González Morfín: Dwight W. Morrow: retrato de un no-político que supo cambiar las reglas políticas
Vol. 43, Num. 93, Año. 2022
Recibido: 2020 07 15
Aceptado: 2022 04 23



Introducción

En 2019 se cumplieron 90 años de los acuerdos entre el presidente de México Emilio Portes Gil y dos jerarcas de la Iglesia católica para acordar un modus vivendi que pusiera fin a la lucha armada emprendida por los católicos mexicanos para exigir la derogación de algunas leyes que limitaban la acción de su Iglesia. Se suele atribuir al embajador estadounidense Dwight W. Morrow un papel preponderante en la consecución de dichos acuerdos. Para algunos fue el principal artífice de los llamados «arreglos»; para otros, uno de los principales protagonistas. Las fuentes más allegadas al gobierno buscan ocultar su participación, pues un embajador extranjero no tendría por qué intervenir en los asuntos internos del país. Los escritores cercanos a los que combatían al gobierno suelen más bien magnificar su actuación y lo han convertido en una especie de demiurgo maléfico que consiguió seducir a los representantes de la Iglesia católica para que entregaran su confianza a un gobierno que terminaría, tarde o temprano, traicionándolos. Tanto la postura de los primeros que se ven obligados a negar la intervención de un extranjero dando cabida al adagio «explicación no pedida, acusación manifiesta», como las diatribas de los que en sus acusaciones lo señalan como el principal y perseverante promotor, permiten ver que fue una figura de relieve en esos momentos de la historia de México. Pero ¿cómo un embajador extranjero pudo haber conseguido ser un interlocutor confiable para ambas partes en conflicto y, sobre todo, en qué artes se apoyó para conseguir lo que parecía imposible? Es necesario adentrarse en la figura de este personaje, cuya intervención fue más allá del citado conflicto religioso, y para eso hemos optado por una herramienta literaria: el retrato.

Un retrato es una figura retórica que pretende proporcionar rasgos personales suficientes para elaborar el perfil de un personaje, ya sea este psicológico, físico, moral, o una combinación de todos estos juntos. Como en otras figuras, quienes las utilizan muchas veces lo hacen de manera inconsciente, pues lo que pretenden es únicamente dar a conocer un protagonista, un interlocutor o, incluso, un efecto literario dentro de la narración. En el caso de los relatos históricos y, más concretamente, de las biografías, el retrato viene a ser un recurso necesario y recurrente, pues de lo que se trata es principalmente de dar a conocer al personaje.

Hay actores históricos que son más retratados que otros, así como hay escritores que acuden con más frecuencia a la figura del retrato en su narrativa. Pero, ¿nos puede servir de algo un retrato para acercarnos al papel que un personaje ha jugado en la historia? En este artículo se busca mostrar que sí, que en el caso de una persona muchas veces retratada se pueden conocer no solamente rasgos físicos, psicológicos o morales propios, sino sobre todo su carácter, sus proyectos y sus motivaciones, y con esto lograr una mejor comprensión de los resultados de su actuación, es decir, acercarnos de una manera diferente y más contextualizada a la realidad histórica.

Se ha elegido para este ensayo la figura de Dwight Whitney Morrow, mencionado más frecuentemente como Dwight Morrow o, incluso, solamente como Morrow. Personaje cuya influencia indiscutible en diversos aspectos de la política interna de México lo pone, sin duda, al nivel de injerencia de otros dos representantes estadounidenses anteriores: Joel R. Poinsett y Henry Lane Wilson.1 El motivo de su elección es múltiple, pues, además de su ya mencionada participación para llegar al acuerdo que puso fin al levantamiento armado de los cristeros, su intervención en otros ámbitos de la vida política, económica y diplomática de México lo colocan, como se verá, en un papel a todas luces relevante y, como ya ha sido frecuentemente retratado en diversos libros y artículos periodísticos, nos permitirá adentrarnos en el objeto de nuestro trabajo. La trama de este se nutrirá con la presentación de los muy diversos retratos de Morrow con los que contamos, a fin de que esto nos facilite trazar un cuadro final que pudiera explicar la mayor parte de sus actuaciones en su breve estancia como embajador en México. Es por eso que se dejarán un poco de lado otros aspectos de su vida.2

Una razón ulterior para retratar la figura de Morrow es llamar la atención sobre un personaje clave en la historia del México posrevolucionario, en un contexto más sereno para juzgar su actuación, tomando en cuenta que, salvo los estudios de Ross (1958a y 1958b) y Collado (2000 y 2005) no abundan tratados específicos sobre el personaje, aunque algunos sí lo abordan tangencialmente (Flores, 2007: 295-335).

Del mundo de las finanzas al ámbito diplomático

Si bien no nos vamos a centrar en el ámbito biográfico, es oportuno señalar unos cuantos rasgos de nuestro personaje: nació en West Virginia; procedía de una familia de escasos recursos que, no obstante, supo privilegiar la educación de sus hijos. Habiéndosele negado una beca para estudiar en la academia militar de West Point, optó por continuar su educación media en Amherst College, donde coincidió con el futuro presidente de los Estados Unidos, Calvin Coolidge. Posteriormente estudió leyes y economía, y como abogado trabajó para importantes firmas, entre ellas J. P. Morgan, de la que terminó siendo socio gracias a sus brillantes actuaciones. Continuó en esta compañía hasta que en 1927 el presidente Coolidge lo invitó a ocupar la embajada de su país en México, donde dio un giro copernicano en la manera de tratar los asuntos que tradicionalmente habían seguido sus predecesores y se abocó a negociar los diferendos existentes con un modo personal e inusitado de cordialidad, confianza e informalidad.

Al conocerse su propuesta de nombramiento por parte de Coolidge, la prensa estadounidense se desbordó en comentarios sobre el duro papel que le tocaba afrontar, ya que su antecesor, Sheffield,3 había tenido una actuación un tanto fallida y su política de amenazas más bien había abonado a que los problemas se agravaran.4 Uno de estos medios, The New York Telegraph, vaticinaba en un artículo:

Cualquier Embajador americano que vaya a México dispuesto únicamente a tomar esta última actitud fracasará y no logrará obtener resultados duraderos. Su labor, al contrario, debe consistir en ganar la confianza del gobierno y pueblo mexicanos y establecer un sentimiento de buena voluntad y simpatía sobre el que pueda basarse ultimadamente un entendimiento verdadero entre los dos países.

