Lombo Montañés: El origen de la aventura: avatares históricos de un comportamiento perdido
Vol. 43, Num. 93, Año. 2022
Recibido: 2020 10 10
Aceptado: 2021 09 30



Por diferentes motivos se marchan los hombres a los confines abandonados del mundo. A algunos los impele solamente el afán de aventuras, otros sienten más intensa sed de saber, los terceros obedecen a la seductora llamada de unas voces quedas, al encanto misterioso de lo desconocido, que los aleja de los senderos rutinarios de la vida cotidiana.

Diario de Shackleton

Introducción

La crisis de las ciencias humanas (Munguía y Beltrán, 2020: 5) atañe también a la Prehistoria. Uno de los retos a los que se enfrenta la disciplina prehistórica es el de diversificar sus discursos en un mundo cada vez complejo. Los estudios literarios (y la literatura) nos abren nuevos caminos en este sentido (Ruiz, 2014; 2017). Las obras literarias nos permiten explicar mejor los datos que nos proporciona la Arqueología. El tema que nos ocupa es, desde el punto de vista arqueológico, muy difícil de tratar. No obstante, la aventura puede rastrearse en los yacimientos de alta montaña (Otte, 1992) o lugares aislados (Bradley, 2014), en donde no hay apenas recursos que justifiquen la presencia de los grupos humanos. ¿Qué hacían nuestros antepasados prehistóricos en estos lugares indómitos? Todo parece indicar que un instinto exploratorio les condujo hasta aquellas tierras lejanas. Es más, los sapiens, y antes de ellos los neandertales y los homínidos, exploraron la superficie de la tierra (Roebroeks et al., 1992), el interior de las cuevas (Leroi-Gourhan, 1984: 282) y el mar (Bednarik, 1999; 2002). Así pues, hay evidencias arqueológicas de prácticas espeleológicas, exploraciones terrestres y marinas, que no pueden explicarse satisfactoriamente sin aludir a motivaciones de tipo aventurero. Parece entonces que existió desde muy temprano una extraña atracción por la lejanía, el peligro o el riesgo, que poco o nada tenía que ver con los beneficios materiales (Otte, 1992: 29-30; Bradley, 2014: 130). Si no, es difícil entender por qué algunas veces nuestros antepasados prehistóricos se jugaron el físico, trepando por un escarpado risco o escalando incluso por paredes verticales para realizar sus pinturas rupestres (Lanau, 2019). La investigadora Paloma Lanau ha documentado magníficos ejemplos de este tipo de proezas pictóricas en las sierras exteriores pirenaicas. El afán por descubrir nuevos puntos de control del territorio, de acumular conocimientos visuales del medio, obedece a un antiguo instinto exploratorio (véase figura 1).

Figura 1

Balcón de Forniellos IV (Aragón, España), en cuyo abrigo (izquierda) se encuentran pinturas rupestres (Lanau, 2019: 30).

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Cuestiones teórico-metodológicas

En cierto modo, en determinados momentos, la literatura ha estado haciendo ciencia y la ciencia ha estado haciendo literatura. De ello se han dado cuenta los críticos literarios y los científicos. Ambas disciplinas han cruzado el límite y unido sus fuerzas en la comprensión del ser humano. Dicho de otro modo, hay algo de científico en lo literario, así como hay algo de literario en lo científico, más incluso de lo que se suele o quiere reconocer. Si, como aconseja Roger Callois (1989: 230), hay que estudiar la novela desde fuera de las letras, lo mismo puede hacerse con la ciencia. Las relaciones entre literatura y ciencia no solo afectan al campo narrativo, sino que tienen repercusiones muy amplias. Con razón, se ha dicho que ambas tienen el poder incluso de definir el sentido de lo real en una época determinada (Levine, 1988: 2). Tal es lo que ocurrió con la obra de Charles Darwin, cuya influencia en los escritores del siglo XIX fue decisiva para la configuración de una teoría social en torno al Hombre y las nuevas realidades urbanas. Esta es una de las muchas razones por las cuales alguien dedicado a la prehistoria puede saltar de una disciplina a otra sin muchas contemplaciones y de forma tan natural como lo haría un saltamontes. De no hacerlo estamos dejando de lado una parcela importante del estudio de lo humano, una para la cual no existe un punto de vista único. La aventura puede entonces estudiarse de este modo, dando saltos, a menudo tropiezos, que permiten adentrarse por caminos difíciles, pero novedosos.

La aventura es una palabra moderna, un concepto mediante el cual pretendemos aludir a un fenómeno que encuentra su base (biológica) en el instinto exploratorio humano. Todos los mamíferos poseen un fuerte impulso exploratorio, pero su desarrollo depende del grado de especialización evolutiva (Morris, 1985: 81). En nuestra especie, el instinto exploratorio es particularmente inagotable, mezcla de curiosidad innata y fascinación por lo desconocido; es también un impulso vital, una especie de gusto por las cosas nuevas. En definitiva, la aventura hunde sus raíces en una conducta exploratoria que tiene dos vertientes: el modo de locomoción bípedo y el modo de percepción, sobre todo visual. Estas son las claves que nos permiten rastrear el sustrato elemental de la aventura, considerándola como un fenómeno que no ha surgido de la nada, sino que por el contrario tiene un valor más allá de lo histórico y cultural, si es que esto es posible. Estos silenciosos ecos conceptuales, especie de embriones o agentes del caos que, como diría Michael Foucault, forman las palabras y las cosas, son perceptibles en las fuerzas que emanan de la naturaleza. La aventura, así entendida, y su concepto, se descomponen, en un sinfín de elementos ligados a los ritmos vitales de la naturaleza y el lenguaje del movimiento. Solo así podemos ligar la aventura de la especie humana a la del primer primate bípedo que se aventuró en un nuevo medio desconocido, o incluso a la del niño pequeño que, andando, comienza su aventura por el mundo. No son simples metáforas, la exploración es un requisito indispensable de la aventura, porque la ha creado a su imagen y semejanza (Gubern, 1988: 2). Sin embargo, aunque toda exploración es, en cierto modo, aventura, no toda aventura es solo exploración. Es decir, el concepto de aventura no se agota ahí, ya no solo porque tiene, es obvio, matices histórico-culturales, con causas y consecuencias muy diversas, sino porque implica una actitud (dinámica: la acción) y unos propósitos prácticamente universales. Efectivamente, la aventura es una válvula de escape para gente inquieta, una especie de ritual iniciático, que permite acumular experiencias (Simmel, 1988: 21). El descubrimiento de algo nuevo es en este sentido fundamental, porque amplía el cúmulo de experiencias esenciales para el grupo. Es más, las experiencias se encuadran dentro de un gran proyecto de comunicación social, cuya trascendencia y magnitud marcarán para siempre el destino de nuestra especie. Los seres humanos hemos estado reuniendo información de diversas partes del mundo en una enciclopedia mundial de la naturaleza y de los animales. De ello dejaron constancia por primera vez nuestros antepasados en las cuevas de arte paleolítico y en los objetos de arte mueble.

