del espacio tanto material (adquisición de bienes inmuebles) como simbólico, al marcar el área con sus intereses, su consumo y, por lo tanto, en un sentido más amplio, su estilo de vida. Por su parte Hayes y Zaban (2020) lo llaman gentrificación trasnacional y lo describen como la habilidad de algunos ciudadanos relativamente privilegiados, originarios de países desarrollados, es decir de los migrantes de estilo de vida, para apropiarse del espacio urbano y participar en el desplazamiento de grupos con menores ingresos, promoviendo las desigualdades globales en una escala local. En su trabajo sobre Cuenca y Vilcabamba en Ecuador, Hayes (2018) reconoce que estos migrantes, aun en un número pequeño, han tenido un impacto significativo en las transformaciones urbanas.

La llegada de extranjeros a Yucatán

A principios del siglo XX, el auge económico generado por la producción y comercialización del henequén en Yucatán provocó que la migración de origen extranjero llegara a alcanzar alrededor de 5% del total de la población. En aquel entonces se instalaron españoles, libaneses, cubanos, chinos, coreanos, etc. Esa importancia numérica ya no volvió a tener lugar en la historia de la región, pues el fin de la economía productora y comercializadora de henequén, el marasmo y la lenta decadencia, el desempleo y la baja productividad por la que atravesó el estado desde 1930 hasta 1980 disminuyó notablemente el flujo de migración extranjera (Ramírez 2015: 65-66). Sin embargo, la recuperación económica a finales del siglo pasado generó la creación de empresas relacionadas principalmente con el comercio y los servicios, propició la instalación de plantas maquiladoras y el gobierno dio facilidades para la adquisición de predios urbanos, rurales y de playa. Este nuevo contexto atrajo nuevas pequeñas olas migratorias que presentan dinámicas y características totalmente distintas a las de antaño.

Tenemos entonces que, desde finales del siglo XX, algunos migrantes provenientes de diversos países, entre ellos algunos industrializados, comenzaron a instalarse en la región y más particularmente en la ciudad de Mérida. Así se encuentran, por ejemplo, aquellos que se integraron a trabajar en las maquiladoras de exportación o los que simplemente llegaron a probar suerte como el papá de Sarah que vino de Estados Unidos a Yucatán a trabajar en la década de 1990 como capitán de un barco y aquí se quedó, o el esposo de Mily que llegó a Mérida hace 25 años como misionero.

En lo que respecta a los extranjeros que se insertan en las migraciones de estilo de vida, notamos que si bien en un principio su llegada a Mérida fue un tanto “espontánea”, con el tiempo esta se fue convirtiendo en un fenómeno impulsado a través de una política pública de revitalización y turistificación del estado de Yucatán y del municipio de Mérida, que entre sus principales objetivos tenía el de atraer este tipo de migración (Dávila Valdés y López Santillán, 2021). Y en efecto, el éxito de esta política se puede observar durante los últimos 15 años con una pequeña pero continua llegada de nuevos residentes que vienen de Estados Unidos, de Canadá y en menor número de Europa y que se han instalado sobre todo en el Centro Histórico de la ciudad de Mérida. El censo de población del 2020 señala que los extranjeros en Yucatán representan 0.66% del total de la población. Se trata de un porcentaje que, si bien no es significativo en términos absolutos, muestra una tendencia de crecimiento desde los tres censos anteriores, tal y como se puede observar en el cuadro 2.

Cuadro 2

Población extranjera en Yucatán

Año 1990 2000 2010 2020
Población extranjera total 2,011 3,489 6,951 15,405
Porcentaje de población extranjera 0.14% 0.21% 0.35% 0.66%
Crecimiento porcentual 73.4% 99.2% 121%

En lo que se refiere más particularmente a la ciudad de Mérida, se cuenta con los datos del censo del 2010 que registró un total de 5 200 extranjeros, lo que representaba 0.6% de la población de la ciudad. Esta mayor proporción respecto a lo que sucedía en el estado (0.35%) se explica porque es en la ciudad de Mérida donde se concentraba la mayoría de los 6 951 extranjeros que residían en aquel entonces en Yucatán. Ahora bien, es importante no perder de vista que estos extranjeros constituyen una población flotante difícil de medir con exactitud, puesto que muchos entran como turistas con un permiso que les autoriza estar seis meses en el país, por lo que no están obligados ni a inscribirse en el Registro Nacional de Extranjeros ni a contabilizarse en los censos de población. Esta es la razón que explica el desfase en los números, pues por un lado el gobernador de Yucatán declaraba en febrero de 2020 que había alrededor de 10 000 estadounidenses viviendo en la ciudad de Mérida (Castillo, 2019) y, por el otro tenemos los resultados del censo 2020 que estima un total de 4 452 estadounidenses en todo Yucatán.

Por lo pronto, se puede mencionar el censo realizado por el Centro de Estudios Migratorios del Instituto Nacional de Migración en el 2009, el cual estimaba que en Yucatán 57.05% de los extranjeros que contaban con registro tenía más de 45 años y que 45.11% eran mujeres (Reyes Pérez, 2012: 46) lo que muestra la importante presencia femenina dentro de este proceso migratorio. Por lo que he podido observar, se trata de mujeres que migran, algunas con sus respectivas parejas o familias, otras incluso solas, como Cris, que desde hace algunos años decidió mudarse de Nueva York a la ciudad de Mérida.