En otras palabras, el éxito o fracaso del Embajador Morrow en su nuevo puesto dependerá más de la profundidad de un conocimiento de la naturaleza humana y su habilidad para comprender y simpatizar con los problemas de otros pueblos que de su experiencia financiera, jurídica y técnica. Estas últimas cualidades le serán de provecho, sin duda alguna, pero de ellas solas no puede depender el éxito. México debe verlo como un amigo justo y no como un polizonte incivil que va a rematar propiedades por acreedores aquende la frontera.5

Algunos retratos de Morrow que se analizarán más adelante permitirán ver con cuánta agudeza estas frases habrían de anticipar la actuación del futuro embajador, sin descartar que él mismo haya leído este artículo y lo haya aprovechado como una especie de programa a seguir.

Un hombre polifacético

Algo que parece haber caracterizado a Morrow desde los primeros años de su vida fue la capacidad para adaptarse a todo tipo de circunstancias y emerger de los aparentes fracasos encontrando siempre otras opciones; la negativa de entrar a West Point le acercó a Amherst; el bajo sueldo que recibía en Pittsburg lo empujó a estudiar la carrera de leyes y especializarse luego en economía e impuestos; el desastre diplomático que le heredó Sheffield lo llevó a inventar caminos inexplorados para la diplomacia, sobre todo para la estadounidense.

Esta versatilidad le daba la ventaja de poder improvisar y evitar así escenarios de confrontación en todos los niveles. Ejemplo de esto fue el

gesto que sorprendió y ganó la confianza de Calles y se dio durante el primer desayuno privado que sostuvieron, en el cual prescindió del traductor de la embajada y aceptó que el intérprete entre ambos fuera James Smithers, amigo cercano de Calles, quien no había sido bienvenido en la embajada durante la gestión de Sheffield por sus ligas con el presidente (Collado, 2000: 215).

Con su estilo nada complicado, rápidamente se distanció de su antecesor y se ganó la simpatía de los funcionarios mexicanos. «El aspecto del embajador -su pequeña talla, la informalidad en el vestir, ropas holgadas- y la sencillez en su trato contrastaban con la arrogancia y severidad de muchos representantes extranjeros de la época» (Collado, 2005: 53).

Son incontables las citas sobre Morrow que coinciden en esa libertad de espíritu para hacer su trabajo profesionalmente, pero sin atarse a modelos preestablecidos:

Tenía una manera de trabajar muy distinta a las tradiciones diplomáticas y eso explica en parte su éxito en México. Según el embajador Téllez, además de hacer grandes esfuerzos para entender a México, y de sentir por el país gran simpatía, Morrow no mandaba notas ni memorándum. Cuando surgía alguna dificultad se iba a hablar directamente con los altos funcionarios (lo cual requería tener siempre la puerta abierta). Escandalizaba a mucha gente en su embajada y en el State Department, hablaba por teléfono, cablegrafiaba sin clave, dejaba de respetar los usos sagrados de la profesión, cortaba a los intermediarios y brincaba las bardas de los departamentos especializados (Meyer, 2002: 35).

¿Quizá demasiado cerebral? Puede ser, pero no es fácil pensar que absolutamente todos sus pasos hayan sido previa y fríamente calculados. Con seguridad había cosas que se daban en automático, así lo intuye Collado, quien ha estudiado ampliamente su figura:

Indudablemente la apariencia del nuevo embajador, quien paseaba por Chapultepec en las mañanas, gozaba de asistir a los mercados, comprar artesanías y recorrer los poblados, despertaba simpatía. Su pequeña talla, la informalidad de su vestimenta y su sonrisa a flor de piel no parecían corresponder con la imagen que los mexicanos se habían forjado de un representante del poderoso vecino. Esta simpatía contribuyó a allanar las anteriores dificultades (Collado, 2000: 209-224).

Ya desde antes de llegar a México había anticipado que estaba abierto a que los mexicanos le gustaran y, al parecer, desde los primeros momentos sí le agradaron. Con toda franqueza y casi como un reclamo les espetaba a sus connacionales radicados en México las palabras que el secretario Elihu Root les había dicho en su visita oficial a México en tiempos de Díaz: «Ustedes no solo representan su país, sino que tienen el deber de actuar a favor del país en el que viven. Al tiempo que prosigan siendo ciudadanos estadunidenses buenos y leales, deben ser residentes mexicanos buenos y leales» (Collado, 2005: 58).6

Su estilo polifacético le permitió relacionarse con artistas e intelectuales mexicanos y extranjeros radicados en México. Después de la hazaña de Charles Lindbergh cruzando el Atlántico en su Spirit of Saint Louis, Morrow invitó a su futuro yerno a visitar México, pues pensó «que la visita del héroe de la aviación no solo promovería la buena voluntad, sino que distraería a los mexicanos de sus problemas» (Collado, 2000: 220).7 Lindbergh aterrizó en la base aérea de Balbuena el 14 de diciembre de 1927 y el pueblo mexicano se volcó en agradecimientos y homenajes:

Se calcula que alrededor de 125 000 personas lo recibieron en Balbuena y sus alrededores, muchas de las cuales pasaron la noche en vela para ganar un buen lugar. Miles de capitalinos siguieron paso a paso sus itinerarios en la ciudad de México, desde las calles, las azoteas, las copas de los árboles y las torres de la catedral (Collado, 2000: 220).8

Este regalo a la plebe, sin embargo, fue agriamente criticado por quienes veían en Morrow un sostenedor del régimen del presidente Calles al que trataban de derrocar. En efecto, en esos momentos se desenvolvía en México un movimiento armado emprendido para conseguir una serie de reivindicaciones en el terreno de la libertad religiosa: la guerra cristera.9 Más de 25 000 hombres diseminados principalmente en el occidente del país, participaban en una guerra de guerrillas contra el gobierno, y en las ciudades contaban con el apoyo táctico de una asociación cívico-política: la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, que se contrarió sobremanera porque la apoteósica recepción de Lindbergh había desviado durante más de una semana la atención de la opinión pública y, sobre todo, había favorecido hasta cierto punto un reencuentro del gobierno de Calles con el pueblo, indignado todavía porque tres semanas antes el presidente había hecho fusilar al sacerdote jesuita Miguel Agustín Pro y a tres prominentes católicos.

Morrow, el entrometido

De ahí que la imagen de Morrow que mantendría este grupo de católicos partidarios de una solución por la vía de las armas fuera la de que este funcionario estadounidense había sido un gran entrometido en asuntos internos del país y, aún más, que sus intromisiones eran todas ellas tendientes a socavar la influencia de la Iglesia católica en el pueblo mexicano y facilitar, con la consecuente descatolización, la penetración estadounidense.