El valor de lo inútil

En la actualidad, la aventura es básicamente un negocio, pero en su origen, este instinto explorador fue, en palabras de Desmond Morris, “el más grande ardid de supervivencia de nuestra especie” (Morris, 1985: 86). Pues en vez de aferrarnos a un entorno fijo, exploramos todos los lugares del planeta, adquiriendo así valiosos conocimientos de ecosistemas distintos. Lo hicimos porque éramos una especie indefensa, desprovistos de garras y colmillos; nos vimos obligados a sobrevivir de una manera distinta a todo lo que se había visto hasta entonces en los anales de la evolución. Y es que, cuando nuestros antepasados primates descendieron de los árboles, tuvieron que adecuarse a un nuevo medio altamente desconocido. La tierra era por aquel entonces un lugar inexplorado para el primate bípedo, una auténtica terrae incognitae, plagada de posibilidades y peligros. En este entorno, nuestros parientes australopitecos fueron presas de poderosos depredadores, como el leopardo (Brain, 1981). En esta situación, altamente insegura, el homínido indefenso continuó fomentando sus cualidades exploratorias, reorientándolas y consagrándolas a recabar información sobre el entorno. No eran expertos cazadores, pero con el tiempo lograron competir con los grandes carroñeros por las piezas de carne muertas y no gracias precisamente a su defectuoso olfato, sino a una capacidad nunca antes vista en el reino de la naturaleza. Ningún animal en su sano juicio hubiera dedicado tanto tiempo a vagar, observar y curiosear como lo hicieron los homínidos. Una actitud, si se piensa bien, bastante rara, si no excéntrica, en un mundo en el que se supone prima ante todo la supervivencia física. Este, por así llamarlo, desvío del natural proceder fue una estrategia bastante arriesgada, teniendo en cuenta el gasto considerable de energía y tiempo que requiere una labor en gran medida improductiva, es decir, que no produce beneficios tangibles a simple vista. Lo que queremos decir es que buena parte de la actividad exploratoria estaba destinada a la adquisición de algo (el conocimiento) que a priori parecía una locura: curiosear, explorar, entretenerse demasiado tiempo en observar las cosas no parecía proporcinar nada que se pudiera comer o beber inmediatamente. No cabe duda de que los homínidos se especializaron en esta clase de actividades que en principio parecían una gran pérdida de tiempo, pero que a la larga significará un giro brutal en el devenir de nuestra especie y romperá de manera tajante el equilibrio entre los seres vivos del planeta. Ninguna otra especie animal estaba preparada para enfrentarse a lo que se le avecinaba, el grado de control y manipulación de la naturaleza que habían alcanzado los homínidos era algo sin duda nuevo contra lo que nadie podía luchar. Con el tiempo, esta especie aventurera había adquirido conocimientos suficientes como para controlar los recursos de un territorio bastante amplio y elaborar sus propios instrumentos líticos, a partir de materias primas cuyas cualidades conocían a la perfección. Recorrían distancias considerables para obtener materiales como la obsidiana para fabricar sus herramientas (Mussi, 2020). Nuestros antepasados homínidos empezaron a comprender que ciertas situaciones podían preverse en la naturaleza leyendo cada una de sus señales, como si fuera un libro; podían saber lo que ninguna otra especie había sabido antes. Una ventaja que en principio parecía natural, era el fruto de una elaborada experiencia aventurera.