La llegada e instalación de estos migrantes ha permitido la creación de una forma de negocio en la que se promociona y se facilita la migración de estilo de vida a un número creciente de extranjeros: por ejemplo, empresas especializadas en servicios relacionados con la expatriación como trámites de visas, residencias, asistencia legal, cuestiones inmobiliarias, traductores, etc. Tal es el caso de Yucatan Expatriate Services (YES), Yucatan Transational Service y Yucatan Compass Consulting.

Los nuevos residentes y la apropiación del espacio urbano

El Centro Histórico de la ciudad de Mérida constituye uno de los principales puntos de atracción para la instalación de las migraciones de estilo de vida. A principios del siglo XXI se establecieron, sobre todo en el primer cuadro, alrededor de la plaza grande, pero conforme pasaron los años se fueron asentando en los barrios ubicados al norte de la plaza, como Santa Ana y Santiago. Hoy en día se les encuentra también en la Mejorada, San Cristóbal, la Ermita e incluso en otras áreas de la ciudad. El arquitecto Rafael comenta que desde el 2006 comenzaron a remodelar casas en el Centro Histórico y que la mayoría de sus clientes han sido extranjeros que vienen sobre todo de Estados Unidos y Canadá.

La llegada e instalación de estos migrantes invita a reflexionar en los términos de Croucher (2009) , quien en referencia a Ajijic en Jalisco y a San Miguel de Allende en Guanajuato pone sobre la mesa el riesgo que representa la llegada de una población migrante como esta para la soberanía nacional, pues explica que gracias a su poder económico, los estadounidenses se apropian de los mejores espacios, acaparan recursos y mantienen un sentido de superioridad. En la ciudad de Mérida, es justamente en el Centro Histórico donde se encuentra la mayor parte del patrimonio edificado desde el periodo colonial y es ahí donde muchos extranjeros han comprado, a través de fideicomisos, viejas casonas para restaurarlas y habitarlas permanentemente o en forma temporal, de manera tal que la propiedad ha ido cambiando de manos.

Lo que no se debe perder de vista en esta reflexión es que a principios del siglo XXI la zona céntrica de Mérida pasaba por la última fase de un proceso de despoblamiento, abandono, deterioro y terciarización, “con áreas deshabitadas y zonas muertas en horarios no comerciales”, que ya había sido señalado por algunos autores como Ballina Viramontes (2007: 103-104). Y es dentro de esta lógica que se ubican argumentos como el del académico Guzmán Peraza, quien está convencido de que en Mérida fueron los extranjeros los primeros que, a nivel de conciencia pública, pusieron el acento de lo importante que es la imagen histórica: “ellos valoran lo que antes nosotros no valorábamos”. En este mismo sentido, el arquitecto Rafael cuenta que hace 16 años, cuando empezó a trabajar en la zona, se dio cuenta de que los proyectos que tendría en el Centro Histórico estarían destinados a los extranjeros, pues en aquella época no había yucatecos que tuvieran el poder adquisitivo para comprar y remodelar una casa y que además quisieran irse a vivir en esa zona. Las clases medias y altas de Mérida desde hace mucho han preferido vivir en el norte de la ciudad, un área que les resulta mucho más moderna.

Mariana, migrante méxico-americana, cuenta que desde su llegada, hace unos 10 años, comprendió rápidamente el fenómeno: los extranjeros “están comprando las casas viejas que nadie quiere”. Entendió que los hijos reciben de herencia las viejas casonas del Centro y las venden porque “se quieren mover al norte, se quieren mover afuera del periférico. No ven la ventaja de vivir en estas casas antiguas en el centro” y es que reconoce la suerte que tuvo de comprar una casa a un precio que a ella le pareció bastante accesible. Una casa donde vive y que además cuenta con espacios para rentarlos a través de la plataforma de Airbnb.

Es necesario no perder de vista que el espacio urbano no es estático, por el contrario, está en constante transformación, tanto por las coyunturas económicas, políticas y sociales como por las acciones de las personas, sean estas las que toman decisiones o las que habitan el espacio. Ya se ha apuntado en otros trabajos los procesos de transformación socioespacial por los que atraviesa la zona norte del Centro Histórico de la ciudad de Mérida, que ha pasado del deterioro y el olvido al reembellecimiento y la renovación (Dávila et al., 2020; Dávila y López, 2021). Un proceso en el que políticas públicas y empresarios han coadyuvado a la producción de un espacio turistificado y gentrificado. Lo que interesa aquí es analizar cómo las últimas transformaciones que han tenido lugar en la zona de estudio se pueden caracterizar también por un claro proceso de apropiación del espacio de los nuevos residentes, entendido este como la acción sobre el entorno que deja “huella”, es decir, marcas cargadas de simbolismos (Vidal y Pol, 2005: 283).

