Ríos Gordillo: El que ve, el que escribe. Contar la guerra, escribir el presente
Vol. 43, Num. 93, Año. 2022
Recibido: 2020 07 30
Aceptado: 2021 10 25



Un estudio sincero de las prácticas del reportaje sería quizá más importante

que cualquier otro para la práctica de la historia contemporánea

Marc Bloch. Apología para la historia, c. 1939

Presentación

En el periodismo, las ciencias de la comunicación, la sociología y la antropología, la entrevista es considerada un método de investigación cuya nacionalidad es indiscutida. No obstante, fuera de sus fronteras el panorama es distinto. En la historia, aunque su uso es marginal, ha sido utilizada desde antaño (en una forma antigua, a medio camino de la conversación y el diálogo) para interrogar a testigos e informantes. Comúnmente alojada en los dominios de la tradición oral, guarda un potencial extraordinario para el oficio de historiadoras e historiadores, invitándolos a otros campos del saber. A través de la entrevista, la historia se acerca una vez más a la antropología y el trabajo de campo, al periodismo y el reportaje, permitiendo comprender el tiempo presente, al igual que se pone en condiciones de reconstruir desde el testimonio individual hasta la polifonía de sujetos sociales colectivos, e incluso problematizar la concepción de los testigos, los testimonios, los archivos y el documento histórico.

Aquí se emprende un análisis de la entrevista en tanto herramienta de investigación social, de acuerdo con los objetivos siguientes: a) esbozar una genealogía de la entrevista, ubicada entre la conversación y en diálogo, útil desde la antigüedad hasta nuestros días; b) identificar su ubicación, en el marco de las ciencias humanas, en tanto herramienta de investigación social, cuyo resultado ha sido útil en la etnografía, la sociología, la historia antigua, las ciencias de la comunicación y el periodismo, pero que en la actualidad es subutilizada e incluso menospreciada; c) señalar su carácter de documento histórico, pues es un testimonio elaborado por el propio investigador. Es un caso del todo excepcional, al menos en la historiografía contemporánea, d) mostrar cómo puede analizarse una entrevista, a partir de conceptos eje, y cuál es entonces la utilidad de entrevistar a un periodista y autor de libros de investigación, que es a su vez un testigo privilegiado; e) reflexionar sobre las condiciones del testigo y la implicación cognitiva del conocimiento sensorial (lo que ve, lo que oye, lo que conversa) relacionado con las rigurosas técnicas de investigación periodística (consulta de archivos, entrevistas cruzadas, etc.); y f ) contribuir a los métodos y técnicas de la historia del tiempo presente.

Para tal efecto, primero se analiza el cuestionamiento de testigos e informantes en la antropología y la historia; acto seguido, los modos de uso de la entrevista y la relación entre esta última con el testimonio y el testigo; después, con base en una entrevista al periodista Juan Alberto Cedillo se estudia tanto su papel de testigo como sus técnicas de investigación en el noreste de México durante la “guerra contra las drogas”; finalmente, en la conclusión se examina la importancia de la entrevista para la investigación social y, en particular, para la historia del tiempo presente, en cuanto técnica de análisis, pero también como testimonio creado por el historiador.

El arte de conversar: inquirir al informante, cuestionar al testigo

Conversar: hablar con una u otra persona, según se lee en el Diccionario de la lengua española (2001: 647). Quizá desde los tiempos de Sócrates -un conversador extraordinario, según atestiguó Platón, quien fue su discípulo y, con el pasar del tiempo, maestro de Aristóteles, a su vez, inventor de la mayéutica-, en la tradición occidental la conversación es un arte: el de la palabra razonada, el de la pregunta reflexiva, el del pensamiento inquisitivo. En la palabra, los orígenes socráticos de la filosofía remiten al carácter oral del pensamiento griego de la época clásica. Los griegos, escribió Moses Finley: “preferían conversar y oír; su misma arquitectura es la de un pueblo aficionado a la charla” (1980: 96). A través de sus Diálogos, Platón aproximó la filosofía a la oralidad, rasgo superior del conocimiento, pues por entonces los griegos consideraban que la escritura era propia de los ‘bárbaros’, quienes, a diferencia de ellos, preservaron su saber en libros y bibliotecas. Al dialogar, Platón llevaba la filosofía al terreno del contacto de un pensamiento con otro: de la plática con una u otra persona. Y he aquí el caso de la entrevista. ¿Acaso su significado, según el Diccionario de la lengua española, no es “la acción de mantener una conversación”? (2001: 935)

Sin ser una conversación habitual o un diálogo socrático, la entrevista guarda para con ambas un aire de familia. Sus raíces parecen hundirse tanto en el hábito inmemorial de la conversación, como en esa antigua forma de indagación; y es, quizá, el resultado de ambas: no es el hecho mismo de hablar, sino lo que se dice al hacerlo. En la entrevista, la palabra se convierte en escritura y el entrevistador deviene en escriba, pues edita la conversación y convierte las palabas en letras, pertrechando al lector que atiende a todo este ciclo del pensamiento de cosas dichas, escuchadas y leídas. Por tanto, aunque la entrevista es parecida a la conversación, es sin embargo distinta en sus fines. Si la primera es un ejercicio comunicativo, la segunda es una herramienta de investigación. Más cercana a los objetivos del diálogo, la entrevista tiene la misión de indagar, de cuestionar a profundidad para que la reflexión de uno se abra a la del otro.

Con base en las Cartas a Lucilio de Séneca, al analizar la misiva en tanto texto destinado a algún otro, Foucault sostuvo que en ella: “se lee lo que se escribe, del mismo modo que, al decir algo, uno oye lo que se dice” (2015: 944). De modo similar, la entrevista actúa sobre el gesto mismo de la escritura, sobre el escucha que la transcribe, así como sobre aquel que lee y relee. Lo que es una plática entre dos, para entrever (entre-voir), de manera fluida o dinámica, se convierte en escritura. En este sentido, la entrevista informa de una relación dialógica que hunde raíces en la conversación y en el diálogo; por lo cual, en tanto técnica de extracción que permite dar cuenta de sucesos y fenómenos extraordinarios, como el conocimiento del otro, la sensibilidad de las diferencias, el desciframiento de creencias y costumbres, tiene gran valor en la investigación social, como es el caso extraordinario de la antropología y, de manera aun poco observada, en la historia. Veamos.