Pero cada momento histórico ha adecuado la aventura a sus necesidades. El sapiens del siglo XXI hace colas en PortAventura o en la cumbre del Everest,1 para sentir emociones ligadas al fenómeno aventurero. El éxito de estas y otras innumerables actividades programadas como “aventuras” muestra lo arraigadas que están estas emociones en ser humano. En las ciudades modernas surgen nómadas sin cesar, paseantes que, como dice Herman Melville, caminan por el puerto con la mirada fija en el océano. Con razón se ha dicho que los urbanitas sienten la necesidad de comprender el espacio urbano en el que habitan y que esa comprensión del entorno lleva consigo una forma de movimiento (Lindón, 2017: 110). La investigadora Alicia Lindón observa la creación de toda una geografía imaginaria de la ciudad, con base en emociones, recuerdos y sueños, espacios de lo imaginario, parecidas a las descritas por Italo Calvino. Lo mismo sucede en las comunidades tribales que viven en entornos naturales y tratan de comprender el ambiente que las envuelve, razón por la cual pintan en zonas señaladas del paisaje, en lugares cuya ubicación es sencillamente espectacular (Lanau y Bea, 2016: 160). Estos artistas eran unos magníficos escaladores, que sin duda apreciaban las vistas que les proporcionaban las alturas. Es tentador pensar que este ánimo sigue motivando a muchos alpinistas que suben sin razón aparente a lo más alto de las cumbres. El fenómeno no es ni mucho menos un capricho de nuestro tiempo, sino más bien una pervivencia de nuestro pasado. Los neandertales subieron a cotas de dos mil metros de altitud sin tener ningún motivo aparente (Otte, 1992: 29). El deseo de explorar nuevas tierras, de ver lo que hay detrás de cada montaña se conoce como el “síndrome del Everest” (Mithen, 2007: 241). No todos sienten el irresistible deseo de saber qué hay detrás de un muro o más allá de una colina. En la ciudad, la dialéctica entre nomadismo y sedentarismo es invisible (Maffesoli, 2006: 102-103), pero intensa. El protagonista de Moby Dick es un hipocondriaco, que siente irresistibles deseos de salir a la calle a quitarle a la gente los sombreros de la cabeza. Ismael encuentra en la aventura una solución a este mal melancólico de las ciudades. Lo mismo hace Bruce Chatwin, para quien viajar contribuye al bienestar físico y moral (Chatwin, 1991: 240). En todos los lugares, en todas las épocas surgen personas para quienes los programas de integración urbana son un auténtico lastre, caminantes inconformistas incapaces de soportar los modelos espaciales de la vida sedentaria. No son enfermos, ni tampoco están locos, aunque vaguen sin duda perdidos por las calles como hormigas sin hormiguero, en busca de unas raíces cuyas huellas ha borrado el asfalto hace tiempo.

Apuntes desde el bipedismo

Hace unos cuatro millones de años o más que nuestros parientes australopitecos adoptaron el modo de locomoción bípedo. La marcha pedestre (caminar y correr) es un medio ideal para recorrer largas distancias sin cansarse demasiado. Los corredores humanos pueden superar a los perros y a los caballos en distancias extremadamente largas, sobre todo en medios calurosos, debido a la ausencia de pelo, pero también gracias a que la posición bípeda facilita la disipación del calor (Lieberman et al., 2009). Lieberman y Bramble creen que hace dos millones de años nuestros parientes homínidos desarrollaron una inusual capacidad de resistencia para viajar a largas distancias (Bramble y Lieberman, 2004). El desarrollo de esta, como diría Marcel Mauss, “técnica corporal” para recorrer largas distancias debe estar inevitablemente relacionado con el instinto explorador. Ahora bien, nuestra conducta exploradora se vio modificada por la nueva posición. Pues el homínido erguido podía ahora alzar la vista. Esto debió suponer un cambio en la percepción visual del espacio, pues la nueva ubicación de la cabeza permitía mirar al lejano horizonte. Además, los cambios climáticos redujeron paulatinamente los arboles aumentando la profundidad del espacio. Nuestra percepción visual se adaptó al paisaje estepario para calcular distancias y en menor medida el movimiento. El bipedismo, como es bien sabido, nos dejó las manos libres para hacer cosas. Lo que la mano le debe al pie es lo que no suele decir nunca. Sin ellos, las manos no hubieran hecho nunca gran cosa. Los pies de los homínidos se trasformaron, dejaron de ser prensiles y se especializaron en el arte de andar. En Laetoli (Tanzania), las huellas de uno de estos andarines bípedos quedaron fosilizadas sobre la toba volcánica (véase figura 2 A). Tres millones de años y medio después, un aventurero espacial llamado Neil Armstrong hizo lo propio sobre la superficie de la Luna. Si solo tuvo que dar un pequeño paso, fue gracias a millones de años de evolución. El pie humano es como el ala del ave, una maravilla de la dinámica, una obra maestra de la ingeniería orgánica, una pieza perfectamente ajustada al engranaje perceptivo humano. Andando, los homínidos descubrieron los pequeños objetos que descansan sobre la superficie terrestre. Sabemos que buscaron, recogieron y coleccionaron piedras de formas y colores llamativos e incluso fósiles (Oakley, 1971). Nadie ha expresado tan bien como Virginia Woolf el impulso y el significado profundo que lleva a un niño a recoger una piedra en un camino. Su relato “Objetos sólidos” expresa magníficamente bien la fascinación que ejercen los objetos que se encuentran caminando. Con razón se ha considerado la adopción del bipedismo como uno de los acontecimientos más importantes de nuestra historia evolutiva.

Figura 2
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Es por lo tanto un error pensar que caminar es una actividad meramente mecánica. Es más, incluso se puede afirmar que esta insólita manera de desplazarse era, entre otras cosas, un modo de exploración, y, en definitiva, una manera de adquirir conocimientos sobre el entorno. El bipedismo puede parecer un rasgo natural, pero no lo es. Nuestro primer sistema de locomoción es el gateo cuadrúpedo. Andar no es cosa fácil, se debe enseñar a los niños. Como afirma Pierre Grassé, los niños australopitecos también tuvieron que aprender a andar (Makinistian, 1997: 95). El hecho de que parezca algo con lo que se nace ha dado lugar a menospreciar sus consecuencias socioculturales. Por otro lado, no aprendemos a andar para estar quietos, pues los seres humanos no pueden soportar estar mucho tiempo de pie sin tener serios problemas. El bipedismo es una facultad móvil que nos ha permitido llegar a todos los rincones del planeta.

Exploraciones terrestres: la Gran Aventura

Sin duda alguna, la salida de África producida hace menos de dos millones de años puede considerarse como una de las grandes aventuras de la especie humana. Aún no se conocen las causas o motivaciones que nos impulsaron a salir del continente en el que habíamos permanecido miles de millones de años. Algunos autores creen que los homínidos acosados por plagas de microparásitos se vieron impulsados a migrar hacia nuevos territorios (Bar-Josef y Belfer-Cohen, 2001: 21-22). Sea cual sea el detonante esencial que impulsó esa dispersión, no se puede olvidar el afán aventurero como una posible motivación más a tener en cuenta.