La apropiación es una forma de habitar activamente el espacio como un despliegue de usos, necesidades, deseos e imaginarios (Martínez, 2014: 15), una forma de construir y desarrollar las relaciones de las personas con los espacios (Vidal et al., 2004). En el Centro Histórico de Mérida, si bien numéricamente los extranjeros que ahí residen no son muy representativos, su progresiva llegada, instalación y presencia en la zona sí ha resultado bastante evidente y le ha dado un nuevo aspecto. Cabe mencionar que este proceso no es exclusivo de la ciudad de Mérida, por ejemplo, Hiernaux-Nicolás y González (2014) analizaron estas transformaciones en el barrio de la Cruz, en el Centro Histórico de la ciudad de Querétaro y lo llamaron “colonización del espacio”, en donde ubicaron “estocadas simbólicas” tales como nuevos materiales de construcción, objetos de decoración, sonidos, olores, texturas etc., que terminaron, según estos autores, por desposeer a los antiguos residentes de sus tradicionales experiencias urbanas y se le impusieron las de los nuevos residentes, entre los que ubicaron mexicanos y extranjeros.

Se puede observar entonces cómo ciertas partes de la zona norte del Centro Histórico de Mérida se han cargado de nuevos significados que se derivan de las acciones emprendidas por las personas que lo viven hoy en día y que han dado como resultado ciertas transformaciones. Se establecen nuevas formas, como las físico-arquitectónicas, que proyectan los atributos de aquellos que se han ido apropiando del espacio que, en este caso, son los nuevos residentes. De las diferentes incursiones hechas a la zona de estudio durante el 2019, pude notar que las casas remozadas con toques de modernidad y mejores acabados son las que pertenecen a estos nuevos residentes. Me refiero, por ejemplo, a aquellas que tienen puertas y ventanas de maderas tropicales, muchas de ellas protegidas con cristales, farolitas, macetas, buzones y herrería de hierro forjado.

Estas transformaciones han generado también cierta controversia en un sentido más nostálgico dentro de la academia regional. Para las autoras Pérez Medina y Torres Pérez (2016) el problema es que estos nuevos propietarios homogenizan la cultura mexicana y sus remodelaciones tienden a uniformar la zona como virreinal, borrando en ocasiones “la esencia según la temporalidad de la arquitectura” local (2016: 197). Aseguran que “los anexos construidos llegan a superar el porcentaje de la construcción original y a distorsionar el escenario patrimonial” (2016: 198) y como ejemplo mencionan el sembrado de árboles en la vía pública, lo que según estas autoras “falsea un hecho histórico de más de 450 años de ciudad sin árboles en el centro” (2016: 199). No discutiremos aquí si la nueva imagen de la zona de estudio está falseada, uniformada o distorsionada, lo que rescatamos es el proceso de transformación que hace que hoy en día resulte fácil percibir los referentes físicos y simbólicos de los nuevos residentes que manifiestan sus propias “maneras de habitar” el espacio.

Este proceso de apropiación del espacio genera un sentimiento de identificación con el lugar y de posesión, no necesariamente material sino simbólica, en la que los nuevos residentes identifican el entorno, son identificados por el entorno y se identifican con el entorno. (Vidal y Pol, 2005: 293). La relación que se genera entre el sujeto y su espacio de vida conforma un “identitario geográfico”, que para este caso de estudio se le puede ubicar mucho más claramente entre los barrios de Santiago y Santa Ana, los vecindarios más atractivos del Centro según anunciaban The Working Gringos (2014) en su revista electrónica Yucatan Living, asegurando que ahí hay muchas casas coloniales renovadas propiedad de estadounidenses y canadienses. Este espacio es lo que los nuevos residentes han llamado el “Gringo Gulch”, porque según el sitio web de Remixto muchos de ellos lo consideran como su “propia casa”.1 Como asegura De Certeau (2000: 42) , lo “propio” constituye una victoria del lugar sobre el tiempo. Estas calles se han cristalizado en los últimos años en una referencia territorial compartida que permite a este conglomerado de individuos irse convirtiendo en una comunidad (le lieu fait le lien) (Martínez, 2014: 2)

Lo interesante es que los propios extranjeros tienen muy claro el papel que juegan dentro de este proceso de transformación y, además, lo promueven. Por ejemplo, hasta antes del inicio de la pandemia en el sitio web de la Merida English Library (MEL) se promocionaba el House and Garden Tour con frases como esta “Te mostraremos cómo la comunidad de expatriados está contribuyendo a la restauración del Centro Histórico de Mérida” o “Los artistas y la comunidad internacional de expatriados han hecho otra vez de este un lugar moderno para vivir”. El diario local Yucatán ahora publicaba en el 2018 las declaraciones de la presidenta del centro cultural La Cúpula, Leila Voight, quien en una conferencia de prensa aseguraba que hacía más de 10 años que el Centro Histórico estaba abandonado, que fueron los extranjeros quienes adquirieron y restauraron los predios para hacerlos de nueva cuenta habitables, por lo que la zona revivió. Se observa así cómo los nuevos residentes identifican el espacio y se identifican en el espacio, a lo que se suma el hecho de que hoy en día el mismo entorno también los identifica, pues ya no es posible pensar en la zona norte del Centro Histórico de Mérida sin tener en cuenta a sus nuevos residentes, en tanto que renovadores, pero también consumidores, pues, como ya se ha apuntado, de alguna manera han ido modelando y delineando el tipo de oferta de productos y servicios que se encuentran en la zona.