Desde hace dos siglos, la antropología encontró una fuente de conocimiento en los ‘salvajes’ y ‘primitivos’, a quienes se debía interrogar para desmitificar la preeminencia de las creencias religiosas, mágicas y sobrenaturales en su vida social, lo cual, como explicó E.E. Evans-Pritchard, correspondía a los intereses coloniales y la idea del evolucionismo, que en ellos creía haber encontrado el eslabón perdido entre el hombre y el mono (1991: 11-39). A través del trabajo de campo intensivo, la especulación teórica se confrontaba con la experiencia directa y así la etnografía se nutría con el contenido emanado de la investigación de campo. Para Bronislaw Malinowski, aunque también para Franz Boas, gracias al trabajo de campo la teoría se relacionaba con los hechos, haciendo posible captar la vida social de hombres vivos, de manera directa, por medio de la inmersión durante periodos amplios en localidades concebidas como espacio de observación y análisis. “Informantes anónimos facilitaban genealogías, narraban cuentos populares, proclamaban las normas y aparentemente se sometían a ellas, nosotros nos familiarizábamos con los trobiand”, escribió Kaberry (1999: 85) a propósito de los métodos del trabajo de campo y la literatura etnográfica.

Estos informantes anónimos han sido los traductores de una lengua a otra, de una a otra civilización, desde antaño. En sus recorridos, Heródoto echó mano de ellos. Aunque era monolingüe, su visión cosmopolita le permitió captar las diferentes lenguas y los problemas relacionados con el lenguaje, tanto en las conversaciones y diálogos que describe entre personas que hablaban diferentes lenguas (egipcia o persa, por ejemplo), como entre quienes le contaban algo, o incluso le leían o traducían algo para él (Heródoto, 2006).1 “Yo sé que así fueron las cosas por habérselo oído a los delfios”, (I, 20) o bien: “Esto es, pues, lo que oí de labios de los sacerdotes de Tebas” (II, 55). De ahí que, como asentó Marcel Detienne (2004: 160). “el histôr es un testigo, es el que ve y el que oye”. Así, la indagación a través de informantes e intérpretes, con quienes se conversa y dialoga, ha sido un método para conocer el mundo circundante cuyos riesgos, excesos y peligros han sido advertidos desde tiempo atrás.2 “No tratamos”, escribió Clifford Geertz acerca de la investigación etnográfica, “de convertirnos en nativos (…) o de imitar a los nativos (…) Lo que procuramos es (en el sentido amplio del término en el cual este designa mucho más que la charla) conversar con ellos” (2005: 27).

Con sus evidentes diferencias hay, sin embargo, similitudes entre esta técnica de conocimiento compartida entre la etnografía y la historia; una técnica de estudio que no es el objeto de estudio, sino un medio para observar, conversar, registrar y analizar, en un medio social determinado. Al relacionar la antropología con la historia, E.E. Evans-Pritchard consideraba que en Inglaterra los antropólogos poseían algunas ventajas que no tenían los historiadores de Francia: “La principal de estas ventajas es nuestra experiencia en el trabajo de campo (…). Hay una gran diferencia entre leer sobre las instituciones feudales en crónicas y ordenanzas reales y vivir en medio de algo similar durante un par de años o más” (2006: 69). La diferencia gnoseológica es evidente: mientras que el antropólogo puede producir sus propias fuentes, el historiador de las sociedades del pasado no está en condiciones de hacerlo. Ahora bien, entre la observación indirecta del pasado y la inmersión en el presente, entre la lectura indirecta de los testimonios y el hablar con los protagonistas de los hechos, entre la imaginación histórica y la observación cercana de un comportamiento (durante periodos largos y en un medio social), la reflexión de Pritchard adquiere todo el valor de un síntoma: el historiador debe viajar al pasado; el antropólogo está en el presente: hace el trabajo de campo en su época, observando e interactuando con un sinfín de personajes y testimonios. ¿No obstante, no es esta una tarea que también desempeña un historiador?

Con base en sus investigaciones sobre la brujería y una lectura osada de las actas procesales de la Inquisición, Carlo Ginzburg propuso una analogía curiosa: el inquisidor como antropólogo. Con el objetivo de conocer hasta los más íntimos detalles de los cultos de carácter extático de los benandanti -quienes salían volando a combatir en espíritu contra las brujas, librando batallas nocturnas de cuyo resultado dependía la fertilidad de los campos; creencias por las cuales fueron violentamente asimilados a la brujería diabólica (Ginzburg, 2005)-, los registros escritos de los testimonios orales contienen las voces de los acusados y los inquisidores: preguntas y respuestas cuyas insistencias, aclaraciones, deslindes, resistencias, presiones, silencios, representan “un auténtico y cabal diálogo”, escribió Ginzburg (2010: 402). “El valor etnográfico de estos procesos friulianos es extraordinario (…). No sólo palabras, sino gestos, silencios, reacciones casi imperceptibles como un repentino rubor fueron registrados por los notarios del Santo Oficio con puntillosa minucia” (2010: 403).

La serie de preguntas y respuestas hacen de las actas de los juicios inquisitoriales, documentos intrínsecamente dialógicos. Por ello, la reflexión de Ginzburg sobre la naturaleza de las actas es interesante en razón de dos características: primero, los registros escritos están compuestos por testimonios orales; segundo, los inquisidores que (gracias a una relación asimétrica de poder) extraen información a los informantes (y acusados), parecen antropólogos redactando hasta los mínimos detalles en su libreta de campo. Al estar consciente de los aspectos textuales de la descripción etnográfica, Clifford Geertz se cuestionó: “¿Qué hace el etnógrafo? El etnógrafo escribe” (2005: 31). En una palabra, genera sus documentos, así como hace siglos los inquisidores crearon los suyos. Polémico, pero revelador, el caso siguiente da cuenta de ello:

Las entrevistas son evidencias que los historiadores crean y producen. No hacemos lo mismo con ningún otro tipo de evidencia. Por supuesto, todos leemos los documentos de diferentes maneras. Pero las entrevistas son especiales porque son nuestra creación, y nosotros somos los que preguntamos. Vemos nuestras entrevistas como documentos muy personales, como de hecho lo son. Las hemos hecho nosotros y, por tanto, tenemos un cierto recelo hacia ellas porque son de creación muy personal. Pero también tenemos un sentimiento de propiedad precisamente porque las hemos hecho nosotros. Creamos la entrevista y luego la metemos en nuestra estantería o en el fondo de nuestro cajón de archivos. No es equivalente a ningún otro tipo de documentación porque es nuestra, es lo que hemos creado (Ritchie, 1991: 227).

Frente a ello, los historiadores deben acercarse a los documentos con la misma actitud interrogante de antropólogos e inquisidores. El presente les confiere un horizonte de posibilidad que el pasado les niega: crear sus propias fuentes, elaborar sus propios documentos. La entrevista brinda esta oportunidad. Beatriz Sarlo escribió que, “como ningún otro género, la entrevista construye su fuente” (Arfuch, 2010:15 ).