El viaje siempre ha suscitado recuerdos, fórmulas para recordar caminos, lugares y sucesos. Las hazañas siempre han sido dignas de contarse y exagerarse. Lo desconocido es imaginado. Lo explorado es expresado o contado. Los homínidos que por primera vez salieron de África tenían ya una experiencia viajera considerable. Hace más de dos y medio millones de años, los homínidos de Olduvai recorrieron largas distancias en busca de materias primas y alimentos. Algunos autores piensan que tales exploraciones mejoraron nuestra “cognición prospectiva”, fundamental para el desarrollo de la comunicación simbólica (Gärdenfors y Osvath, 2010; Corballis, 2013: 3). Efectivamente, había que encontrar un medio para expresar estas experiencias y mantener las numerosas informaciones recabadas en las exploraciones. Los homínidos usaron su sistema comunicativo para compartir experiencias del entorno. Así surgen las primeras historias, narradas mediante señales, gestos y sonidos. La narración, como bien afirma Michael Tomasello, tiene unas raíces evolutivas (Tomasello, 2013: 227). No es ni mucho menos exagerado decir que nuestros antepasados homínidos fundaron los cimientos de una narrativa. Ellos asentaron las bases para ubicar sucesos en el tiempo y en el espacio. Creando así un terreno conceptual común, o una gramática universal capaz de trasmitir información centrada en la cooperación altruista (Tomasello, 2013: 233, 234). Muy pronto fueron capaces de revivir mentalmente eventos pasados. Según Michael Corballis (2013), la capacidad de viajar en el tiempo mental es intrínsecamente humana y tuvo que haberse desarrollado muy tempranamente. Se ha estimado que nuestra mente pasa casi la mitad de nuestro tiempo de vigilia vagando. Estar en Babia es una cualidad humana. Una gran parte de esos pensamientos errantes son recuerdos. Un componente de la mente errante es la memoria.

Todas las comunidades sin escritura poseen historias diversas o mitos que narran sucesos que ocurrieron en el pasado y están muy ligados al territorio en el que habitan. Jean-Loïc Le Quellec ha analizado la distribución geográfica y los diversos tipos de mitos sobre el origen de la Humanidad que existen en los cinco continentes (Le Quellec, 2015). En su estudio afirma que existe un tipo de mito que destaca por su abundancia y localización en África. El investigador cree que este mito es uno de los más antiguos, posiblemente se trate de un mitema o relato fundador, transmitido por los primeros homo sapiens a su salida de África (Le Quellec, 2015: 244; 2020). Lo llama el mito de “Emergencia Primordial”, porque habla sobre los primeros humanos y animales que habitaron la tierra, saliendo de una cueva. Lo que le hace pensar que, de alguna forma, una de estas versiones debió de tener algo que ver con las pinturas rupestres cavernarias del periodo paleolítico (Le Quellec, 2015: 260). Estos grupos continuaron relatando este mito a lo largo de su periplo, que finalmente los condujo a América (Le Quellec, 2017).

Marineros del Pleistoceno:¿exploraciones marinas?

Para el primate bípedo, el universo acuático es un lugar extraño. El caminante homínido es un intruso en este medio. El océano tiene sus propias leyes, su propio origen desde el principio de los tiempos. En su superficie no hay nada parecido a lo que hay en la tierra, todo vive abajo, allí donde es imposible sumergirse. Los primeros humanos tuvieron que tener claro que este era un espacio no apto para ellos. Un lugar de tránsito en el que no es posible quedarse. La propiedad acuática natural oscila entre el transporte (con una propensión a perderse) y el hundimiento. El océano tiene un temperamento que pasa de la ira a la calma en muy poco tiempo. Por su profundidad es un medio peligroso en el que habitan los seres más monstruosos que la imaginación ha ideado jamás.2 Somos una especie terrestre y el miedo a que el agua invada nuestro dominio ha quedado plasmado en los diluvios de muchas mitologías. Pero su inmensidad es seductora, una invitación a lo desconocido, a los confines del mundo, al más allá. Nadie mejor que Melville ha sabido expresar este extraño influjo. La atracción por el agua, los pantanos, ríos, mares y océanos es prácticamente universal. Desde tierra el mar atrae, pero son pocos los que atreven a introducirse en sus profundidades. Y cuando lo hacen, el carácter les cambia. Se convierten en personas rudas, pero alegres. Una extraña filosofía aventurera parece brotar de la vida en el mar. Las experiencias marinas han forjado una personalidad que se ha convertido en un tópico literario. Así lo describe Melville en capítulo XLVIII de Moby Dick, titulado “la hiena”. En los instantes críticos, ante el inminente peligro de la muerte, el marinero no se desanima. No le está permitido dejarse arrastrar por la tragedia, incluso la considera una gran broma. La aventura es una lucha contra el drama existencial mismo, un intento de encarnar a dios.

El mar es sinónimo de aventura. Los homo erectus colonizaron las islas de Indonesia hace unos 800 000 años (Bednarik, 1999: 559). Sus restos se encuentran en las islas al este de Bali, nunca conectadas por tierra a Asia o Australia. La única manera de llegar allí es en embarcaciones. Estos barcos son la prueba de la existencia de una tecnología marítima y el resultado de conocimientos sobre los vientos, las olas y las corrientes marinas (Bednarik, 1999: 560). ¿Cuál fue el motivo que los impulsó a lanzarse al mar? Es muy difícil no ver en ello cierto carácter aventurero. Lo expresa de otra forma Robert G. Bednarik, cuando afirma que por primera vez en la historia humana nuestros antepasados se pusieron en manos del destino (Bednarik, 1999: 560). Efectivamente, la palabra aventura, del latín adventura, implica en cierta forma la incertidumbre de lo que ha de venir. Las aventuras son una puerta abierta al futuro.