La vida cotidiana de los nuevos residentes

En este apartado me referiré a las prácticas cotidianas (caminatas, abasto, idioma, trabajo, vida social) o como las llama De Certeau (2000: 51) : “procedimientos” de los migrantes de estilo de vida en el área de estudio. Lo cotidiano se refiere a aquello que se produce y se reproduce durante las 24 horas de un día; se entiende por el conjunto de hechos y gestos que constituyen la realidad social (Ciccarelli, 2004: 70 ). Ciccarelli (2004, p. 74) toma la idea de Mafessoli para señalar que lo cotidiano se relaciona con el espacio, es decir, con los lugares en los que se acostumbra comprar, trabajar, divertirse o pasear. Las prácticas cotidianas según De Certeau (2000) constituyen una parte importante del proceso de apropiación y territorialización, y es en este sentido que se puede observar cómo el norte del Centro Histórico de Mérida se ha convertido en un espacio tratado y en proceso de modificación por las prácticas de estos nuevos residentes.

Entre dichas prácticas tenemos por ejemplo la caminata de todos los días de los migrantes de estilo de vida. Por las mañanas y al caer la tarde es muy común encontrarlos paseando por la zona, muchos acompañados de sus mascotas. “No tenemos que manejar”, dice Mariana, “Nos vamos caminando, de aquí a Santa Lucía, cuatro esquinas, de aquí a Santiago dos, al Centro cinco”. Para Cris caminar los domingos por el Paseo de Montejo, una de las avenidas más representativas y bellas de la ciudad, es un verdadero placer, al igual que para Ryan, aunque él dice que hacen falta algunas calles peatonales para disfrutar más el área. Esta actividad cotidiana de caminar es entendida por De Certeau (2000: 110-111) como el proceso de apropiación del sistema topográfico, como una realización espacial del lugar que se relaciona íntimamente con la posición geográfica del peatón, que diferencia lo cerca de lo lejos, los lugares por los que caminan y los lugares por los que no, así como las modalidades y los tipos de recorridos. Los pasos, dice De Certeau (2000: 112) “tejen los lugares”, la marcha “crea una organicidad móvil”. Así se ha podido observar cómo a lo largo de los últimos 10 años, la escena de la zona de estudio se ha transformado de tal manera que ofrece, hoy en día, calles embellecidas, más limpias, mejor iluminadas, así como servicios y productos diversificados y muchas veces sofisticados que van de acuerdo con el estilo de vida de esos nuevos residentes que caminan por el lugar.

Según Norbert Elías (1995: 240) , la vida cotidiana de las personas es parte integrante de la estructura de la capa social a la que pertenecen, de tal suerte que en sus investigaciones Oliver y O’Relly (2010) han encontrado que, en efecto, los migrantes de estilo de vida reproducen en su nuevo lugar de residencia el habitus o las disposiciones y los gustos para ciertas actividades cotidianas, como alimentos, música, ocio etc., según su clase social y su estilo de vida. Por mencionar un ejemplo tenemos que los gustos especiales de alimentación de algunos de los entrevistados, como Ryan y también Cris que prefieren comprar “orgánico” y “sustentable” (ella incluso es vegana), ya pueden ser satisfechos gracias a la consolidación de algunos restaurantes y tiendas especializadas que se localizan en la zona de estudio, así como del pequeño mercado de “slow food” que se pone los sábados en una colonia aledaña al norte del Centro Histórico. En dicho mercado estos extranjeros compran y también venden productos como pan, quesos, pastas, salsas, mermeladas, vegetales, comida preparada, en fin, “alimentos buenos, limpios y justos para todos” tal y como se puede leer en su página de Facebook.

Ciertamente no se debe pasar por alto que, en lo que respecta al abasto, las ventajas de vivir en la ciudad de Mérida para estos migrantes no solo se encuentran en el Centro Histórico. Hace ya algunas décadas que Mérida se insertó en la globalización y le abrió sus puertas al capital extranjero, permitiendo la entrada de algunas franquicias que resultan bastante familiares a estos migrantes. La ciudad ofrece, por un lado, lo tradicional, lo auténtico, lo cultural, lo histórico y, por el otro, una cierta modernización que también presenta ventajas en el acomodo de estos migrantes al poder acudir a tiendas a las que ya estaban acostumbrados en sus lugares de origen como Wall Mart, Homme Deppot o Costco. Mariana, por ejemplo, tiene la costumbre de comprar en la Mega, en Chedraui y en el Costco y para lo concerniente a la construcción, acude al Home Deppot. Es importante hablar aquí de la excepción, pues en lo que se refiere a la ropa, la siguen comprando en Estados Unidos, pues Mariana y Cris aseguran que allá es más barato. Ryan también lo hace, pues mide dos metros de altura y en Mérida no encuentra casi nada de su talla.