La entrevista, el testimonio y el testigo

Género periodístico par excellence, método de indagación y obtención de hechos y datos de primera mano, la entrevista es una técnica de investigación tan familiar como desconocida. Común en el oficio periodístico en sus distintos géneros (crónica, reportaje, investigación, artículo, columna) (Bauducco, 2015), utilizada ocasionalmente en las investigaciones de ciencias humanas para registrar datos cuyo acontecer es vertiginoso y fragmentario, la entrevista mantiene frente a éstas una relación de intercambio desigual. Si bien es considerada un género que está a medio camino de la escritura elaborada y el pensamiento, su estatuto metodológico ha sido reducido a una técnica de extracción. Es considerada una herramienta auxiliar en la investigación social (caso parecido al de las decimonónicas ‘ciencias auxiliares de la historia’), cuya importancia se mide por su capacidad de extraer el dato que falta o de sustituir el dato existente.

En La entrevista, una invención dialógica, Leonor Arfuch ha considerado que durante el siglo XX, las ciencias sociales “fueron adueñándose de la entrevista como medio de producción de conocimiento válido para dar cuenta de múltiples fenómenos (tales como) historias de vida, autobiografías, relatos de historia oral, recolecciones con cuestionario abierto, dirigido o semidirigido” (2012: 122). Sea para preservar mitos, leyendas, lenguas en vías de desaparición, saberes originarios (plantas medicinales, cuidado de la salud, acuerdos comunitarios, relación entre el cultivo del maíz y la memoria colectiva), o bien para recuperar las experiencias de clases subalternas y grupos marginados (obreros, campesinos, estudiantes, guerrilleros, mujeres, gays…), la entrevista permite acceder y registrar el testimonio del que ‘estuvo ahí’, o de quien transmite lo que otros le contaron y escuchó decir. Sea por vía directa, o a través de sí, el testimonio preserva las voces del pasado, aun cuando también las del presente.

En este sentido, la diversidad de usos es muestra de la naturaleza maleable de la herramienta. “Los métodos cualitativos demandan ser utilizados según un modo de empleo riguroso, pero no rígido”, escribió Christian Lalive, a condición de que “luego de cada nueva investigación, se deba adaptar la herramienta a su proyecto y a sus materiales” (1990: 68). Los datos se subordinan a los objetivos de la investigación y a su formulación teórica, no al revés. Esto es particularmente interesante por el uso que puede darse a la entrevista (y sus datos) en relación con la narración de la historia que se cuenta. Cuando se usa en el análisis social, puede dar pie a resultados extraordinarios y cautivadores, como en los libros de Svetlana Alexiévich: Voces de Chernóbil. Crónica del futuro (1997), Últimos testigos. Los niños de la segunda guerra mundial (2004), Tiempo de segunda mano, también intitulada como El fin del “Homo Sovieticus” (2013), crónicas basadas en la experiencia directa de testigos, sobrevivientes y víctimas de dramas épicos. Galardonada con el Premio Nobel de Literatura, esta autora representa con su obra un punto de quiebre en la literatura testimonial, en particular cuando se consideran los estudios sobre la Shoá.3

Desde hace casi medio siglo, en los Estados Unidos y en Europa, el auge de la historia oral ( Joutard, 1986) puso a la entrevista en el centro del debate sobre la recuperación de conocimientos y experiencias que se hallaban en campos de conocimiento distintos (la lingüística, la antropología o la sociología). Con el paso del tiempo, los temas se fueron diversificando (de la Shoá, a los golpes de Estado, los genocidios o las guerras, pasando por desastres como Chernóbil o Fukushima y epidemias como H1N1 o Covid-19), al igual que variaron las fuentes y los géneros (autobiografías, correspondencias, diarios íntimos, memorias, historias de vida, memoriales). Gracias a las nuevas tecnologías es cada vez mayor la recuperación de testimonios y su reproductibilidad técnica.4

No obstante, no se trata sólo de una operación de rescate sistemático de testimonios orales para la historia, pues su uso y edición demanda un proyecto de investigación (para interpretar los datos y los hechos), al igual que preparación, creatividad e inventiva por parte del entrevistador. Como todo testimonio subordinado a los objetivos de la investigación, la entrevista no es una mera transcripción literal, una simple adecuación a la narración escrita o una llana traducción a la lengua en la cual será publicada. Sin duda, debe respetarse su autenticidad y fidelidad, pero la edición obedece de nuevo a los objetivos de la investigación, al igual que la edición de un filme obedece al guión cinematográfico. Se trata de un proceso analítico que gira en torno de la comprensión y la explicación, así como del proceso creativo que sirve a la narración. Es decir, una cosa es hacer la entrevista y otra distinta es analizarla. Una cosa es preparar el cuestionario (objetivos, plan de la investigación) y hacer la entrevista (condiciones de realización, equipo de grabación de audio, video o ambos), y otra muy distinta es transcribirla (parcial o totalmente) y editarla (siguiendo fielmente la secuencia de las preguntas o modificándola). Es evidente que debe respetarse la veracidad y la autenticidad de las respuestas, sin hacerles interpolaciones o falsificaciones. Manipularlas es una falta todavía mayor que el plagio (aunque sería interesante para observar las motivaciones de quien lo hace). De lo contrario, la entrevista por sí misma puede resultar un esfuerzo vano, cuya contribución al conocimiento sea irrelevante: entrevistas ¿para qué?, es la cuestión de fondo.

No obstante, más allá de la entrevista en la época de la reproductibilidad técnica y de haber sido alojada en la historia oral (Aceves, 1997), no constituye más que una técnica que puede ser utilizada, junto a otras posibles, en la investigación social. Su peculiaridad es comunicarnos con lo que durante los años setenta del siglo pasado se llamó el ‘documento vivo’ (document vécu): ‘lo vivido’, ‘estar ahí’, ‘dar cuenta de’, que se transformó en un registro prioritario, planteando la necesidad de contar con archivos orales de clases o grupos sociales marginados, de instituciones, prácticas culturales, lenguas ancestrales, etnias o pueblos, volviendo más complejas las mediaciones entre el protagonista y el entrevistador (sea antropólogo, periodista, psicólogo o historiador). Su característica no es ser un método científico, pero en tanto herramienta de investigación convoca a los métodos para enriquecer el análisis; su carta de naturalización no es propia de la historia oral, sino que es una apátrida que articula campos distintos (historia popular, social, política e intelectual), al mismo tiempo que disciplinas diferentes (psicología, comunicación, sociología); no ‘da voz a los sin voz’, sino que trasmite la experiencia de sujetos sociales del más diverso tipo, en razón del cuestionario y la temporalidad de la pesquisa.