Viajes al centro de la tierra: exploraciones subterráneas

Penetrar en una cueva es, como bien descubrió Julio Verne, un viaje al pasado. En su interior, la antigüedad geológica se percibe de forma imponente. No solo eso, la oscuridad y el silencio crean un ambiente específico en el que es muy fácil perder la noción del tiempo (Casteret, 1961: 17). Porque este silencio y esta oscuridad son absolutos y no se parecen en nada a los del mundo exterior. Por lo tanto, una estancia prolongada en una caverna puede tener efectos desorientadores para un inquilino inexperto. En resumen, una cueva es un lugar peligroso en donde es muy posible extraviarse. Sin embargo, los neandertales y los sapiens no temieron adentrarse en sus partes más profundas e inaccesibles (Casteret, 1961: 20; Leroi-Gourhan, 1984: 297). Lo hicieron mucho antes que el profesor Lidenbrock y con lámparas con una capacidad lumínica algo menor que una vela. Por estas razones, Leroi-Gourhan consideraba las incursiones espeleológicas de neandertales y sapiens como auténticas “aventuras subterráneas” (Leroi-Gourhan, 1984: 282). Es más, este nuevo entorno de exploración requiere el dominio de una serie de movimientos y posturas corporales de no fácil aprendizaje (Fernández-Sánchez, 2017). Las cuevas se recorren pocas veces en posición erguida; dependiendo de la altura del techo, se debe transitar agachado, a gatas o reptando. Tendemos a despreciar este tipo de habilidades por considerarlas de índole física; pero son técnicas que requieren un conocimiento profundo del medio. Además, los exploradores idearon un sistema de iluminación complejo, con distintas técnicas (Medina y Romero, 2011). También usaron indicadores topográficos en forma de puntos que pintaban en zonas concretas de la caverna (Balbín et al., 2005: 668). Todos estos datos indican que la exploración subterránea fue un caudal importante de conocimientos para la cultura sapiens.

Las cuevas no eran espacios terribles en los que se daba rienda suelta a la superstición y la magia; eran más bien lugares donde la imaginación cobraba vida. Los sapiens no se limitaron a explorar el nuevo espacio subterráneo, sino que lo transformaron. Buscaron formas de expresar sus experiencias en la caverna. Se hicie-ron escenógrafos, arquitectos, y finalmente pintores (Pigeaud, 2018: 108). En estos lugares nacieron las imágenes, muchas de las cuales debieron estar inspiradas en los relatos orales.

Nómadas

Con el tiempo, el primate bípedo hizo de su sistema de exploración un modo de vida basado en el movimiento. La movilidad no solo define el modelo económico de las sociedades cazadoras-recolectoras, sino también su ética, su arte, su forma de relacionarse con el mundo (Aubry et al., 2020: 53). El nomadismo no es un estadio evolutivo, no progresa a un estadio superior agrícola. Los aborígenes australianos, por ejemplo, no necesitan la agricultura, ni convertirse en agricultores, por la sencilla razón de que los animales y las plantas de Australia no se prestan bien a la domesticación. Es, por lo tanto, un error creer que la agricultura es un paso evolutivo de la Humanidad (Lorblanchet, 1978: 142). Al contrario de lo que suelen creer los evolucionistas, el nomadismo no es un paso a la civilización, sino un alejamiento de ella (Chatwin, 1991: 246). Lo mismo ocurre con los llamados “pueblos sin escritura”, que más bien son pueblos que no necesitan la escritura; es decir, prefieren usar el método oral para transmitir sus conocimientos (Le Quellec, 2017: 63). Y aunque no escribieron ni una sola letra, eran grandes narradores. Poseían diversos géneros de la expresión oral y manejaban con gran habilidad los medios de la expresión visual. Los inuits (esquimales), por ejemplo, utilizaron la narración secuencial en imágenes para recordar la historia de un viaje (Anatti, 2017: 10, fig. 1). El arte paleolítico también tiene una indudable dimensión narrativa. Para Norbert Aujoulat, Lascaux era el libro de las primeras mitologías (Aujoulat, 2004). Las cuevas rupestres son enormes bibliotecas que conservan las imágenes más antiguas del mundo. La narrativa paleolítica es demasiado compleja como para poder resumirla en un artículo, pero es absolutamente moderna. No se trata de una estética aparte, como pensó Georg Lukács (1965: 113-115); el arte paleolítico no es solo una expresión meramente simbólica, ni es el producto exclusivo de una funcionalidad mágica. Es más, una temática importante del arte paleolítico es profundamente cotidiana (Barandiarán, 2017). Caballos en actitud de pastar, ciervos que parecen cruzar un río, renos que braman…, en Limeuil fue representado con increíble verosimilitud un zorro durmiendo (Tosello y Fritz, 2013: 52). El naturalismo de tales representaciones es llamativo; estamos ante el origen de una estética visual que pocas veces se reconoce.

A Huellas de un Australopithecus afarensis procedentes del yacimiento de Laetoli (3.7 m. a.), según Mary Leakley y Paul Abell. A-F Arte paleolítico. B Pie grabado sobre un hueso de Mas d’Azil (Chollot-Varagnac, 1980: 379). C Signos pintados en rojo con ¿unos pies?, de la cueva de La Pasiega (Breuil et al., 1913: 36, fig. 20). D Contorno recortado en “planta de pie” de Kniegrotte (Barandiarán, 2006: lámina 26). E-F ¿Viajeros, migrantes? E Detalle de un humano ¿caminante? con un objeto quizás un palo al hombro, grabado sobre un bastón de La Madeleine (Sanchidrían, 2001: 190, fig. 72. B. 1). F Una fila de humanos que podrían representar un cuento o un mito, ¿en relación con algún desplazamiento? (Bosinski, 2011: 53). Arte levantino. Humanos marchando o corriendo de Val del Charco y El Cerrao (Utrilla y Bea, 2015: 131, fig. 2 . 2 , 3, 6 y 7). H Arte rupestre de los aborígenes australianos de Jabiluka (May et al., 2017: 69, fig. 1 y 71, detalle de fig. 3).