Tanto en los autores partidarios de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa y de los cristeros en general, como en todos los que no simpatizaron con el régimen de Calles, encontramos juicios muy duros del embajador Morrow. Nos suelen presentar a un Morrow maquiavélico, más parecido a una especie de Mefistófeles que a un hombre respetado y respetable.10

En ellos se habla con desenfado de «Mr. Morrow, Embajador de los Estados Unidos, masón de alta dignidad y furibundo protestante» (Reguer, 1997: 38). El padre Lauro López Beltrán lo pinta como un «personaje tétrico y detestado por la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, por la Guardia Nacional y por todos los Cristeros, a causa de la intromisión en los pretendidos Arreglos, si Arreglos pueden llamarse» (López, 1991: 342). Ya desde antes de la consecución del acuerdo entre la jerarquía católica y el gobierno de Portes Gil, en el que decididamente intervino, Morrow era continuamente atacado en volantes repartidos por la Liga, denunciando su intromisión y acusándolo de tener pingües negocios con Calles y Obregón.11

En varios momentos fue amenazado por anónimos que lo conminaban a marcharse del país, so riesgo de ser asesinado. Uno de ellos, conservado en el archivo de la Secretaría de Relaciones Exteriores, es inmediatamente posterior a la visita de Lindbergh y lo agrede con las siguientes palabras:

Respetuosamente manifestamos a Ud. que ya estamos plenamente convencidos de su actuación ante el muy desgraciado del turco Calles y (…) Obregón, y si dentro del término de ocho días contados a partir de esta fecha no se retira de este país, nosotros nos encargaremos de su cabeza.

Anote esta advertencia en primer término, para que no después alegue ignorancia, porque el primer diplomático que debe caer en esta ciudad de México es Ud. y, después, si esto no basta, seguirán los demás.12

Las amenazas de los radicales católicos continuaron. Incluso, en los primeros meses de 1929, Morrow sería amenazado de muerte de manera anónima, pero presumiblemente desde la Liga. Esta amenaza preocupó al Departamento de Estado norteamericano que, a través de la Delegación apostólica en Estados Unidos, buscó que fuera condenado por los obispos mexicanos cualquier atentado de esta naturaleza. El presidente Portes Gil, que se encontraba en conferencias con el obispo de Chihuahua Antonio Guízar y Valencia, buscó otro tanto; sin embargo, la falta de acuerdo en el episcopado mexicano impidió que se emitiera una condena en ese sentido (Alcalá, 2011: 219-220; Dooley, 1976: 168-169, 178).

Otros ataques que recibió el embajador fueron principalmente de parte de sus connacionales por una supuesta ingenuidad para tratar con los mexicanos las reclamaciones a México de empresarios y firmas petroleras; así lo explica Óscar Flores:

La crítica hecha en contra de Morrow (principalmente por empresarios americanos y británicos residentes en México) es que él se acercó al problema desde un ángulo puramente sentimental o idealista y se esforzó en ver las cualidades Mexicanas, quienes en realidad, a juicio de estas críticas, no las poseían. Semejante crítica es un menosprecio hacia la sinceridad e inteligencia de Morrow. Estaba perfectamente consciente que las virtudes y defectos del carácter Mexicano eran diferentes de las virtudes y defectos del carácter Anglo Sajón. No atribuyó estas diferencias a ninguna superioridad de civilización; él los observaba como síntomas de patrones divergentes de culturas. Estaba consciente de que si consideraba las debilidades Mexicanas, empañaría su propio juicio y no lograría nada: él sabía que la forma de esperar un mejoramiento a largo plazo consistía en solamente mostrar a todos, lo mejor del carácter Mexicano. El afecto y respeto que sentía por los mexicanos era deliberado y sincero; fue su convicción tan sincera lo que le permitió ganar la confianza de los Mexicanos y dejar detrás de él un nombre, el cual, entre las personas Mexicanas, nunca sería olvidado (Flores, 2007: 303-304).

Morrow, el diplomático

Es lógico que en su papel de embajador abunden los retratos de nuestro personaje, por más que haya sido aquí precisamente donde más se apartó de los moldes convencionales, o quizá precisamente por ello. Quienes lo trataron en esa función, frecuentemente se desbordan en elogios. Aun personas poco dadas a esta faceta de alabar, como el secretario de relaciones exteriores Genaro Estrada y el presidente interino Emilio Portes Gil, se sintieron obligados a hacerlo una vez que Morrow había muerto.

Portes Gil, quien lo tuvo como embajador estadounidense durante los pocos meses de su gobierno, tiempo en el cual habría de pactarse el modus vivendi que permitió a la jerarquía eclesiástica ordenar la reanudación del culto católico, no sin la intervención muy activa de Morrow,13 en diversos momentos de sus obras y entrevistas dio a conocer semblanzas de Morrow que reflejaban una sincera admiración y un profundo conocimiento de algunas de sus costumbres:

El señor Morrow era un hombre de corazón, todo fineza, muy distinto de como lo pintan sus detractores mexicanos, enemigos del general Calles y del que escribe. Era un diplomático humano, que estudiaba nuestro medio, nuestras necesidades y procuraba ejercer su ministerio respetando los dictados de la moral internacional. Como era hombre que se había cuajado en el ambiente de los negocios y de las finanzas de su país -y disfrutaba en él de una situación privilegiada, que le proporcionaba todas las satisfacciones de la vida- su deseo era servir a su pueblo sin provocar odios para el poderío norteamericano. Se empeñaba siembre en demostrar que los Estados Unidos querían la amistad de México, sin presión de ninguna especie, y se esmeraba en probar con su trato el mayor respeto para los funcionarios del Gobierno mexicano.

Tal actitud le suscitó grandes dificultades con los latifundistas y petroleros norteamericanos, que hicieron llegar sus quejas al Departamento de Estado. La prensa de los Estados Unidos lo atacó violentamente en ocasiones, haciéndole el cargo de que se había vendido al Gobierno de México. Pueden consultarse los diarios americanos de aquella época y se verá que estoy diciendo la verdad (1941: 356-357).

Es interesante esta cita porque en ella el expresidente considera una obligación moral no solo aquilatar la labor del difunto embajador, sino también salir al paso de los ataques de los diferentes detractores que tuvo: los simpatizantes con la oposición armada a los gobiernos revolucionarios de Calles y Portes Gil y los estadounidenses que tenían intereses en México y hubieran preferido una defensa más severa de esos intereses. También por la coincidencia que tendrá con otras apreciaciones sobre la labor de Morrow en las que se le describe como respetuoso, servicial y, personalmente, desprendido.