Para los migrantes en general encontrarse inmersos en una nueva cultura implica enfrentrarse con cosas que resultan completamente desconocidas y nuevas y que de alguna manera inciden en la vida cotidiana. El idioma ocupa, sin lugar a dudas, un lugar primordial, sobre todo si se toma en cuenta que la mayoría de los migrantes que se instalan en el Centro Histórico son angloparlantes. Mariana no tiene ese problema, porque su madre mexicana le enseñó a hablar español, Tampoco es el caso de Cris, quien ya sabía hablar algo de español cuando llegó a vivir a Mérida. Sin embargo, estos dos casos constituyen más bien la excepción, pues son muchos los que no han podido (o no han querido) aprender el idioma, lo que además no les resulta verdaderamente necesario por estar rodeados de angloparlantes y porque los servicios de gama alta (incluso los médicos) o los que incluyen al turismo también se ofrecen en inglés. Adriana, la genernte de proyecto de YES tiene la impresión de que, por su edad, muchos no están interesados en aprender a hablar español. Otros han hecho esfuerzos y dedicado tiempo, sin embargo, no lo han logrado del todo, como Ryan que comentó lo complicado que ha sido para él aprenderlo. En 10 años ha ido a cuatro escuelas diferentes y dice que es “muy difícil, especialmente más difícil cuanto más viejo”. Pero efectivamente, su falta de dominio en el idioma no le genera problema alguno en su vida cotidiana, pues si tiene que ir al médico busca uno que hable inglés, lo mismo cuando va al banco. La barrera la encuentra Ryan más bien en la socialización con los yucatecos, pues ahí sí que la comunicación es difícil, porque no entiende todo, lo que le ocasiona muchos malentendidos: “pensé que después de años iba a ser muy fluido pues lo escucho todo el día”. En cuanto a los trámites en la oficina de migración, dice que estos sí se pueden convertir en un caos y se pegunta “¿por qué no contratan a alguien que hable inglés?, ya que la gente que viene mayoritariamente habla inglés, algunos europeos, pero mayoritariamente inglés, y ¿tienen una oficina en donde nadie habla inglés?” Sin embargo, este tipo de situaciones las resuelven contratando un traductor o el servicio de las agencias para expatriados cada que tienen que ir a resolver algún trámite.

Ryan reconoce que “Mérida ha sido muy nice para ayudar a la gente que no habla español” y así lo pude observar por ejemplo en una de las principales tiendas departamentales de la ciudad en un día de oferta llena de gente. En la fila una pareja de extranjeros no se enfrentó a ningún problema para comprar sus electrodomésticos, pues fueron atendidos por el vendedor en inglés y recibieron toda la información sobre el producto y las posibilidades de pago, realizaron su compra y se fueron muy complacidos. John, quien tenía solo unos meses de haber llegado a la ciudad comenta que las personas en el gimnasio se le acercan todos los días para conversar con él en inglés y que todos son muy amables. Ceballos Castillo concluye en su tesis que entre los objetivos de estos extranjeros no está el de romper “la principal barrera que tienen con los locales […] al haber una comunidad anglosajona en crecimiento no se ven ni siquiera en la necesidad de supervivencia de aprender español” (Ceballos, 2019: 133).

Otro de los aspectos que se relacionan con la vida cotidiana tiene que ver con el trabajo. En el Centro Histórico se instalan muchos extranjeros que son jubilados, es decir, que gozan de una pensión que les otorgan los gobiernos de sus países de origen. Bantam-Massum asegura en sus publicaciones (2011, 2013, 2015a, 2015b y 2015c) que se trata de un grupo bastante heterogéneo que, si bien presenta una mejor situación económica que la mayoría de los mexicanos, entre ellos sí se pueden observar algunas diferencias, aunque todos se insertan dentro de las clases medias y unos cuantos con un verdadero ascenso social permitido por la propia migración y por el tipo de cambio. Sin embargo, una de las principales conclusiones de Bantam-Massum es que para estos migrantes resultan bastante evidentes los imperativos económicos, es decir, que no se trata solamente, según ella, de preferencias individuales ligadas al estilo de vida.

Y es que no todos los que se instalan en el centro de la ciudad vienen a vivir su retiro, Bantam-Masum menciona que hay algunos que se han convertido en verdaderos agentes inmobiliarios que compran, remodelan y venden casas de la zona. También están los que abrieron un hotel boutique o esos extranjeros que encontraron en Airbnb otra forma de hacer negocio. En un total de 19 manzanas en el barrio de Santiago del Centro Histórico de Mérida se encontró que en 2018 había una oferta de 67 lugares para dormir, sea la casa completa o simplemente una habitación, de las que más de 40% pertenecían a extranjeros. La vecina canadiense de Alondra compró su casa cuando murió la anterior dueña que vivía ahí. Se la compró a los hijos que viven en la periferia de la ciudad y actualmente la renta en Airbnb (Ceballos 2019: 93). Por su parte, Martha Pacheco, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), en una mesa redonda organizada por la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY) mencionaba que en su institución existen varias solicitudes de extranjeros para remodelar casas de la zona que aseguran necesitar 10 habitaciones, pues argumentan “tener una familia numerosa”, dejando entrever que muy probablemente se trata de proyectos que tienen como objetivo rentarse en alguna de estas plataformas.

Además de la oferta para alojarse, en el Centro Histórico de Mérida también se pueden encontrar las galerías de arte, restaurantes, bares y algunos cafés que los migrantes de estilo de vida han abierto en los últimos 15 años. También es necesario mencionar a aquellos que se han insertado en la economía informal como los que dan clases de inglés, de deportes, de yoga, de pintura, los que organizan eventos o los que se han convertido en guías de turistas, como Mariana, que lleva a los clientes en tours, aunque dice que no lo hace tanto por el dinero sino porque quiere divertirse y mantenerse ocupada; les cobra lo justo para cubrir sus gastos. Por su parte, Ryan da clases particulares de pintura y vende sus cuadros. En la plataforma de Facebook se pueden encontrar otros muchos casos como los anuncios de Marketa que da cursos de arte textil y también vende sus creaciones o Dave que vende muffins y Linda que prepara comida hindú vegana para llevar. Enlistarlos todos aquí podría ser bastante extenso, baste con mencionar los varios grupos de expatriados que existen en las redes sociales para encontrar los servicios y productos que se ofrecen dentro del Centro Histórico, de los cuales solo mencioné tres ejemplos.