Figura 3

A Figura humana sentada sobre un taburete con las manos apoyadas en las mejillas, procedente de la necrópolis de Cernavoda (Gimbutas, 1991: figs. 248 y 250). B Figura humana sedente en similar posición procedente de Tirpeşti (Moldavia), alrededor del año 5000 a. C. (Gimbutas, 1991: figs. 251 y 252).

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Basándose en la observación de la naturaleza, los artistas paleolíticos crearon un estilo visual muy parecido a lo que los novelistas del siglo XIX llamaron realismo o naturalismo (Man-Estier y Paillet, 2013: 74). Intentaron reproducir el movimiento de los animales en imágenes; no en vano eran nómadas. Para ellos el movimiento era una forma de sentir y de vivir. Emmanuel Anatti incluso cree que el tema del viaje o la migración podía haber sido un tema popular en la imaginería paleolítica (Anatti, 2017: 18). Interpreta como “viajeros” unas grafías humanas grabadas en La Madeleine y Les Eyzies en donde se narran historias de viajes o migraciones (figuras 2 E y F). Las historias de migraciones, mitos de los orígenes y narrativas del éxodo hacia tierras prometidas forman parte de los relatos tradicionales previos al Antiguo Testamento (Anatti, 2017: 18). Los grupos nómadas necesitan familiarizarse con los nuevos entornos y recordar los sitios que han frecuentado anteriormente (Descola, 2004: 18). Las experiencias acumuladas por sus antepasados en sus desplazamientos se han convertido en historias que sirven de recordatorio. En el arte levantino hay claras representaciones de gentes viajando, caminando o corriendo. En el abrigo de Centelles, por ejemplo, se representa un grupo humano desplazándose con sus enseres (Villaverde, 2005: 211; López-Montalvo, 2013: 49). Las figuras humanas a la carrera, que aparecen con relativa frecuencia en los abrigos rupestres del Bajo Aragón, sugieren la idea de un desplazamiento generalizado, quizás la narración de un hecho histórico (Utrilla y Bea, 2015: 141). En el arte australiano también hay representaciones de figuras humanas corriendo, algunas de ellas persiguen las huellas de los animales, pero otras se muestran corriendo sin más referente que su propio dinamismo (May et al., 2017: 72). Algo parecido afirma Manuel Bea cuando describe ciertos antropomorfos a la carrera del arte levantino aragonés, que “tan solo parecen desplazarse” (Bea, 2018: 237). Es decir, en algunos casos el acto de andar o correr parece ser un motivo de representación en sí mismo.

Sedentarios

En Europa aparecen hace aproximadamente cinco mil años todo tipo de utensilios para sentarse: taburetes, trípodes y, por supuesto, el trono. Incluso, sentarse será una posición, casi un antimovimiento, que distinguirá a las personas, sobre todo a los reyes y a los dioses. Estas figuras sedentes apenas mueven los pies, están prácticamente unidas al mobiliario. Me parece un lenguaje corporal bastante explícito, la inmovilidad es un rasgo que define muchas dinastías de todo el mundo (Augé, 1993: 68). No solo eso, en una tumba de la necrópolis de Cernavoda (Rumania) se encontró una figura de un hombre sentado con las manos apoyadas sobre las mejillas, que Marija Gimbutas bautizó con el nombre de “dios triste” de Hamangia (Gimbutas, 1991: 266). Pero la posición de esta y otras figuras sedentes, como el denominado “dios triste” de Tirpeşti (Gimbutas, 1991: 267), no es tanto la de la tristeza como la del aburrimiento (figuras 3 A y B).