En la misma línea que Portes Gil, aunque antes de la muerte de Morrow, cuando este apenas había dejado la embajada en México para participar en la contienda electoral de su país por un puesto en el senado, el entonces presidente Pascual Ortiz Rubio hizo las siguientes declaraciones:

La labor desarrollada por el Sr. Morrow como Embajador de los Estados Unidos en México, ha sido excepcionalmente significativa, porque ha estimulado el sincero y firme propósito de buena voluntad que lo animó desde su llegada y ha contribuido eficazmente en todos sus actos a fomentar las buenas relaciones existentes entre los dos países, los cuales han llegado a su hora de mayor cordialidad.

También creo que el Sr. Morrow ha ayudado poderosamente al desarrollo del turismo en México y, lo más meritorio de su labor es que ha demostrado en la práctica su grande amistad para nuestro país.14

Cuando en diciembre de 1929 se comenzó a esbozar la posible candidatura de Morrow al senado por el estado de Nueva Jersey, el cónsul mexicano en Washington, Francisco S. Elías, envió un informe de seis páginas al subsecretario de Relaciones Exteriores de México con las noticias que daban varios de los más importantes diarios de aquel país sobre la figura del probable candidato.15 Elías hace un resumen en el que recoge lo que destacan cuatro importantes periódicos. Tomamos del informe únicamente dos ejemplos:

El World publicó un editorial considerando que la candidatura del Sr. Morrow contará sin duda con la aprobación de todo este país, pues el señor Morrow será uno de los hombres más bien preparados para la vida pública con que cuente el Senado. El editorialista considera que las labores diplomáticas del señor Morrow en México constituyen un ejemplo notable de la habilidad de un estadista liberal americano

(…). El embajador deja a México en mejores condiciones de las que reinaban cuando se hizo cargo del puesto diplomático, y a esa mejoría contribuyó sin duda con su mediación que demostró que los intereses de los Estados Unidos pueden protegerse respetando los intereses y los sentimientos de una nación más débil.16

Otro más:

El editorial del Sun, de Baltimore estima que el señor Embajador Morrow, de entrar al Senado, llevará una variedad de dones excepcionales, tanto como financiero como como abogado y diplomático, pues el editorial estima que puede considerarse que el señor Morrow, casi solo, cambió los sentimientos de una nación, de suspicacia hostil en sentimientos de confianza y amistad. Cita el editorialista las palabras del señor Presidente electo, Ingeniero don Pascual Ortiz Rubio, quien dijo del señor Morrow que el pueblo mexicano está satisfecho con sus trabajos, porque no sirvió a los intereses de casta privilegiada alguna, y porque resolvió con gran inteligencia las situaciones que se le presentaron, por lo cual considera el señor Presidente electo al señor Embajador Morrow como uno de los diplomáticos más grandes del mundo.17

El término de la misión diplomática de Morrow en el país produjo en muchos ambientes un estado de ánimo parecido al que se da cuando una persona muere, esto es, la necesidad que sienten los deudos y conocidos de hablar bien del que se ha ausentado. Así con Morrow, aun antes de morir, los elogios se multiplicaron. Lo más notable, sin embargo, fue el cariño y la espontaneidad que se percibían en todos ellos. En relación con su gestión diplomática, vale la pena citar in extenso el testimonio del Secretario de Relaciones Exteriores Genaro Estrada, por cierto un hombre de Estado nada sentimental:

En honor de la verdad y de la justicia, debo decir que la gestión del señor Morrow, como embajador de los Estados Unidos en México, ha sido grata y satisfactoria para nosotros, porque supo hacer variar radicalmente los procedimientos de desconfianza y aun de agresión, que fueron usados anteriormente. Era natural, en consecuencia, que a estos procedimientos correspondiera de nuestra parte, anteriormente, una actitud de constante defensa y de desconfiada vigilancia (…).

Se necesita mucha preparación, prudencia, habilidad, sagacidad, tacto y don de gentes para adquirir eso que podría llamarse el genio de la diplomacia. Sin embargo, desde el primer momento me sorprendió encontrar en el señor Morrow aquellas cualidades reunidas en su dominio del arte de negociar. Cambiamos todas las fórmulas tradicionales de la inútil y a veces peligrosa discusión académica, por medio de notas, que suelen producir disgustos y mortificantes impasses, por la directa discusión verbal y el lenguaje de la constante franqueza, y de esta manera no tardó mucho tiempo en despejarse el antes obscurecido horizonte de las relaciones entre México y los Estados Unidos, que ahora caminan con tal normalidad, dentro de sus mismos complicados problemas permanentes, que ya no constituyen preocupación ni sobresalto para ninguno de los dos pueblos y gobiernos, ni a nosotros nos estorban la atención para afrontar tranquilamente nuestros negocios interiores. Al dejar el embajador Morrow su puesto, no queda ya en pie ningún problema enojoso de los muchos que existían a su llegada, entre los dos países, pues con tal procedimiento de concordia y respeto, ha sido muy grato a nuestro gobierno remover, de común acuerdo con el americano, los antiguos obstáculos para sustituirlos por el camino llano de la confianza y de la sinceridad.

Sin el ánimo de molestar a nadie, no recuerdo que en la historia de las relaciones entre ambos pueblos se nos haya enviado un más amistoso representante, ni que se haya empleado una conducta más juiciosamente reconocedora de los derechos de México.18

Unos años más tarde, cuando fue publicada una biografía de Morrow firmada por Harold Nicolson, Estrada volvió a escribir en la prensa palabras muy parecidas:

El asunto merece para nosotros un examen más detenido; primero, por la necesaria e importantísima intervención que los negocios internacionales de México y aun los nacionales tienen en esta biografía; en seguida, por lo que toca a la misma persona biografiada, quien ha sido, a mi juicio y dicho lo sea sin agravio para nadie, el mejor y el más auténticamente amistoso para México, de todos los treinta y siete representantes que el Gobierno de los Estados Unidos nombrara para titular de su misión en nuestro país desde el 8 de marzo de 1825, hasta que llegara el señor Morrow, quien precisamente por efectos de esa comisión debe a México la oportunidad de haber revelado su importante personalidad.19

Es interesante observar cómo en estas declaraciones, realizadas cinco años después, el ministro mexicano conservaba un recuerdo tan grato que lo llevaba espontáneamente a aprovechar cualquier oportunidad para subrayar lo hecho por Morrow y, sobre todo, su amistad. Confirmaban así lo que unos años antes había afirmado Margaret McBride sobre su manera de desempeñarse: «El secreto de su éxito diplomático fue que en todo momento buscó llevar a los mexicanos a la prosperidad. Hacer suyos los problemas de México» (1930: 140).

El asesor financiero

Uno de los principales cometidos de Morrow al ser enviado a México fue el de limar asperezas y buscar un acuerdo justo y de ser posible ventajoso para los petroleros estadounidenses que habían visto afectados sus intereses por las políticas nacionalistas del gobierno de Calles y para diferentes tipos de empresarios americanos que, en diferentes momentos del torbellino revolucionario, también se habían visto afectados en grados diversos y llevaban años exigiendo la reparación de los daños sufridos.