Antes de terminar este apartado, resulta necesario continuar con el análisis que se refiere a la apropiación del espacio, pero ya no desde la identificación, como lo hice en el apartado anterior, sino desde la acción que, según Vidal et al. (2004), se divide en tres componentes: acciones cotidianas, acciones orientadas al lugar y acciones en torno a los proyectos futuros del lugar.

Las acciones cotidianas se refieren a los aspectos que he estado mencionando en los párrafos anteriores como las caminatas y los hábitos de consumo en los que buena parte de su abasto lo realizan en la zona donde viven y que son consumidores importantes de la oferta de bienes y servicios que pueden encontrarse en la zona de estudio. Lola, dueña de un restaurante en el barrio de Santiago, reconoce que un porcentaje bastante importante de sus clientes son estos extranjeros que viven en la zona y comenta que son de hecho clientes consuetudinarios. En una de las nuevas cafeterías el mesero platicó que la mayoría de los clientes son los extranjeros que viven en los alrededores y que es un requisito para los empleados tener un buen nivel de inglés.

Resulta importante señalar también, como parte de las acciones cotidianas, lo que concierne a la vida social. Aclaro que las referencias que aquí hago son hasta antes del inicio de las medidas tomadas por la pandemia, en marzo de 2020. La ya mencionada Mérida English Library, ubicada en la zona de estudio, ha tenido desde hace 20 años un rol fundamental como elemento de cohesión social para los anglo-parlantes. Además de fungir como biblioteca, organiza una serie de actividades que facilitan el encuentro entre los residentes extranjeros, pues una vez al mes organiza eventos para socializar como el Wine Tasting y el MEL Night. La vida social de Ryan hasta antes de su divorcio giraba en torno a la dinámica de estos migrantes, pues se reunían varios jubilados, todos mayores de 60 años, para degustar vinos en la noche o una vez al mes para desayunar. Durante el trabajo de campo pude observar que un punto de encuentro es el parque Santa Lucía, con sus varios restaurantes, donde habitualmente acuden estos extranjeros. El espacio apropiado funciona entonces como una suerte de simbolización espontánea del espacio social (Bourdieu 1993: 251). La proximidad en el espacio físico dentro de la zona de estudio ha permitido a los migrantes de estilo de vida una proximidad en el espacio social tal y como lo señala Bourdieu (1993: 257), dando lugar a encuentros espontáneos o previstos en los lugares que ya son habituales. Una cuestión que debe mencionarse es que la convivencia social de estos residentes queda muy al margen de los antiguos residentes yucatecos. Por sus implicaciones, este tema decidí tratarlo en el siguiente apartado.

Según Vidal et al. (2004), las acciones hacia el lugar se relacionan con pertenecer a organizaciones, saber de las actividades que ahí se realizan y asistir y participar en ellas. El ya mencionado evento House and Garden Tour organizado por la Merida English Library constituye un ejemplo claro de la participación de los extranjeros en las actividades que se desarrollan en el lugar, así como la visión que tienen y en lo que desearían que se siga convirtiendo y es que en los meses de otoño e inverno, cada semana tres o cuatro propietarios abren sus casas a potenciales nuevos residentes para que puedan observar la forma y el estilo de su vida privada en el Centro Histórico de Mérida. Los nuevos residentes son también asistentes asiduos a los eventos culturales que se organizan en la zona. Según un sondeo realizado en la UADY en el 2017, gustan de ir al cine, a conciertos musicales, a escuchar los domingos la orquesta sinfónica, a la ópera y a los museos (Enseñat y Moreno, 2017). Las revistas electrónicas como Yucatan living, Yucatan today, Yucatan magazine y The Yucatan Times anuncian en inglés los eventos que se llevan a cabo, las principales noticias de la ciudad y muchas cosas más de tal forma que pueden mantenerse informados en su propio idioma.

Finalmente, en el componente de las acciones a futuro se puede mencionar su fuerte actividad, desde hace algunos años, por mitigar el ruido que caracteriza al Centro Histórico de Mérida debido a la gran densidad de oferta de bares, cantinas, escuelas de baile, etc. Estas acciones, en su momento, generaron un grupo de vecinos llamado “Todos somos Mérida”, que logró captar la atención de las autoridades locales. Así, en enero de 2018 se anunciaba en el Diario de Yucatán que los vecinos del Centro Histórico, muchos de ellos extranjeros, se habían reunido con las autoridades locales para exponer sus quejas asegurando que el ruido “irrumpe en su vida cotidiana”. Y estos residentes no solamente se han reunido con las autoridades para la cuestión del ruido. Ryan comentó que en una reunión hace algunos años el gobierno le preguntó a él y a otros 12 extranjeros qué hacer para realizar mejoras y recuerda haber manifestado su deseo de abrir más calles peatonales. Según Martínez (2014: 17) , el grado de apropiación del espacio dependerá “de la libertad y determinación de acción sobre él y, lógicamente, del hecho de participar activamente en su conformación o producción”, aspectos que como vimos se pueden observar en la zona de estudio.