Curiosamente, articula el conocimiento práctico (¿cómo hacer la entrevista?) con el conocimiento teórico (¿entrevista para qué?) y, al hacerlo, se vuelve un recurso que transgrede la investigación libresca y archivística, situando a historiadoras e historiadores en las condiciones de vida y la atmósfera mental del presente, brindándoles incluso la posibilidad de crear sus propios documentos, con base en la evidencia directa (o indirecta) de testigos e informantes, quienes, como en el pasado: ‘estuvieron ahí’, ‘vieron cómo’, ‘escucharon qué’, hicieron tal cosa o dejaron de hacerla… Así, a través de testimonios y testigos que son sometidos a la luz de la crítica, es posible hacer viajes de idas y vueltas entre el pasado y el presente, intentando esclarecer, en algunos puntos, el uno gracias al otro. En el altar del tiempo habrá que hacer audibles las voces, todas las voces que puedan crear un retrato coral del pasado, a condición de que este sea también el del presente. En este prisma habría que considerar lo que, en el prefacio de Europa en ruinas. Relatos de testigos oculares de los años de 1944 a 1948, Hans Magnus Enzensberger escribió sobre el valor de la contemporaneidad del observador con aquello que ve: “las mejores fuentes serían los testimonios oculares de los coetáneos” (2015: 16). En una curiosa analogía, ambos se parecen al Ulises del inframundo, quien alimenta las sombras con sangre para poder interrogarlas.

El que ve, el que escribe: experiencia y narración

En México, hay obras de renombre que fueron construidas con testimonios orales por quienes, a su vez, eran testigos de lo que acontecía; por ejemplo, Los hijos de Sánchez. Autobiografía de una familia mexicana (1961), de Oscar Lewis, o La noche de Tlatelolco. Testimonios de historia oral (1971), de Elena Poniatowska. Incómodos y censurados por los gobiernos en turno, ambos libros tienen la facultad de reconstruir elaboradamente los testimonios del periodo reciente de su estudio, para ponerlos a punto de la narración académica (la cultura de la pobreza) y periodística (la verdad de los acontecimientos). En la línea de la segunda se inscribe Una historia oral de la infamia, de John Gibler (2016), libro basado en entrevistas extensas con los estudiantes de Ayotzinapa, atacados entre el 16 y 17 de septiembre de 2014 en Iguala, Guerrero. Como en otros libros suyos, y sobre todo en Tzompaxtle (2014) -40 horas de entrevista a un guerrillero-, ese autor usa la entrevista para acercarse a los testigos directos.

La atención a los testigos, sobrevivientes y víctimas de episodios represivos dignos de la ‘guerra sucia’, sigue el mismo objetivo: rescatar la voz del sobreviviente para contar una narración alternativa emanada de su experiencia y, a través de ella, mostrar la política represiva del Estado mexicano y su relación con los cárteles del narcotráfico. Así, el estudiante-sobreviviente se convierte en la sonda de penetración a la desaparición forzada y la ausencia de justicia para con las víctimas de la tragedia. No es casual que sean los sobrevivientes, los pueblos de desplazados, los problemas psicosociales de la violencia de la así llamada “guerra contra el narco” (2006-2018), lo que, en el impactante libro de Fuego Cruzado (2011) ha capturado Marcela Turati, echando mano del trabajo de campo, la investigación de fondo y decenas de entrevistas. Entre las cenizas. Historias de vida en tiempos de muerte (2012), editado por Turati y Daniela Rea, explora las historias de vida de una generación atravesada por la violencia. En el mismo sentido, Saldos de guerra (2011), de Víctor Ronquillo, documenta los “daños colaterales” de la guerra y las violaciones a los derechos humanos.

Como es evidente, el periodismo de investigación ha destacado en esta serie de aproximaciones. Testigos de los procesos sociales y, a su vez, creadores de testimonios, al escribir sobre el presente, las periodistas y los periodistas también cuentan la historia. La nuestra, en particular, lleva consigo la impronta de lo que se ha dado en llamar “guerra del narco” (2006-2018), la cual debe, a muchas de ellas y ellos, contribuciones notables. ¿Desde qué observatorio ven las cosas que pasan?, ¿qué y cómo escriben? La experiencia de investigación en zonas de conflicto, el contacto con testigos, informantes y hasta con personajes implicados en la violencia cotidiana; el acceso a información sensible (en ocasiones pistas, datos inconexos y de dudosa verosimilitud) o el contraste entre la información oficial gubernamental y las filtraciones, les permiten diversificar sus fuentes al igual que usar distintas técnicas de investigación.

No obstante, mientras que en las investigaciones de ciencias sociales es frecuente el uso de las entrevistas periodísticas, el diálogo en términos metodológicos con el periodismo es excepcional. Para el caso de la historia del tiempo presente no hay nada más interesante que el análisis de las técnicas del periodismo, pues su exploración permite entender las condiciones de los testigos, los procedimientos de fabricación de los testimonios, las técnicas de trabajo, el análisis de evidencias y, en particular, de la entrevista a testigos directos e indirectos. ¿Podría aplicarse esta última técnica a un periodista especializado en un tema de análisis social, con el objetivo de ir más allá del resultado concreto de los libros que él ha escrito?, ¿nos permitiría dialogar en torno de las condiciones que él ha tenido para investigar en zonas de conflicto (acceso y crítica de testimonios, medición de los criterios de veracidad, comparación de evidencias, etc.) consideradas zonas de guerra? En efecto. Al aplicarse, el resultado se ha enriquecido tanto por la experiencia directa de quien ha visto, como por la narración de quien ha escrito: el periodista y autor de investigaciones de fondo, quien durante la entrevista es sometido a un cuestionamiento sistemático sobre los resultados de su investigación, al igual que sobre las condiciones de esta última. A pesar de la riqueza del ejercicio, entrevistar a un periodista suele ser extraño para un investigador de la ciencia social, pese a que con ello puede conversar con un testigo privilegiado de la realidad.

Sobre la experiencia de lo visto y oído en el territorio circundante, lo cual lo ha convertido en un testigo notable de los acontecimientos; sobre el registro pormenorizado de los datos, en una investigación de largo aliento, lo cual lo ha convertido en un autor de referencia sobre el tema, el análisis de la siguiente entrevista a Juan Alberto Cedillo,5 corresponsal del semanario Proceso y del Canal Rompeviento TV en Nuevo León, y autor de Las guerras ocultas del narco (2018) 6 gira en torno a cómo contar la guerra y cómo escribir el presente, a partir de dos dimensiones: a) el testigo, y b) el periodismo de guerra: la escritura del presente. Veamos.