El tema ha sido ampliamente tratado y podemos concluir que el resultado obtenido fue más que decoroso (Ross, 1958b: 509-510; Meyer, 1991: 91-142; Collado, 2000: 89-112). Como en otros, en este asunto también jugó un papel importante la habilidad de Morrow para no conflictuarse:

La decisión de Calles -compartida por Obregón- de resolver de raíz el problema con Estados Unidos, cuadró muy bien con la posición adoptada por el embajador Morrow, que deseaba llegar a la misma meta haciendo a un lado el legalismo que había prevalecido entonces en la relación mexicano-americana y sustituirlo por la idea de que el interés nacional mexicano era enteramente compatible con el de los Estados Unidos. En efecto, el antiguo banquero transformado en embajador deseaba convencer a la élite revolucionaria mexicana de que una política que atrajera, en vez de rechazar, al capital externo, era un medio muy eficaz para acelerar el proceso de modernización material de México, meta básica del nuevo régimen (Meyer, 1991: 107).

En este entramado financiero salieron a relucir otras áreas de oportunidad del gobierno de Calles: el problema agrario; las deudas, que seguían aumentando en la búsqueda de resolver el problema del campo con la dotación de tierras; el régimen fiscal, recientemente modificado por el primer secretario de Hacienda de Calles, quien se había encontrado con «una acumulación de gravámenes -el origen de algunos se remontaba hasta la Dominación Española- en el que las cuotas, las bases de imposición, las reglamentaciones y las formas y épocas de pago se multiplicaban hasta un estado casi anárquico de complicada e incoherente confusión» (Pani, 2003: 15) y otros muchos ante los que la experiencia adquirida por Morrow durante sus años de banquero se presentaba ahora como una herramienta valiosísima que supo poner al servicio del país en el que era embajador.

En relación con el problema del campo, Morrow sugirió «supeditar el reparto agrario a la capacidad de compensación efectiva por parte del gobierno federal» (Meyer, 2000: 208), lo cual se implementó en el gobierno de Calles, aunque se abandonó en el de Portes Gil (Gómez, 1994: 399).

En otros asuntos financieros también fue bien recibida la opinión de Morrow, quien mantuvo no solo una verdadera amistad, sino sobre toda una relación de colaboración con el actual ministro de Hacienda, Luis Montes de Oca:

Tomó al secretario de Hacienda bajo su protección, le instruyó acerca de cuestiones hacendarias; le convidaba a comer por lo menos dos veces a la semana y durante ese tiempo hablaban de las cuestiones económicas de México. Morrow le llevaba también por lo menos dos veces al mes a pasar el fin de semana con él en su residencia de Cuernavaca (Meyer, 2002: 36).

No solo había entendido, como lo llegó a afirmar él mismo, que su primer objetivo para subsanar las relaciones entre los dos países era «poner a México sobre sus propios pies, económicamente hablando» (Meyer, 2002: 36), sino que, cosa todavía más importante, se había ganado la confianza de los diferentes actores del gobierno para brindar toda su experiencia y dedicación al servicio de lo que llegó a ser una meta común. «En lugar de intentar demostrar que su oponente estaba totalmente equivocado, adoptaba un método más sensato: el de aceptar y respaldar rápidamente la parte correcta. Después de un trato tan justo, el oponente generalmente se encontraba listo para mirar el lado de Morrow con simpatía» (McBride, 1930: 154).

Estaba tan convencido de que si se pretendía que México pagase sus deudas a los banqueros y empresarios de allende el norte primero había que fortalecer a México, que no dudó en convencer al secretario Montes de Oca de que difiriese el pago de los intereses de los bonos extranjeros vencidos, pues

México es como cualquier otro negocio que empieza. Si al conseguirlo, el pequeño sobrante se emplea en repartir dividendos en vez de reinvertirlo en el negocio, nunca se llega a ninguna parte; del mismo modo, si todo el sobrante se emplea en pagar los bonos de la deuda externa, México nunca podrá llegar a desarrollar sus recursos (Meyer, 2002: 36).

¿Amigo de los católicos?

Existe una abundante bibliografía que, simplificando al máximo el conflicto religioso, concluye que el gobierno de Portes Gil, como anteriormente el de Calles, solamente se sostenía en el poder por el apoyo incondicional de los Estados Unidos y que estos, a través de su embajador, consiguieron seducir a una parte del episcopado mexicano para que pactase con el gobierno unos arreglos muy desfavorables que obligaron a deponer las armas a los cristeros, quienes estaban ya cerca de la victoria definitiva sobre el gobierno (Álvarez, 1952: 218-301; López, 1991: 342; Rius, 2002: 473-484). En estos escritos, la figura de Morrow siempre aparece como un genio del mal, con «secretos planes de dominio» (Rius, 2002: 473), encaminados a encadenar a la Iglesia católica a los designios de los gobiernos revolucionarios (Álvarez, 1952: 218-314). Todo esto para facilitar la penetración estadounidense en México en beneficio de sus intereses, pues, supuestamente, los católicos intransigentes habían sido siempre un estorbo para ello.

¿Es sostenible esta tesis? Al menos así lo creía el arzobispo José Mora y del Río y algunos otros prelados mexicanos exiliados en Texas que, en mayo de 1928, escribieron al delegado apostólico en los Estados Unidos advirtiéndole que «la política de Mister Morrow ha consistido en ganarse la confianza de Calles por todos los medios imaginables, para después utilizarla en provecho de los intereses norteamericanos» (Meyer, 2008: 172). Sin embargo, la mayor parte del episcopado estaba ansiosa de llegar a una solución que permitiera reanudar el culto, suspendido desde el último día de julio de 1926, y veía en Morrow un aliado para conseguirlo precisamente por su buena relación con Calles y su sucesor (Mutolo, 2015: 165-178; González, 2017: 147-178).

Más interesantes que los juicios externos que se hagan sobre Morrow son las revelaciones que encontramos en su correspondencia personal, en las que el análisis que hace de la situación nos permite acercarnos a cuáles eran sus preocupaciones y sus intenciones:

Es justo decir, sin embargo, que hasta que no se alcance un mejor modus vivendi que el presente, la mera existencia de la controversia estorbará los esfuerzos para una reforma permanente. Un considerable número de gente competente está levantada en contra del gobierno. Esta gente asegura que está sometida a una intolerancia religiosa injusta e insoportable

…Es difícil ver qué puede hacer Estados Unidos en esta controversia interna. No quisiera sentir, sin embargo, que soy indiferente a ella

…Si mantengo la confianza del presidente Calles, es posible que más adelante pueda proporcionarle alguna ayuda para arreglar el problema.20

En la solución del problema religioso participó junto con otras figuras que también fueron claves y no se puede adjudicar solamente a su persona el éxito de las negociaciones que culminaron el 21 de junio de 1929,21 no obstante que su alegría al escuchar el repique de las campanas llamando a misa, una semana después de haberse concretado los arreglos, le llevó a decir a su esposa: «Betty, ¿escuchas eso? ¡Yo he abierto los templos en México!» (Quirk, 1973: 245).