El sedentarismo, que implica permanecer toda o gran parte de la vida en un mismo sitio, trajo consigo un estilo de vida mucho más monótono. La domesticación de animales y plantas redujo el impulso explorador en favor del explotador. La tierra ya no es un lugar tanto para ser recorrido como para ser explotado. En las magníficas representaciones artísticas de Mont Bégo se grabaron por primera vez lo que parecen ser las parcelas de los campos (Barbaza et al., 2017: 379). También en el arte de la Val Camonica se graban las propiedades agrarias y las casas, junto con puñales, alabardas y otros objetos de prestigio (Barbaza et al., 2017: 380). Las casas se hacen con paredes que se fijan al suelo, los terrenos se cubren de vallas, los poblados se rodean de murallas. Comienza a constituirse una realidad distinta, basada en los conceptos de prestigio y propiedad. En tan solo dos milenios se fijan las bases de un modo de vida que al principio parecía ventajoso, pero que acabó convirtiéndose en una “trampa” (Harari, 2014: 102).3 El hambre, las enfermedades víricas y, por supuesto, la guerra, son tan solo tres de los males con los que el ser humano ha tenido que lidiar desde entonces. Somos una especie cada vez más confinada. No sé si el término es adecuado, pero así lo han expresado algunos autores (Demoule, 2020). Los esquimales se volvían literalmente locos en los periodos que estaban obligados a estarse quietos; las tribus nómadas morían de tristeza en las cárceles del hombre blanco. Esto es algo que la cultura sedentaria, adaptada durante milenios a sus lugares cerrados, no entiende. El aire libre es el fundamento de la vida nómada, mientras que el aire acondicionado lo es de los sedentarios. Para Albert Lamorisse la historia del viento es la historia de los pueblos nómadas (Le ballon rouge, 1956). El viento no puede domesticarse, es una fuerza vivificante que amenaza con derribar todo lo que no puede moverse. Así es como en el cuento infantil, el lobo salvaje amenaza con destruir el hogar de los tres cerditos domésticos. El miedo se apodera del ser humano cuando empieza a fijar las viviendas al suelo. La seguridad se ha convertido en nuestro destino, advierte Jean Baudillard, nos hemos trasformado en “especies demasiado protegidas, que mueren de seguridad en la domesticación” (Baudillard, 1981: 145). Se puede añadir que ahora los cerditos viven en bunkers4 y tienen ametralladoras. En el cuento posmoderno, nunca escrito, a esas casas le salen ruedas y se llaman coches. La historia comienza a principios del siglo XIX, cuando empiezan a construirse caminos de raíles que cruzan el continente norteamericano y unen ciudades que ni siquiera existían (Schivelbusch, 1986). En su viaje en tren por los Estados Unidos, Phileas Fogg mata a unos cuantos indios sioux, que son presentados como payasos o monos. No en balde Fogg es descrito por Verne como el hombre más sedentario del Reino Unido. La afirmación puede resultar paradójica si se tiene en cuenta que Fogg es un viajero que está dando la vuelta al mundo, pero no lo es. Poco antes de iniciar su particular aventura, advierte a su criado que “andaremos poco o nada”. El genial novelista francés nos aclara, en el capítulo XI de La vuelta al mundo en 80 días, que Fogg en realidad no viaja, simplemente trazaba una circunferencia. Era un cuerpo recorriendo la órbita alrededor del globo según las leyes de la mecánica racional. En efecto, Fogg realiza buena parte de su trayecto sin moverse, mientras come, bebe y juega cómodamente a las cartas en el vagón de un tren. Cabe recalcar, aunque parezca obvio, que el pasajero del tren no se mueve, sino que es trasportado como una maleta a un destino fijo, sin la libertad de variar de rumbo aunque quiera. Además, el pasajero se encuentra en un entorno insonorizado y protegido. Una parte fundamental de este nuevo instrumento de viaje era la ventana, desde la cual se podía observar a cierta distancia el exterior (Berrocal, 2017: 31). En resumen, el nuevo viajero transportado por la maquina era un ser inmóvil, sordo y distante al paisaje que se exhibe a través del cristal de una ventana. El tren inaugura un modo particular de viajar que hoy conocemos con el nombre de turismo. El turista es un sedentario nato, el más firme heredero de uno de los mayores sistemas de depredación inventado por el hombre.

Hipersedentarios

La última frase del apartado anterior se basa en las apreciaciones de Susan Sontag acerca del uso de las cámaras fotográficas como un medio de apropiación de lo fotografiado (Sontag, 2009: 24). Los fotógrafos de los safaris hacen en realidad como los cazadores, tratan de disecar el movimiento en una imagen fija. Por esa razón, a los pueblos nómadas nunca les gustaron las fotos.5 A los sedentarios, sin embargo, les encanta idear todo tipo de prisiones para que las cosas no se muevan. El invento de la jaula, la pecera o el zoo merecería ser investigado a fondo como uno de los traumas psicológicos de las civilizaciones sedentarias. El poder de capturar esos movimientos para el deleite de la vista parece a veces una manera de disipar la incapacidad humana de volar o nadar indefinidamente. Los pueblos nómadas no pudieron librarse de este tipo de exhibiciones, sobre todo una de las culturas más alegres y pacificas que han existido en la faz de la Tierra, como los pigmeos (Turnbull, 1965: 289). El caso más conocido quizás es el de Ota Benga, que fue exhibido en una jaula junto a un orangután en el zoo de Nueva York a principios de siglo XX (Verner y Blume, 1992). O el de Saarrtjie Baartman, la famosa “Venus hotentota”, cuyo cuerpo fue conservado como si se tratara de un animal disecado (Holmes, 2006). Es la moral del taxidermista, que trata de detener el movimiento y la naturaleza para observarla.

Estoy de acuerdo con Lewis Mumford cuando afirma que el mayor invento del hombre es el Hombre mismo (Mumford, 1948: 16). Pero el Hombre que hoy conocemos fue creado a imagen y semejanza de un dios hogareño. Fueron los griegos quienes lo inventaron. Ellos caracterizaron la “civilización” tal y como hoy la conocemos, y lo hicieron a partir de su propia sociedad (Bestard y Contreras, 1987: 57). Se consideraban a sí mismos como una humanidad distinta a la de los pueblos nómadas que no cultivaban. Por esta razón, consideraban el movimiento del corredor como un rasgo típico de primitivismo o salvajismo. Así, Hesíodo describió a los etíopes trogloditas como los corredores más rápidos del mundo (Historia IV, 183, 4) y Plinio el Viejo hablaba de la asombrosa velocidad de los trogloditas (Historia natural VI, 34, 176). Lo cual no quiere decir que no fueran buenos corredores; de hecho, algunos pueblos nómadas suelen serlo. También el conquistador español Cabeza de Vaca menciona en sus crónicas que los indios de la ribera del río Paraguay cazan venablos corriendo (Comentarios, capítulo XIX). El mismo sistema de caza practicaban los tarahumaras, que tienen fama de ser los corredores más resistentes del mundo. Sobre ellos escribió Antonin Artaud un bello libro, en el que veía a los tarahumaras como auténticos filósofos del movimiento y la naturaleza. Se quejaba de que los tarahumaras no fueran considerados como una civilización solo porque despreciaran los lujos y las comodidades que esta parece dispensarnos. Su fuerza, nos aclara el autor, reside en que no temen a la muerte física, ni creen que la fatiga sea algo que haya que evitar, al revés, es un estado que ellos buscan constantemente (Artaud, 1972: 74-75). El sedentario no puede comprender estos modos de vida e intenta ubicarlos en su concepto del deporte. Convertir a los tarahumaras en deportistas es un ejemplo de cómo nuestro sistema se apropia de cosas ajenas y las trasforma para darles un sentido que nunca tuvieron. Da igual de lo que se trate, el resultado es siempre el mismo, un universo disecado que repite siempre el mismo estribillo. Los nuevos héroes culturales delatan los ideales de un mundo psicológicamente cauterizado en el hábito hipersedentario. Por ejemplo, el carácter de un personaje de enorme éxito, como Homer Simpson, comparable con el de su homólogo Pedro Picapiedra, solo se entiende dentro de un mundo cuyos ideales de felicidad se identifican con la inmovilidad y la glotonería. Es curioso contrastar la personalidad pasiva de estos nuevos mitos del dibujo animado con el ferviente dinamismo de los cartones de Bugs Bunny o el propio Correcaminos. Estos animales antropomorfizados evocaban en cierta medida la vitalidad de los héroes culturales de las tradiciones orales de los pueblos nómadas. El Coyote, por ejemplo, de las mitologías de las comunidades nómadas de Norteamérica es descrito por Lévi-Strauss como un personaje errante y alegre (Lévi-Strauss, 1979: 254). Los niños poseían, hasta hace poco, un folklore muy semejante al de las tradiciones antiguas (Gaignebet, 1986: 231-233) y vivir aventuras era para ellos poco más o menos que un ideal.