Primero. El testigo. En la historia de México, pocos episodios han llevado la marca de la tragedia como el de la así llamada “guerra del narco” (Ríos, 2013; Grillo, 2012, Valdés, 2014). En las ciudades todavía hay enfrentamientos armados a plena luz del día y se presenta con frecuencia la diáspora de familias que huyen de las zonas de conflicto; los migrantes secuestrados, cuyo paradero se ignora, es una realidad (Martínez, 2021; Luiselli, 2016); los hijos de los acribillados siguen huérfanos, en terapia o se han enrolado en las mafias (Scherer, 2013; Valdez, 2015; Reséndiz, 2018); los desaparecidos siguen siendo buscados en fosas de agua (Carrión, 2019) o entre los restos de sepultados, calcinados, desmembrados, disueltos en ácido (Reveles, 2011; Mastrogiovani, 2014; Canseco y Zavaleta, 2018). Y así.

Imposible de ser captada, a diferencia de lo que sucede entre nosotros, incluso la ‘guerra sucia’ escapa a la percepción del testigo ocular. Las generaciones que la experimentaron casi se han apagado, mientras que, para las generaciones de la guerra del narco, esa experiencia es menos pasado que presente. Es el problema de la observación directa del fenómeno. Como puede leerse en Europa en ruinas: “En la visión retrospectiva se pierde precisamente aquello que aquí nos ocupa: la contemporaneidad del observador con aquello que ve” (Enzenberger, 2015: 16). La entrevista es, entonces, un medio para captar la mirada cercana, el recuerdo fresco; un medio para constatar con sangre fría lo que ha sucedido, para resguardar del olvido aquello que es también un estado de la conciencia de nuestra sociedad y un momento de nuestro proyecto social. Por ello, aquí se echa mano de la entrevista para obtener provecho de la disposición intelectual del periodista, quien escribió a propósito de unos “sucesos que hundieron a México en una edad negra”. “Se trataba de espectáculos de los que muy pocos ojos habían sido testigos en los últimos años” (Cedillo, 2018: 9). Uno de ellos es él mismo.

Sumergido en el corazón de los acontecimientos, ubicado decididamente en el observatorio del presente, el testigo parece haber preservado una experiencia acumulada durante siglos: el que ve, el que escucha, el que lee, el que conversa, el que traduce, preserva los hábitos de aquellos tiempos de Heródoto, Tucídides o Polibio, cuando al escribir la historia en el momento en que acontecía dando preferencia a lo que habían visto o interrogando a los testigos de los acontecimientos, hacían eso que Arnaldo Momigliano llamó “la historia casi contemporánea” (1997:141). A propósito, François Hartog estudió ese tipo de conocimiento en el cual ver y decir, mirar y hablar, constituye desde hace mucho tiempo, si no es que desde la noche de los tiempos, las cualidades que hacen la evidencia de la historia (2007). Estos modos de saber y conocer el mundo siguen siendo utilizados de manera cotidiana y, si han sido puestos en práctica, se agudizan y perfeccionan. De hecho, en un periodista entrenado en el oficio e, incluso, entrenado en la lectura de los gestos corporales -posición de las manos, los brazos, las piernas, el cuerpo o la mirada, que le revelan nerviosismo o seguridad, concentración o indiferencia, e incluso sencillez o arrogancia, cansancio o dinamismo, honestidad o impostura (Bauducco, 2015: 112-132)- de su entrevistado, quien es el creador del testimonio, lo que el periodista ve, lee, escucha, le posibilita conocer el dato, la cifra, el acontecimiento, así como cotejar, comparar o refinar la información obtenida.

Esta facultad le permite observar cuánto cambia su entorno inmediato y cómo puede aprehenderlo. Juan Alberto Cedillo da cuenta de ello cuando expresa: “A mí me sucede una cosa muy relevante que comencé a estudiar: empiezo a ver que viene una violencia del crimen organizado que va in crescendo”. Derivadas de su condición, su testimonio revela sus técnicas de trabajo: “me daba la impresión de que había que llevar el registro de todo eso, con la salvedad de que no se podía publicar mucho de lo que ocurría”. Debido a la censura impuesta por la violencia, “me dediqué a escribir dos tipos de notas: las que tenía que mandar a la prensa, y el registro de lo que acontecía, lo que no podía contar”. Para los periodistas, afirma: “un buen reportaje debe tener varias fuentes: documentar, confirmar o verificar todo lo que se va a plasmar en una investigación rigurosa, casi de corte académico”; no obstante, la naturaleza de los sucesos impone un desafío: “¿cómo podías confirmar un acontecimiento entre narcotraficantes, con qué fuentes? El narco no te va a dar un boletín ni te va a decir que algo fue así o no fue así (risas)”. A partir de esas circunstancias, “armé los archivos, elaboré las entrevistas, conocí las versiones de los miembros del crimen organizado quienes me contaban sus historias para, posteriormente, plasmarlas en el libro”.

Observar los síntomas extraordinarios, escribir a partir del carácter fragmentario de la huella, pero también escuchar, sobre todo, a los capos del narcotráfico sometidos a juicio en las Cortes de Texas: “Lo más relevante para mí y para este libro fue escucharlos, porque estás hablando de testimonios de primera mano”. Para Cedillo, ellos cambiaron el rostro del país de una manera tan profunda y duradera que ni siquiera López Obrador podrá hacerlo como ellos lo hicieron. Ambición, sangre fría, creatividad, capacidad de innovar armamento y crear situaciones de guerra a partir de un manejo diestro de la estrategia militar, las cualidades de los capos se revelan al espectador: “Sí, desgraciadamente al destacar estas cualidades podría sonar como una apología. Y de eso yo sí me cuidé mucho, porque ante el hecho de verlos, de escucharlos, uno dice: “¡no, este güey no es cualquier cabrón!”. Y pone el ejemplo de Jesús Enrique Rejón Aguilar, El Mamito, tercero al mando de los Zetas: “era un tipo orgulloso, arrogante, lúcido porque sabía quién era. Entonces al ver estas cualidades uno se explica por qué hicieron lo que hicieron”. Con ello los sitúa en tanto personajes con capacidad de agencia, creadores de situaciones de guerra y de poderosas divisiones acorazadas (véase serie 1) De tal suerte que, una vez atestiguados los juicios, profundizó: “Gracias a mis amigos después tuve la ventaja de leer las transcripciones, pero para entonces ya lo había escuchado. Y esa fue la ventaja fundamental, para mí, de este libro”.