Unos días después, en su correspondencia privada ofrecía su propia valoración del acuerdo al que se había llegado: «El arreglo de la controversia religiosa promete ser muy ventajoso para México, particularmente porque la naturaleza del arreglo es tal que ninguno de ambos lados ha dado un golpe decisivo al otro».22

Como la amistad de Morrow con quienes gobernaban a México no solo no había decrecido, sino que se había consolidado, los prelados católicos acudieron a él frecuentemente solicitando su intervención para que se solucionaran problemas concretos. Y no solamente los que desde antes de los arreglos habían mantenido contacto cercano con él y habían trabajado juntos, sino también obispos como el de Guadalajara que, en su destierro en los Estados Unidos, lo tomó como intercesor.23 La apertura de Morrow para escuchar sus peticiones y su interés sincero por ayudar en lo que se pudiera lo mantuvieron como un interlocutor autorizado para resolver algunos problemas (Collado, 2005: 188).

Más allá de la incomprensión o el resentimiento que se advierte en los católicos que eran partidarios de proseguir con la resistencia armada a los gobiernos revolucionarios y vieron en la mediación de Morrow el inicio de su desventura, un hecho a todas luces reconocible fue su empeño desinteresado para que se allanaran los problemas que impedían la reanudación de los servicios religiosos, empeño que por su duración -aproximadamente 20 meses- fue sin duda uno de los que absorbieron sus mejores energías. Por eso, así como tuvo incomprensiones, también muchos católicos supieron agradecer todas sus gestiones.

El día que se reanudó el culto y se abrieron las iglesias, los Morrow estaban en Cuernavaca y, a pesar de su filiación metodista, fueron a la catedral a participar del jolgorio popular. Se encontraban felices rodeados de católicos en medio de una gran fiesta: disfrutaron los ríos de flores, las incontables veladoras que fueron encendidas, los fuegos artificiales… Cuando el sacerdote encargado de la catedral se enteró de que habían estado el embajador y su esposa y ya se habían retirado, acudió a su casa junto con una comitiva para agradecerle todos los trabajos que había realizado para que se alcanzaran los arreglos (Collado, 2005: 188). Para muchos no quedaba lugar a dudas que había prestado un gran servicio a la Iglesia de México (Redinger, 2010: 325-336).

El amigo de Calles

Lo que comenzó probablemente siendo una táctica para tener capacidad de maniobra en los diferentes campos en que pensaba trabajar, terminó mutándose en una visible realidad: Morrow se convirtió rápidamente en un amigo verdadero del presidente de México, del general rudo y con fama, no del todo mal ganada, de poseer un genio de pocos amigos.24

A Calles le impresionó desde su primera entrevista la sencillez de Morrow y lo invitó a acudir con él las veces que juzgara necesario. Este le tomó la palabra y, nueve días después, apenas en su segunda entrevista, lo abordó «en traje de mañana, convencido de que el traje de etiqueta, utilizado por los diplomáticos, no era una costumbre local» (Collado, 2000: 215). También sorprendió al presidente que aceptara el traductor que aquel le propuso, en vez de llevar un traductor oficial: «al fin conocía un embajador estadunidense que lo trataba como a un igual, sin aires de superioridad» (Collado, 2000: 216). Esto llevó al presidente a hablarle sin ambages de todos los proyectos que tenía para el país: «mejorar la administración de los ferrocarriles, despedir empleados si fuera necesario y llegar a un arreglo respecto de las reclamaciones» (Collado, 2005: 55).

La empatía con el nuevo huésped de una embajada tradicionalmente hostil condujo a Calles a invitar a Morrow a una gira por varios estados a escaso mes y medio de su llegada. Así, el 2 de diciembre de 1927, los diarios informaban:

Hoy por la noche saldrá para el norte del país el señor Presidente de la República, General Plutarco Elías Calles, con el objeto de inspeccionar las obras de irrigación emprendidas por cuenta del Gobierno en diversas partes de aquella región. Con el Presidente, van el Embajador norteamericano, Mr. Morrow, y un grupo de distinguidas personas.25

Entre esas distinguidas personas, invitado por Morrow se encontraba un conocido humorista y actor estadounidense, Will Rogers, quien rápidamente también se hizo amigo del general Calles. Como pocas veces se vio al presidente liberado de todo complejo y de todo protocolo: en las noches departía con Rogers y Morrow tocando él mismo la guitarra, mientras estos intentaban cantar canciones mexicanas; al llegar a Aguascalientes les pagó una promesa de torear una res brava; durante toda la gira participaron al lado del general en diversos banquetes y homenajes (Rogers, 1979: capítulo XIV).

Esta cercanía con el presidente Calles le costó duros ataques tanto del ala radical de los católicos como de algunos liberales partidarios del antiguo régimen que se encontraban expatriados en los Estados Unidos. En un artículo publicado en La Opinión, Nemesio García Naranjo atacaba al exbanquero diciéndole que su amistad con Calles «lo deshonra ante la humanidad civilizada». Al mismo tiempo que lo tachaba de ingenuo y presuntuoso:

Es indudable que Mister Morrow ha hecho el sacrificio de intimar con Calles porque tiene la pretensión loca de arreglar la situación internacional. Desde que salió de Nueva York, tiene la obsesión de ajustar todas las cosas que no se han podido ajustar al través de un siglo. Aceptó el puesto de Embajador con la suficiencia con que los banqueros aceptan siempre las comisiones que se les confieren, pues nada llena tanto la presunción a las inteligencias como el éxito económico: el que resulta apto para barajar cifras, se considera apto para cualquier otra cosa.26

Esta censura para Morrow, muy parecida a la que más tarde le dirigirá Vasconcelos a lo largo de El Proconsulado, tiene el mérito, si cabe hablar así, de ser una crítica muy temprana: apenas a dos meses de su llegada como embajador, y nos sirve para fundamentar cómo, desde los inicios de su gestión, fue identificada su buena relación con Calles: «La amistad con Calles se logró rápidamente cuando el ejecutivo mexicano respondió al talento, la honestidad, la habilidad y la sinceridad de Morrow. Este, a su vez, se sintió atraído por la franqueza, la fuerza y la determinación del líder mexicano» (Ross, 1958a: 280).27