Reflexiones finales

Una aventura es un viaje, un viaje es una aventura. Ahora bien, existen formas distintas de viajar sin moverse, que condicionan el fenómeno de la aventura. Se puede incluso decir que, gracias a la imaginación, el recuerdo o los sueños, no es necesario moverse del sitio para vivir una aventura. Pero las capacidades cognitivas que hacen posible este tipo de aventuras se han desarrollado en el seno de la exploración física. Dicho de otro modo, solemos olvidar el mérito del homínido viajero, que hizo de la exploración un modo de aprendizaje y una forma de conocimiento.

Hubo un arte, anterior a todo arte, una técnica, la de andar, que conquistó el mundo. Andando se activó la imaginación y la inteligencia. Con el debido respeto por Descartes, debería decirse ambulo, ergo sunt. Pues han sido los pies los que han recorrido la tierra entera en busca de cosas nuevas que ver, sentir y describir. Máquinas incansables todo terreno; no hay apenas un medio al que no puedan adaptarse, ni una parte del mundo lo suficientemente lejana para sus huellas. Son los primeros en llegar a todos los sitios, ya sea en la Tierra o en la Luna. Ellos hacen reales nuestros sueños, nos garantizan la realidad de lo que parecía inalcanzable. Si ver es creer, pisar es sentir que los sueños pueden realizarse. Caminando alcanzamos sueños imposibles, pero también desarrollamos las bases de un pensamiento objetivo. Íbamos tras el gran mundo que se abría ante nuestros ojos, mientras lo escrutábamos detenidamente. Trazábamos una línea imaginaria en el horizonte, allá donde nace el sol y el océano parece no terminar nunca, para luego recorrerla atentamente. No caminábamos por caminar, sino para explorar. Así se gestaron dos de los principios básicos de la percepción de la realidad, como son la observación y la descripción. Observábamos de una forma parecida a como lo hacemos hoy, para obtener y recabar información sobre el medio, es decir, para obtener conocimiento. La capacidad para predecir acontecimientos y desentrañar las leyes de la naturaleza nos había proporcionado una inusitada ventaja adaptativa. No cabe la menor duda, había nacido un mecanismo de control poderoso cuyo impulso en el curso de los acontecimientos será imparable.

Somos una especie aventurera que se ha quedado sin aventuras, caminantes que no hacen caminos al andar. Hemos cercado el mundo y construido una civilización en torno a un muro. Su presencia arqueológica es constante a partir de Neolítico, construidos a veces en lo más alto de las montañas o en el borde de un precipicio. Se diría que temen que algo llegue de fuera, pero puede también que les guste estar dentro. Todo muro tiene dos caras. Por un lado no deja entrar, pero por otro no deja salir. Los que han nacido en el interior de un muro han segregado un miedo irracional a las bestias, a los dragones, a las gentes sin tierras y a los lugares infinitos. Un imaginario tan atrayente como temido. Todavía no se ha medido con exactitud el alcance de tal trauma en la cultura humana. Ya en los primeros textos conservados de la historia podemos observar esa extraña añoranza de Gilgamesh, por los muros de su ciudad. Este héroe urbano viajó a lugares ignotos en busca de la ansiada inmortalidad; pero tenía un muro en la cabeza. Efectivamente, las peores murallas son las que se instalan en la mente, como las del sargento Tronk, el personaje del Desierto de los Tártaros de Dino Buzzati, que lleva 22 años encerrado en la Fortaleza Bastiani y se ha convertido en un obseso del reglamento. El muro, visto desde fuera, desde el desierto tártaro, es una prisión de normas y reglas. Seguros, pero cautivos, los habitantes del interior de un muro adquieren las cualidades de una muralla, transformándose ellos mismos en guardianes. Amantes de la seguridad, prisioneros de la comodidad, tratan de preservar sus cuerpos en cautividad, como si fueran momias enterradas bajo las pirámides. Temen la muerte, cuyo ritmo incesante, el tiempo, parece trascurrir más de prisa fuera, en el desierto.

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Notas

1 Recogemos la referencia del Everest del trabajo de Fernando Romo (2020: 33).

2 Monstruos de las profundidades marinas como el aijé de los bororo (Lévi-Strauss, 1988: 254), o, en definitiva, los leviatanes.

3 La trampa reside básicamente en la capacidad que tiene la agricultura para mantener a más gente en peores condiciones de vida (Harari, 2014: 101). El mencionado autor resume bien todo el proceso (Harari, 2014: 95-116).

4 El término lo hemos recogido de Alicia Lindón (2006).

5 El miedo supersticioso que siempre se ha atribuido a los pueblos indígenas a ser fotografiados es un mito occidental (Mirzoeff, 2003: 202-203).



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