Serie 1:

Los monstruos o narcoblindados

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Fotos de Juan Alberto Cedillo

Al testimonio directo se aúna el dato pequeño pero revelador, llegado al periodista debido al hecho de ser cliente de un antro de mala muerte, que después fue propiedad del crimen organizado: “las meseras nos contaban de todo: eran la mejor fuente de información porque eran novias de los capos”. O bien. “A mí me tocó ver que los desaparecidos no eran víctimas inocentes”, precisa, señalando los ajustes de cuentas, las venganzas sangrientas del narco: “el que asesinó, el que delató”. En suma, “todos esos datitos que se fueron juntando se convirtieron en el principal filtro para descifrar el marasmo”, y saber: “cuál es la verdad, cuál es la mentira”. Así, en una especie de síntesis de su experiencia y de las modalidades que adquiere el conocimiento periodístico, Cedillo sostiene lo siguiente:

La ventaja de muchos de los reporteros de provincia es que estuvimos en el lugar de los hechos. ¿Qué ventaja te da? Pues que escuchas cosas de más, ves lo que ocurrió, ves detalles que no se publican (porque la nota finalmente es una síntesis de un acontecimiento); entonces oyes cosas de más, escuchas los rumores: por qué pasó, quiénes eran, pero como no se confirman no se pueden publicar. Esa ventaja de estar en la zona de guerra, sin duda es una parte relevante para poder escribir, pero no entiendes el por qué, el cómo, quiénes.

Así, el lugar de los hechos se convierte en un laboratorio de múltiples posibilidades y construye, en consecuencia, la figura del testigo privilegiado de los acontecimientos. “Yo lo estaba viendo como testigo privilegiado debido a la confluencia de todas estas circunstancias”. En un afán de objetividad, Cedillo cotejó las declaraciones con los cables enviados a Washington, los expedientes de la Sedena y su experiencia de una década cubriendo los hechos narrados, con lo cual aseguró haber tenido un filtro para cotejar sus testimonios con la realidad. Si en La extraña derrota, Marc Bloch escribió (2009: 29): “un testigo necesita un estado civil. Antes de hacer balance sobre lo que he visto, es necesario precisar con qué ojos lo he visto”; entonces, el periodista se ha convertido en un testigo privilegiado, -a condición de saber leer lo que sucede y tener herramientas para ello-, cuyo testimonio permite entender la zona de guerra y apreciar la experiencia del presente.

Segundo. El periodismo de guerra: la escritura del presente. Los acontecimientos relacionados con la violencia en Tamaulipas corresponden a una etapa oscura, violenta en grado sumo, incomprendida más allá del lugar donde surgió. De ahí comenzó a expandirse la violencia que conquistó todo el noreste del país:

En ningún momento en la historia de este país había llegado un comando del crimen organizado a un bar para matar a 22 clientes y empleados; es el caso del bar “Sabino Gordo”, en Monterrey [IX/2011] Y es algo excepcional, porque, por ejemplo, lo que acabamos de ver en el Walmart de San Antonio, Texas [VIII/2019] es que un tipo loco empieza a matar gente, mientras que aquí son sicarios que mataban gente; pero aquí no se ve como un problema social, sino como una pelea entre narcos. Entonces, la narrativa del Estado es: “es una bronca entre ellos”, “que se maten entre ellos”. Así la sociedad se quita el peso de compararlo con lo que ocurre en Estados Unidos. Aquí todo es distinto. Después de “Sabino Gordo”, en una carretera de Cadereyta tiraron 49 torsos [V/2014] a cuyos cuerpos les cortaron las manos, la cabeza, los pies e, incluso (lo que no salió en las noticias), les borraron los tatuajes para que no pudieran ser identificados. O tienes el Casino Royale [VIII/2011] y la masacre (que tuvieron casi dos años escondida) de Allende [III/2011]: 300 personas están desaparecidas. Toda esa evolución se desconoce en el centro.

El testimonio corresponde con lo que él mismo escribió: “era necesario recoger pedacitos del presente para contar una historia en el futuro”. (Cedillo, 2018: 10) Fragmentada, la historia que se cuenta en la entrevista registra episodios de un huracán de violencia. En el libro, advirtió: “Aún se carece de fuentes confiables para documentar un fenómeno” (2018: 10) como este: la ilegalidad y clandestinidad que subieron a la superficie violentamente, primero por obra de grupos de narcotraficantes y luego transformándose en narcoinsurgencia. Con ello da cuenta de cómo la guerra y el terror son instrumentos clave al servicio de una forma de acumulación de capital que ocurre dentro de México, donde operan formas de poder paralelas y brazos armados complementarios al Estado, en complicidad con las corporaciones de las fuerzas militares (Fazio, 2006). Él cuenta un episodio extraordinario:

Llegó el momento en que los Zetas tenían en Monterrey un ejército de 500 personas. ¿Qué pasa cuando tienes tanto poder? ¡Quieres ejercerlo! Y por eso se lo disputan al Estado; controlan parte del Estado: ciudades o municipios y se sienten dueños de las plazas. Por ejemplo, cuando capturan al Tiburón, jefe de la plaza de Monterrey, éste tenía controladas a todas las policías municipales, pero no al ejército y las fuerzas especiales. Lo capturan en una operación de soldados vestidos de civiles, y no como militares, que eran transportados en camionetas de iglesias evangélicas. Lo aprehenden y se lo llevan, pero los halcones se dan cuenta y, mientras el capo es conducido a la zona militar que está fuera de la ciudad, los narcos tratan de evitar que esas camionetas (que van sin escolta y la parafernalia de un gran operativo) lleguen a la zona militar. ¿Con quiénes arman el operativo para cerrar las calles y rescatar a los que llevan presos? Con las policías municipales de la zona metropolitana: Apodaca, García, Guadalupe; cierran las calles y las avenidas que van a tener acceso a la zona militar. Yo tengo las fotos donde se encaran policías federales contra policías municipales, apuntándose unos contra otros (véase, serie 2)

Serie 2:

E nfrentamiento entre policias municipales y federales

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Fotos de Juan Alberto Cedillo

Durante el gobierno de Tomás Yarrington, en Tamaulipas (1999-2005), el periodismo de investigación fue censurado por los zetas. Con él proscrito, Tamaulipas devino en lo que se ha llamado “zona del silencio”: silenciar a la prensa atacando las redacciones de los periódicos con granadas, desaparecer a los periodistas o forzarlos al exilio (Ruiz, 2015: 169) Las relaciones entre políticos y narcotraficantes fueron denunciadas por periódicos y periodistas, por lo que, en consecuencia, fueron amedrentados o silenciados con saña. Esta situación fue la que el periodista Javier Valdez bautizó como “periodismo del silencio”, cuando escribió que el control del narcotráfico hacia los medios y reporteros había tomado tal fuerza durante el gobierno de Eugenio Hernández (2005-2012), que: “Publicar o no, cubrir o no”, era el dilema, pues los comunicadores en Tamaulipas cierran las secciones policiacas “porque de plano no se puede escribir nada sobre hechos violentos” (Valdez, 2017: 30). En esta zona del silencio, escribió Valdez, quien cayó acribillado el 15 de mayo de 2017, en Culiacán, Sinaloa: la autocensura “es la manera de sobrevivir. No publicar para no sufrir o morir” (2017: 47).