La amistad se extendió a la familia del presidente, como se puede inferir de una anécdota contada por la esposa del embajador en una reunión política en la que tuvo que hablar en su lugar, pues Morrow se hallaba ausente. Ella bromeó con la ausencia de su marido, pues se trataba de una cena baile y a él no le gustaba bailar. Refirió que

trató de hacerlo bailar una vez en la Ciudad de México durante un baile para recaudar fondos organizado por Miss Calles, que es una mujer muy hermosa. La señora Morrow fue y le dijo a la señorita Calles que le daría cien dólares para sus fines de beneficencia siempre que hiciera bailar al embajador Morrow, porque la señora Morrow sabía que él no rechazaría una solicitud venida de la hija del presidente. Sin embargo, el Sr. Morrow se enteró de la pequeña treta y, cuando la señorita Calles le pidió que bailara, el embajador hizo una reverencia y dijo: “Miss Calles, escuché que mi esposa te prometió cien dólares para que me hicieras bailar contigo. Aquí está mi cheque por doscientos cincuenta si no me haces bailar”.28

Cuando Morrow había dejado ya la embajada y se hallaba en los Estados Unidos en su nueva función de senador por el estado de Nueva Jersey, Calles con toda libertad le escribió para presentarle a su amigo el gobernador de Yucatán y solicitar del antiguo embajador sus buenos oficios para que interviniera en la solución de un problema relativo a la producción y venta del henequén mexicano a empresas estadounidenses. Morrow nuevamente puso todo su empeño y su habilidad para destrabar el problema y, además, agradeció a Calles que hubiera acudido a él. Transcribimos completa su carta para que sea fácil apreciar la amistad que seguía alimentándose entre ambos funcionarios:

Washington, D. C., diciembre 10 de 1930

Muy estimado general Calles:

Tuve verdadero gusto en saludar nuevamente al señor Bartolomé García Correa,

gobernador de Yucatán, quien me entregó ayer la carta de presentación de usted.

Fue un verdadero placer para mí el verlo y hablar con él y asegurarle que haré cuanto

esté en mi mano para ayudarlo en todo aquello que me sea posible en relación con

su misión en los Estados Unidos.

Deseo que usted sepa que siempre tendré positiva satisfacción en conocer y ayudar a cualquiera de sus amigos que venga por acá, y confío en que con toda libertad les dará su carta de presentación.

Con los más expresivos saludos personales tanto para su esposa como para usted, que la señora Morrow acompaña a los míos, quedo de usted muy afectuosamente (Calles, 1993: 103).

Consideraciones finales

En otras circunstancias, el ofrecer un cuadro final de un personaje habiendo partido de tantos retratos parciales sin duda resultaría complicado; sin embargo, en el caso de Morrow no se ve así, pues la mayor parte de los datos apuntan en una misma dirección: fue ante todo un «interlocutor constructivo» (Knight, 2010: 496); un funcionario estadounidense que, «con su clara inteligencia, comprendió que el único camino para tratar con México era la amistad, a base de una amplia comprensión de sus problemas nacionales» (Calles, 1993: 104); «el primer embajador norteamericano que le concedió al mexicano el derecho de vivir su propia vida, y el primero en comprender el profundo error de muchos intereses norteamericanos implantados en México sobre una base de lucro inmoderado» (Puente, 1994: 86); el diplomático que inauguró una nueva fase del discurso imperialista estadounidense en la que el poderoso «ya no solo buscaba avasallar, sino que también deseaba conocer al otro y ser capaz de apreciarlo» (Collado, 2000: 222). Como embajador, «constituyó un preludio de la política de la Buena Vecindad: los fines no variaron, cambiaron los medios» (2000: 222). Como hombre, fue una persona de excepcionales talentos que supo poner al servicio de las causas por las que luchaba. Como inquilino, fue sobre todo un buen amigo de México.

No obstante, el éxito de sus gestiones en el ámbito financiero no resultó duradero, pues aunque «aplicó todo su talento […] con la mira de hacer del vecino del sur un país estable con un gobierno consolidado y un aliado regional que fuera, al mismo tiempo, un mercado seguro para los inversionistas de Estados Unidos» (Collado, 2005: 223), las circunstancias particulares de inestabilidad social, carencia de un proyecto nacional a corto y mediano plazo y, principalmente, las ambiciones y disputas políticas, no permitieron que México tuviera unas finanzas sanas y confiables para la inversión extranjera.

En relación con la cuestión religiosa, su papel fue realmente importante y desinteresado, pero no decisivo ni siquiera indispensable. Tanto quienes lo atacan por una supuesta injerencia desmedida a favor de los intereses estadounidenses, como los que lo señalan como el factótum de los arreglos sobredimensionan su actuación.

Los juicios negativos sobre su comportamiento en México han ido quedando estacionados en el tiempo y se limitan en la actualidad sobre todo a dos vertientes: la que procede de los católicos partidarios de haber continuado la resistencia armada hasta hacer caer, suponiendo que esto fuese posible, el gobierno del grupo revolucionario, y la que procede de Vasconcelos y unos cuantos de sus partidarios que, dolidos por el apoyo decidido del gobierno estadounidense al vencedor de la contienda electoral de 1929 -impugnada por Vasconcelos-, vieron en Morrow y su amistad con Calles los artífices de su derrota. En la misma proporción que los juicios negativos han quedado sobre todo anquilosados en la literatura de una época, los juicios positivos y la revaloración de su trabajo siguen en aumento.

Fuentes

Archivos

1

Archivo de la Arquidiócesis de Guadalajara (AAG).

2

Archivo Histórico del Centro de Estudios de Historia de México Carso, México (CEHM).

3

Archivo Histórico Diplomático de la Secretaría de Relaciones Exteriores de México (AREM).

Periódicos:

4

El Informador, Guadalajara, Jalisco, México.

5

El Universal, Ciudad de México.

6

Excélsior, Ciudad de México.

7

La Opinión, Los Ángeles, California.

8

La Prensa, San Antonio, Texas.

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Notas

1 El primero fue un agente plenipotenciario de los Estados Unidos en el México recién independizado. Obtuvo grandes éxitos políticos durante su gestión en México que permitieron, a la postre, el debilitamiento de la unidad mexicana ante los intereses estadounidenses. El segundo intervino decididamente en el complot que derrocó al presidente Francisco I. Madero en 1913.