Los antiguos residentes yucatecos en el espacio apropiado

Las transformaciones en la zona norte del Centro Histórico de Mérida, como ya se dijo, han respondido a ciertos objetivos de la política pública de turistificación en cuya concepción instrumental se asume el espacio como una mercancía en una suerte de “urbanización funcionalista que segrega las actividades y a la población en un orden abstracto, productivo y de dominación (Martínez, 2014: 8). Hasta ahora se ha estado analizando uno de los resultados de dicha turistificación, que se refiere a la llegada durante los últimos años de nuevos residentes, en su mayoría extranjeros, y su consecuente apropiación del espacio. Resulta necesario detenerse aquí y reflexionar sobre el otro lado de la moneda, pues como insiste Martínez (2014), es importante aludir a las connotaciones negativas del acto de tomar para sí una cosa sobre todo en un lugar privilegiado. Algunos autores como Hayes (2018) insisten en que este tipo de migración implica una suerte de colonialización que se relaciona con la desigualdad global y explica el proceso al detalle en la ciudad de Cuenca en Ecuador. Navarrete (2019) por su parte aborda estas desigualdades en las ciudades de Guanajuato y San Miguel de Allende en México.

La zona de estudio presenta un incipiente proceso de gentrificación en el que se pueden ubicar casas-habitación remodeladas con acabados de lujo, hoteles boutiques, restaurantes gourmet, tiendas de artesanías de autor, galerías de arte y la presencia de extranjeros que producen y reproducen la desigualdad urbana con los valores y prácticas sociales de una clase media que presenta mejores condiciones de vida que la de sus vecinos yucatecos. En efecto, es preciso no perder de vista que, en nuestra zona de estudio, todas estas transformaciones se combinan todavía con ciertas continuidades de los antiguos residentes yucatecos que aún viven en el área, algunos de ellos en casas bastante deterioradas que contrastan fuertemente con las de sus vecinos extranjeros. Me interesa entonces analizar y comprender cómo habitan este espacio transformado los antiguos residentes.

Empezaré por hablar de la distancia social. Bourdieu (1979: 259) señala que la proximidad física de personas socialmente distantes no genera acercamiento social y esto es lo que sucede en el área de estudio, porque el hecho de compartir muros, calles y banquetas no necesariamente ha implicado una proximidad social entre antiguos y nuevos residentes. Sin lugar a dudas, las diferencias en la clase social, en los capitales simbólicos y en los gustos constituyen una gran barrera. Es decir, la distancia social y las diferentes prácticas de consumo no solo se advierten en el poder adquisitivo entre antiguos y nuevos residentes, también en el gusto. Eso que para Bourdieu (1979) es el mundo social representativo, lo que constituye la base del estilo de vida, aquello que une y separa. La población residente en el área norte del Centro Histórico está dividida, ya que en el mismo espacio conviven extranjeros y residentes yucatecos que se distinguen tanto por la apariencia en sus rasgos físicos y su forma de vestir, como por el idioma, así como por la manera en la que desarrollan su vida cotidiana con estilos de vida y gustos completamente diferentes. De sus encuestas Ceballos (2019: 69) concluye que para los yucatecos sus vecinos extranjeros son “personas mayores, que tienen dinero y […] que sienten que son diferentes a ellos”

En la distinción entre antiguos y nuevos residentes, las prácticas de consumo ocupan un lugar primordial. Recordemos que la llegada de los extranjeros ha provocado la aparición en el área de toda una oferta de productos y servicios destinados a un público con un poder adquisitivo más alto que la media de los antiguos residentes yucatecos. Así, Arturo ha podido observar que son pocos los vecinos yucatecos que van a los restaurantes nuevos de la zona “porque son caros”, los que los frecuentan, dice, son los vecinos extranjeros y los yucatecos que vienen del norte de la ciudad, “porque ya saben que es lo más […] chic decir: fui a cenar o fui a comer al Centro Histórico”. Alfonso, dueño de una galería de arte en la zona de estudio, dice que entre sus clientes no están los vecinos yucatecos, pues ellos no pueden invertir en los cuadros que él vende. Son los jubilados extranjeros los que tienen el dinero para comprar cuadros y decorar las casas que tienen en Mérida, e incluso las que tienen en sus países de origen.

La presencia de extranjeros en la zona conlleva varios matices en la manera en que lo experimentan los antiguos residentes yucatecos, pues están los que perciben aspectos positivos como la limpieza y las calles embellecidas con casas remodeladas, como Anita, Arturo y Martha. Sin embargo, estas percepciones se combinan con el hecho de que algunos comienzan a sentirse una minoría desplazada o tienen una percepción negativa, porque los extranjeros cambian el ambiente, ya que tienen una mentalidad diferente de quienes vivían ahí antes de su llegada (Ceballos, 2019: 72-73). Para Martha, por ejemplo, el idioma constituye una barrera importante para la convivencia con sus nuevos vecinos; sin embargo, dice que el trato con los extranjeros es amable y que no son problemáticos. Nuestros entrevistados coincidieron en que los extranjeros tienen más beneficios en el trato con las autoridades locales. Anita contó que ellos no pueden poner una planta afuera de su casa porque se la llevan, y a ellos no, o “si tú estás tomando afuera en la puerta de tu casa la policía te puede llevar y ellos hacen fiestas allá en frente y están en la calle tomando y no les dicen nada”. Otro ejemplo de la percepción del trato diferenciado es el caso de Martha a la que las autoridades no le dieron permiso de hacer algunas modificaciones y restauraciones en su casa, mientras que ella ha notado que los extranjeros sí pueden hacer los cambios deseados e incluso tener fachadas “modernas”.