La censura, el hostigamiento o la agresión e inhibición de las libertades sobre el derecho a la información y expresión, resultado de la imposición de la línea editorial por los capos (incentivando las notas que debían publicarse y castigando las que no), pero también de la línea editorial de los directivos y los dueños de los medios de información (al cuidado de sus patrocinadores, a menudo señalados por los mismos reporteros de esos medios como cómplices de la mafia) conllevó a la fabricación de noticias sin información y a la desaparición forzada y el asesinato de periodistas. Otros, sin embargo, aprovecharon las circunstancias y el trabajo de reporteros y corresponsales para firmar sus columnas y presentarlas “como si ellos hubieran estado en el lugar de los hechos” (Cedillo, 2018: 12).

De acuerdo con Article 19 (2021) en los últimos 20 años (entre el 8 de enero de 2012 y el 24 de agosto de 2021) 142 comunicadores han sido asesinados en México: 92% son hombres y 8% son mujeres. México ocupa un lugar entre los cinco países donde más reporteros pierden la vida, como consecuencia del desempeño de su trabajo: Siria, Afganistán, Somalia e Irak (Grecko, 2020: 20). Por ello, la reportera Marcela Turati (2021) reconoció que “los reporteros nos convertimos en corresponsales de guerra en nuestra propia tierra”. Y en el noreste, el periodismo de guerra comenzó en Tamaulipas:

En Nuevo Laredo se impone el modelo para cubrir las noticias. La ciudad se incendia en el 2004 y hay un periódico emblemático de la región, El Mañana, al que le disparan en la fachada, le avientan granadas, le queman la redacción, amenazan al equipo de reporteros y matan a un director. En un momento dado, El mañana compra chalecos antibalas a sus reporteros, impone autocensura y firma las notas como “Redacción”, para que no se identifique quién es el reportero que la escribió. Este fue un primer paso, hasta que vieron que sus medidas fueron inútiles. Tomaron la decisión, en una editorial, de no publicar nada de esto, porque consideraron que era una guerra que no era suya y estaba provocando muchas muertes. Este fue el primer diario del país que decidió no publicar nada del narco.

En El Mañana de Nuevo Laredo iniciaron los protocolos intuitivos que tiempo después retomaron otros periódicos, como El Norte de Monterrey y El siglo de Torreón, así que cuando viene la oleada de colgados en los espacios públicos, de asesinatos múltiples y cabezas, torsos y miembros mutilados y regados, los reporteros, según cuenta Cedillo, “se dan cuenta de que llegar de inmediato a la zona del crimen comienza a tener un riesgo”. En la escena del crimen estaban todavía los criminales, o policías a su servicio que espiaban a los reporteros, o los criminales regresaban a recoger los cuerpos de las víctimas. Los reporteros fueron golpeados y despojados de sus cámaras. Para reducir el riesgo: “Fue así como la cobertura se volvió colectiva”, recuerda: “y eso comenzó a ser un protocolo para moverse en zonas rurales y cómo practicar la autocensura, porque los criminales querían que se publicaran muchas notas donde ellos dejaban narcomensajes”. Su testimonio da cuenta de la desbandada de reporteros que cubrían estas fuentes y de cómo, precavidos, se acercaban en grupo a la escena del crimen: “2 o 3 usaban chalecos antibalas y el resto nos colocábamos atrás de ellos”. Y ello debido al riesgo: “A mí me tocaron, por lo menos, cinco o siete balaceras en proceso. Llegabas y quedabas en medio; te tenías que tirar al suelo o tenías que retirarte porque todavía se estaban dando de balazos”. Digno del surrealismo, el pasaje siguiente da cuenta de lo excepcional que era la normalidad de los reporteros:

¡En una ocasión nos avisaron de un muerto que todavía no mataban! Llegamos al lugar y el muerto llegó 5 minutos después. Para entonces, ya nos habían dado la ficha con el nombre y la dirección del difunto, pero el cuerpo todavía no llegaba. Al rato llegaron en una camioneta y lo tiraron: «acá está el muerto». Y dejaron el narcomensaje: «Señor procurador deje de involucrar a gente del cartel de Sinaloa, si no van a seguir los muertos».

De tal suerte que los protocolos que siguieron después: cómo hacer protocolos de seguridad para entrar a zonas de silencio, cómo mandar información a la Redacción sin dejar rastro, cómo proteger la información cuando se va de salida, qué mecanismos deben activarse en caso de que el periodista no pueda reportarse, se basaron en los riesgos de la cobertura de los muertos. “Todo esto cambió la manera de hacer periodismo y los protocolos fueron intuitivos.” No obstante, si la cobertura colectiva y la seguridad digital nacieron en las zonas del silencio, todo este aprendizaje hizo mella en los alumnos más avezados:

Escribí para dejar testimonio de lo que yo estaba viendo, y creo que nadie lo estaba viendo como yo lo podía ver, porque era un privilegiado que estaba como en un faro. La otra era para exorcizarme, para liberarme, hacer catarsis. A mí me tocó vivir todo esto. De hecho, estaré aquí para asistir a las sesiones especiales, con psicólogos expertos, para los periodistas afectados por la violencia. Tendré que contar que yo tenía conflictos serios por la violencia, entre ellos, estar aislado. De hecho, algo que no te he contado y que es fundamental para escribir el libro, es que mi divorcio me aleja de mi familia en términos físicos (convivo con mis hijos como un padre que está separado, pero que no se ha olvidado de ellos) Si hubiera convivido con mis hijos y no hubiera estado divorciado no hubiera escrito todo esto. Incluso, a veces los riesgos eran calculados: “A ver, tengo familia, ¿puedo decir esto? No. No quieras contar de más”.

Quienes en estas zonas de guerra han contado de más, han sido acallados o se han silenciado ante el peligro; pues en este país eliminar el mensaje es sinónimo de eliminar al mensajero. No obstante, quienes han vivido para contarla consideran que su tarea no fue dar cuenta de los señores de la guerra, sino de las víctimas que a su paso estos fueron segando por millares. Escribir nuestra propia narrativa de estos tiempos aciagos es andar un camino. Hace una década, Javier Sicilia echó mano del mito de la fundación de Tenochtitlan para dar cuenta del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD), que había tomado el Zócalo de la Ciudad de México: “Hemos llegado a pie, como lo hicieron los antiguos mexicanos” (2016: 60). Consciente de que la “resistencia civil ha dependido del pueblo en movimiento”, Juan Villoro consideró que, con ello, ese Movimiento de sanación social: “recuperó la manera más antigua de dirigirse al futuro: la caminata” (2016: 309). Así, el que ve, el que oye, en el camino trata de vivir para contarla e intenta contar para seguir viviendo.