2 Un buen resumen biográfico sobre Morrow que llega hasta 1928, se puede leer en Francisco Javier Meyer Cosío (1993: 145-155); para un estudio más completo véase María del Carmen Collado (2005: 23-233). Existen también dos biografías muy elogiosas de la década de los treinta. La primera, escrita en 1930, cuando se hallaba en campaña electoral en busca de una senaduría (McBride, 1930); la segunda, publicada a unos años de su muerte (Nicolson, 1935).

3 James R. Sheffield, embajador estadounidense en México de agosto de 1924 a septiembre de 1927, quien habría de tener desencuentros muy fuertes con el gobierno del general Calles (Collado, 2005: 9-10 y 32-34).

4 Cabe recordar que a partir de la Revolución de Carranza, la política exterior estadounidense se había caracterizado por un afán de intervención en los asuntos internos mexicanos, acompañado por frecuentes amenazas (González, 2019: 235-260).

5 Traducción al español del editorial «Morrow va a México» de The New York Telegraph, 21 de septiembre de 1927, Archivo Histórico Diplomático de la Secretaría de Relaciones Exteriores de México (AREM), 11-7-287 (I), ff. 27-28.

6 Para contextualizar los hechos, véase Cosío (2011: 278-279).

7 Por otro lado, la estancia de Lindbergh, a quien Calles dio el título de «maravilloso tipo de héroe moderno» (El Informador, Guadalajara, 15 de diciembre de 1927, p. 2), tuvo un decidido manejo político a favor del régimen. Los periódicos del 17 de diciembre comunicaban que el presidente Calles y el expresidente Álvaro Obregón sobrevolarían, junto con Lindbergh, tres estados del occidente mexicano.

8 Sobre la multitud que acudió a recibirlo, algunos periódicos mencionan cifras todavía más elevadas. Se habla incluso de 200 000 personas (El Informador, Guadalajara, 15 de diciembre de 1927, p. 1).

9 Un clásico para el conocimiento de la guerra cristera es la obra en tres volúmenes de Jean Meyer La cristiada (1973).

10 Vasconcelos (1939), en su novela autobiográfica El proconsulado, señala constantemente a Morrow como agente incansable de los intereses estadounidenses en medio de un gobierno, el de Calles, que le abrió todas las puertas. En esa misma línea, véase también Alessio (1938).

11 Véase «Atento mensaje del pueblo mexicano al Sr. Morrow», volante impreso distribuido clandestinamente en 1928, Archivo Histórico del Centro de Estudios de Historia de México Carso (CEHM), fondo XV: Manuscritos e Impresos Enrique A. Cervantes. Conflictos Religiosos (1910-1929), leg. 38, carp. 2, doc. 1. El texto completo es recogido por Reguer (1997: 367-372).

12 AREM 11-7-287 (II). El anónimo estaba firmado con la leyenda «Varios Mexicanos».

13 Portes Gil, cada vez que tuvo oportunidad, negó la intervención de Morrow: «El señor Morrow nunca intervino en nuestros asuntos internos. El señor Morrow me hizo una visita, ya cuando terminó el conflicto, para hacerme patente la felicitación del gobierno americano. Pero él jamás intervino en esta cuestión» (Wilkie, 2004: 17).

14 La Prensa, San Antonio, Texas, 18 de septiembre de 1930

15 Informe de Francisco S. Elías a Sub-Secretario de Relaciones Exteriores, Washington, 11 de diciembre de 1929, AREM 11-7-287 (I), ff. 251-256.

16 Informe de Francisco S. Elías a Sub-Secretario de Relaciones Exteriores, Washington, 11 de diciembre de 1929, AREM 11-7-287 (I), f. 254.

17 Informe de Francisco S. Elías a Sub-Secretario de Relaciones Exteriores, Washington, 11 de diciembre de 1929, AREM 11-7-287 (I), f. 255.

18 «La gestión de Morrow en nuestro país. Declaraciones del señor Estrada», El Universal, México, 18 de septiembre de 1930, p. 2.

19 «La gestión de Mr. Morrow. Una carta de don Genero Estrada», Excélsior, México, 30 de octubre de 1935, p. 5.

20 Carta de Morrow al subsecretario de Estado Richard Olds, 9 de diciembre de 1927 (Collado, 2005: 146).

21 Así lo resume Aguirre: «La complejidad del asunto mexicano, propició un triángulo geográfico de acciones e interlocutores varios que llevaron a un desenlace tal vez esperado pero que, en su momento, no fue fácil resolver dada la intransigencia de las partes. Estados Unidos, El Vaticano y México estuvieron en permanente comunicación a través de agentes, en algunos casos no oficiales, lo que provocó un escenario complicado, difícil y confuso» (2017: 232).

22 Carta de Morrow a George T. Howard (Collado, 2005: 189).

23 Véase Carta de Morrow al arzobispo Francisco Orozco y Jiménez, Englewood, N. J., 2 de septiembre de 1929, Archivo de la Arquidiócesis de Guadalajara (AAG), sección gobierno: obispos, Francisco Orozco y Jiménez, correspondencia.

24 Los biógrafos de Calles subrayan esta amistad (Puente, 1994: 84-86).

25 El Informador, Guadalajara, 2 de diciembre de 1927, p. 1.

26 Nemesio García Naranjo, «Dwight Morrow, protector de asesinos», La Opinión, Los Ángeles, 7 de diciembre de 1927. El título del artículo obedece a que días antes de la llegada de Morrow, el gobierno de Calles había hecho fusilar sin proceso alguno a Francisco Serrano, candidato presidencial opositor, y trece acompañantes; días después, al general Arnulfo R. Gómez, el otro candidato a la reelección del general Álvaro Obregón y, finalmente, el 23 de noviembre, también por órdenes directas de Calles habían sido fusilados el jesuita Miguel Agustín Pro y tres activistas católicos.

27 «Friendship with Calles was quickly achieved as the mexican executive responded to Morrow’s talent, honesty, skill, and sincerity. Morrow, in turn, was attracted by the Mexican leader’s directness, strength, and determination».

28 El Universal, México, 3 de mayo de 1930, p. 2 (las notas de la segunda página del diario aparecen en inglés, la traducción es nuestra). Se añade el texto original: «She said that she tried to make him dance once in Mexico City during a charity baile given by Miss Calles, who is a very beautiful woman. Mrs. Morrow went and told Miss Calles that she would give her one hundred dollars for charity provided she made Ambassador Morrow dance, for Mrs. Morrow knew that he would not refuse a request from the President’s daughter. However, Mr. Morrow learned of the little scheme and when Miss Calles asked him to dance, the ambassador making a sweeping bow said: “Miss Calles I heard that my wife promised you one hundred dollars to make me dance with you. Here is my check for two hundred and fifty if you do not make me dance”».



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