Ceballos asegura en su tesis que los yucatecos están más al pendiente de lo que pasa afuera de sus casas, mientras que los extranjeros son mucho más reservados, pues al salir a la puerta de su casa “no miran a nadie” (2019: 131). Todos los entrevistados yucatecos coincidieron en que no se relacionan socialmente con sus vecinos extranjeros, “cada quien vive su propia vida”, “no interfieren en la vida de nosotros”, “la convivencia es nula”. Así contestó Martha cuando le pregunté qué podía decir de sus vecinos extranjeros: “nada, porque no salen, son gente guardada”. Ella echa mucho de menos la vida vecinal de antes, pues asegura que ya son pocos los vecinos yucatecos que tiene, “antes te sentabas en la puerta horas y horas disfrutando hasta las 11 o 12 de la noche […] tus vecinos se sentaban contigo en la puerta, vacilabas, [ahora] yo solita me siento y hago mi punto de cruz”.

El último aspecto que esbozaré en este apartado tiene que ver con el tema inmobiliario y el proceso de compra/venta de las casas en la zona. Si bien, como se ha apuntado en otros trabajos, los nuevos residentes comenzaron comprando, restaurando y habitando casas que se hallaban en pleno abandono, con el tiempo la demanda ha ido creciendo, de tal manera que actualmente es posible observar una suerte de competencia por el espacio. Hoy en día resultan recurrentes las ofertas para comprar las casas de algunos residentes yucatecos, por ejemplo, cuatro de los cinco entrevistados de Ceballos (2019: 70) han recibido ofertas, lo mismo Arturo contó que a él siempre le están ofreciendo comprar su casa o incluso los frascos de su farmacia homeopática, pero no los vende porque está convencido de que tiene “que seguir la tradición de la casa”. Sin embargo, sí fue posible encontrar a algunos yucatecos que decidieron vender sus antiguas casas a extranjeros, para irse a vivir fuera del Centro, como Paloma que vendió su casa, pues le resultaba muy grande, y sobre todo muy onerosa la manutención. Paloma cuenta que ha tenido la oportunidad de visitar la que era su casa y quedó sorprendida de la remodelación. Reconoció que ella jamás hubiera podido lograr algo así con sus propios medios.

Consideraciones finales

Hace ya algunas décadas, ciertas ciudades de México se convirtieron en un destino atractivo para las migraciones de estilo de vida, sobre todo para aquellos que vienen del norte de América. San Miguel de Allende, Ajijic y Loreto son claros ejemplos de este proceso. La ciudad de Mérida se incorporó mucho más recientemente como un destino de este tipo de migración. Su cultura, su belleza arquitectural, su clima y la seguridad, así como la oferta de servicios de primer nivel, han resultado bastante atractivos para la progresiva instalación de extranjeros, ya sea en forma permanente o temporal.

En este trabajo analicé la migración de estilo de vida en la zona norte del Centro Histórico de Mérida, entendida como una forma en la que grupos de extranjeros de ingresos medios se han instalado en el área donde se concentra la mayor parte del patrimonio edificado de la ciudad. Se trata de un proceso que ha dado lugar a ciertos cambios socioespaciales físicos, pero también simbólicos, a través de la apropiación del espacio que se observó desde dos dimensiones. La primera es la identificación de los nuevos residentes, es decir, que reconozcan, que se reconozcan y que sean reconocidos por el y en el entorno. La segunda dimensión es la transformación de los migrantes de estilo de vida con sus tres componentes: las acciones de carácter cotidiano, las acciones orientadas hacia el espacio y las acciones relacionadas con el futuro del espacio.

Se entiende que el espacio urbano no es algo estático, al contrario, el contexto y las acciones gubernamentales y humanas lo convierten en algo dinámico y en constante cambio. Entre las transformaciones que se identifican en el área de estudio con la llegada de estos nuevos residentes pueden mencionarse el rescate, el embellecimiento, la sofisticación y la elitización. Sin embargo, se trata de un proceso que todavía converge con ciertas continuidades de la población yucateca, en su mayoría de menores ingresos, que aún vive en la zona de estudio. Aunque la percepción de los antiguos residentes sobre sus nuevos vecinos es positiva, esto no genera cercanía social, pues las diferencias en sus capitales, en sus estilos de vida y en sus gustos los aleja en el desarrollo de sus vidas cotidianas. La parte norte del Centro Histórico de Mérida se caracteriza entonces por la heterogeneidad que le otorga la existencia de dos mundos paralelos que comparten un espacio, en el que los estilos de vida y los patrones de consumo de los nuevos residentes muchas veces desplazan y excluyen a los antiguos habitantes yucatecos, de suerte que la apropiación del espacio y su consecuente transformación provoca desigualdad entre los nuevos y los antiguos pobladores.

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Notas

1 Remixto es una empresa fundada en la ciudad de Mérida por dos extranjeros. Se encarga de rentar y cuidar más de cuarenta casas en la región https://remixto.mx/merida/santiago-y-santa-ana



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