A manera de conclusión

La importancia de la entrevista en tanto herramienta de investigación en las ciencias humanas solo rivaliza con la escasa atención que recibe. Subestimada o ignorada, la entrevista complementa los testimonios existentes, pero remplaza o sustituye a los disponibles en la medida que los pone a prueba. Mientras más lejos se encuentra el investigador del tema estudiado, mientras más distante está el objeto e, incluso, el sujeto de su análisis, más importancia cobra la entrevista en tanto herramienta de investigación heurística. Ante la ausencia de testimonios escritos, a través de ella creamos testimonios orales, al igual que un archivo compuesto por la palabra de testigos, contemporáneos y protagonistas de los acontecimientos. La entrevista multiplica los puntos de vista sobre uno o más fenómenos, ajusta los datos, los pone en perspectiva, reconstruye atmósferas intelectuales, políticas o culturales, compara las visiones existentes y sensibiliza nuestra apreciación sobre uno o más medios sociales.

Uno de los resultados más notables de este procedimiento es La saga des intellectuels français (1944-1989), una síntesis de 1300 páginas sobre los intelectuales franceses, que el historiador François Dosse escribió (2018) con las técnicas de la historia oral. En una larga entrevista, él me explicó cómo había utilizado las entrevistas para escribir su Historia del estructuralismo y las biografías de Michel de Certeau, Paul Ricœur, Gilles Deleuze, Félix Guattari, Cornelius Castoriadis, Pierre Nora y Pierre Vidal-Naquet. Sin las entrevistas que realizó a dos centenas de intelectuales sus libros no hubieran alcanzado la riqueza ni las dimensiones que tienen. No obstante, a diferencia de estos últimos libros donde la historia oral había tenido importancia: “La saga des intellectuels français adquirió su perfil de síntesis predominantemente oral”. De manera que:

Una de las técnicas que singularizan mi trabajo y lo distingue de otros abordajes de la historia intelectual, es la investigación oral. Llegué a ella de manera muy pragmática, obligado ante el hándicap -como te he dicho- de archivos sobre el estructuralismo y ante el desconocimiento de disciplinas que no era la mía. En el caso de Ricœur, la imposibilidad de consultar los archivos escritos se compensó con la riqueza de otros testimonios.

La entrevista acerca a los autores -y a sus libros- de una manera que la conferencia o la lectura directa de la obra no lo permiten. En este caso, es una sonda de penetración al oficio de periodista (el testigo privilegiado) y a las técnicas de trabajo que lo caracterizan (lo visto, oído y escuchado, la consulta de archivos, las entrevistas cruzadas, etc.), cuya relación con las técnicas del análisis académico sería de suyo estimulante. Al periodismo debemos las crónicas y las narraciones del presente que la historia tanto ha descuidado; por ejemplo, con el fenómeno de “la guerra del narco”: una tragedia colectiva sobre nuestro proyecto social, un laboratorio de experimentación en el cual podemos sumergirnos.

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Notas

1 El número de los libros está en romanos, y en arábigos el de los capítulos. Véase, por ejemplo: I.86.6, II.154.2, III.19.1, III.38.3-4, III.140.3, IV.24.

2 Por ejemplo, ante la ausencia de testimonios documentales debida a la distancia en el tiempo (la prehistoria) o ante la insuficiencia de una cultura material que hubiese sobrevivido hasta el momento del contacto entre el observador y el observado, o el entrevistador y el entrevistado, la cultura oral adquirió protagonismo. Esta fue la condición de base que dio pie a lo que durante mucho tiempo se llamó ‘pueblos sin historia’ y que sólo hasta la década de 1970 se matizó como ‘pueblos sin tradición escrita’.

3 A diferencia de esta literatura (Imre Kertész, Albert Camus, Franz Kafka, Primo Levi, Jean Améry, Victor Klempefer, Elie Wiesel, Etty Hillesum) y con base en la evidencia obtenida en cientos de entrevistas, Svetlana Aleksiévich presenta una polifonía, o quizá incluso una sinfonía de voces, creando un crisol en el que se bañan todos los colores. Al multiplicarse los testigos, lo hacen también los testimonios. En su obra, la entrevista es método, y el retrato coral, ejercicio de estilo; de tal suerte que su obra sea piedra de toque para encontrar las extraordinarias posibilidades de la entrevista, no sólo por lo que hace con ella, sino, sobre todo, por cómo lo hace. Según reza una página de Voces de Chernóbil, los suyos son ‘monólogos de sobre qué se puede conversar con un vivo… y con un muerto’.

4 Los archivos históricos, algunos especializados, han permitido su registro, preservación y consulta. De tal suerte que las entrevistas han sido consideradas evidencia histórica, dando pie a interesantes discusiones sobre las normas de documentación y acceso, en la órbita de la American Historial Association y la Oral Historical Association (véase el artículo de Donald Ritchie). En México, el Programa de Historia Oral, la Mediateca y la Fonoteca del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), el Archivo de la Palabra en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), la Asociación Mexicana de Historia Oral (AMHO) y los Talleres de Historia Oral del Instituto Mora destacan entre los esfuerzos pioneros para la preservación de testimonios orales relativos a la tradición, la cultura y la historia en México.

5 Juan Alberto Cedillo tiene formación de historiador. Seducido por la guerra mundial, las mafias, el espionaje y los criminales nazis, ha estudiado la historia de México entre los años 1930 y 1950, así como la historia del tiempo presente. Entre sus libros figuran: Los nazis en México (Debate, 2007), un libro sobre la operación Pastorius y la infiltración nazi al sistema político mexicano durante la segunda guerra mundial; poco después, publicó La cosa nostra en México (1938-1950) (Grijalbo, 2011), donde estudió otra infiltración: la de la mafia que corrompió al gobierno mexicano; y a una bella mujer encargada de todo ello: Victoria Hill. Interesado en conflictos e intrigas, en espías e infiltrados, en guerras y criminales, escribió Eitingon, las operaciones secretas de Stalin en México. (Debate, 2014), así como Hilda Kruger (Debate, 2016), la espía y actriz que sirvió a los nazis. En esa misma línea, actualmente emprende una investigación sobre los criminales de guerra nazis que pudieron haber huido a México, al igual que lo hicieron a otros países de América Latina.

6 Juan Alberto Cedillo, Las guerras ocultas del narco, Grijalbo, México, 2018. En esta obra se analiza la violencia de la guerra del narcotráfico en el noreste mexicano, durante los años 2004-2018, con base en los expedientes desclasificados del Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), los documentos de WikiLeaks y las confesiones de los capos de la droga en las Cortes de Texas, lo cual brinda una nueva perspectiva al origen, consolidación y declive de uno de los cárteles más sanguinarios en los años recientes: el de los Zetas. La entrevista giró en torno al libro y se efectuó el 11 de agosto de 2019 en la Ciudad de México. Aquí se reproducen algunos fragmentos, citados entre comillas o en párrafos, para su análisis.



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