Portal Ariosa: Giglia, Ángela (coordinadora), Renovación urbana, modos de habitar y desigualdad en la Ciudad de México
Vol. 40, Num. 86, Año. 2019


El volumen titulado Renovación urbana, modos de habitar y desigualdad en la Ciudad de México es un esfuerzo colectivo que coordina Ángela Giglia. Contiene diez capítulos organizados en dos grandes secciones.

Si bien podemos decir que su contenido y la forma en que se organiza es resultado de la dinámica de trabajo entre Ángela y los autores, quiero destacar que este es uno de los cuatro libros resultado de una investigación más amplia dentro del marco del proyecto Ciudad global, procesos locales: conflictos urbanos y estrategias socioculturales en la construcción del sentido de pertenencia y del territorio en la Ciudad de México, financiado por el Conacyt, en el cual participaron ocho investigadores de diversas instituciones nacionales como la Universidad Autónoma Metropolitana, la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social y el Instituto Nacional de Antropología e Historia, y que cuyos resultados han dado origen a una nueva colección sobre Ciudad y Ciudadanía, en el Departamento de Antropología de la UAM-Iztapalapa.

Esta colección se distingue no solo por la temática, sino por el diseño de sus portadas basadas en obras de un joven pintor mexicano, Carlos Frank, que realizó en 2005 una serie denominada Puntos Cardinales, en donde interpreta el fenómeno urbano de la CDMX.

Los otros textos mencionados son: Vivir y pensar Sao Paulo y la CDMX, que coordinó Ana Rosas; Nuevos escenarios urbanos, a cargo de Adriana Aguayo, y Ciudad global, procesos locales: megaproyectos, transformaciones socioespaciales y conflictos urbanos en la Ciudad de México, que yo coordiné.

Partimos de la idea de que la Ciudad de México condensa la lógica neoliberal contemporánea, lo que se traduce en políticas públicas específicas adoptadas por el gobierno de la ciudad -particularmente aquellas en torno a la vialidad y de la regeneración urbana- que trastocan los territorios locales.

Como resultado de este proceso surgen tensiones y contradicciones entre la lógica témporo-espacial global que tiende a la especialización, la fragmentación, la desterritorialización de los procesos y la privatización del territorio, frente a la lógica témporo-espacial local, que sigue un proceso inverso en el que se tiende a la búsqueda de sentido colectivo y de formas de apropiación multifuncionales, materiales y simbólicas, ancladas al territorio, que generan formas de organización social específicas y estrategias para la construcción de pertenencias e identidades.

Estas dos formas de comprender y de actuar sobre el mundo producen conflictos de diversas escalas y formas de organización ciudadana a partir de las condiciones históricas y socioculturales específicas en cada grupo social.

Sobre esta base fue que construimos -a partir de un seminario mensual que duró tres años- un marco teórico conjunto, que cada uno de los participantes llevó a materializar en sus estudios de caso.

El interés de Ángela Giglia por las transformaciones recientes del centro histórico y la manera en que afectan la vida tanto de sus habitantes como de sus usuarios, la llevó a este conjunto de reflexiones con estudiantes y colegas que hoy se expresan en este libro.

Uno de los grandes méritos del volumen es que convoca a estudiantes e investigadores jóvenes, cuyas investigaciones aportan propuestas teóricas y metodológicas originales, novedosas y de una gran frescura intelectual, construidas a partir de materiales empíricos obtenidos como resultado de prácticas de trabajo de campo antropológico.

La idea central que organiza el libro es la reflexión -desde distintas aristas y lugares- en torno a procesos de renovación del Centro Histórico, desde el punto de vista de los habitantes y usuarios de dichas áreas de la ciudad, en donde los conflictos y las desigualdades determinan los modos de habitar el espacio urbano.

En el primer capítulo Ángela Giglia desarrolla el marco conceptual desde donde se comprende y contextualiza el conjunto de trabajos incluidos. Allí describe de manera elocuente lo que ha significado la renovación urbana entendida como un fenómeno mundial, inserto en la lógica neoliberal y en donde las ciudades se han constituido en un nodo central del desarrollo económico y financiero capitalista y como un mecanismo amortiguador de las crisis cíclicas del sistema. Estas propuestas, que se repiten en todas las ciudades con resultados diferentes, comparten muchos elementos: grandes desarrollos inmobiliarios desconectados de su entorno, recuperación o revitalización de espacios públicos, nuevas normativas y procesos cada vez más complejos de lo que se ha llamado glocalización.

De allí la importancia de las investigaciones que se presentan aquí, pues, ubicadas en el centro histórico de la CDMX, muestran, desde lo local, la manera en que impactan estas políticas públicas, cómo son resignificadas por los habitantes y de qué modo afectan su percepción de los lugares en que residen.

Para abordar esta temática, la primera parte del libro tiene como eje la discusión en torno a las políticas de “rescate” de centro histórico, en donde se entrelazan diversas narrativas sobre el territorio. Los cinco trabajos que la componen no solo comparten la geografía de sus investigaciones, sino la capacidad de analizarlas desde una mirada crítica.

Inicia con el trabajo de José Ignacio Lanzagorta, quien hace una revisión histórica sobre la definición y el lanzamiento del proyecto de revalorización del Centro y el momento -en 1980 y a partir de un decreto presidencial- en que adquiere el carácter sagrado y simbólico que hoy se ha constituido en una evidencia generalizada: todos reconocemos la importancia de ese territorio central en el que se mueven millones de personas. La idea de centro en una ciudad nos puede parecer un proceso casi natural, ya que las ciudades siempre tienen un centro, de allí que lo pensemos como atemporal. Lo que me parece particularmente interesante en este trabajo es que el autor muestra que hay una acción ritualizada, un momento fundacional específico y una voluntad política y de gobierno por crear y darle un sentido a este espacio a partir de la idea de la fusión de dos culturas -ya que, como sabemos, en el subsuelo yacen muchísimos vestigios del imperio azteca- y cuyo resultado es el mestizaje del ser mexicano, con lo cual se consagró su carácter sacro y nacionalista.

El trabajo de Aimée Castillo se centra en los discursos de diferentes actores sociales en torno al rescate del Centro Histórico de la ciudad y su promoción internacional. Gobernantes, iniciativa privada y usuarios son puestos en escena en una suerte de diálogo que muestra, por un lado, una doble estrategia en la reconfiguración del centro como vitrina para poner a disposición del mundo entero el patrimonio material e inmaterial a partir de una acción pedagógica -contenida en un decálogo publicitado en los espacios públicos- que favorezca los buenos comportamientos o la manera “correcta” de ser urbanita en esta ciudad, al tiempo que se promueve la ciudad como mercancía negociable mediante el fomento de la cultura y de eventos globales. A lo largo del interesante recorrido sobre políticas y programas, la autora muestra que la rehabilitación del centro -y la expulsión de grupos no “adecuados” para ser vistos en esa vitrina mercantil- va más allá de la mera revitalización del espacio físico, buscando explícitamente la rehabilitación moral y social de los que allí habitan tratando de “homogenizar” y, hasta me atrevería a decir, a blanquear a los usuarios de la ciudad central. Sin embargo, este proceso se logra cabalmente y hoy conviven en ese mismo territorio distintos grupos sociales, con intereses y formas de apropiación del espacio muy diversas, generando un mosaico sociocultural sumamente complejo, en donde los sectores más pobres han construido sus propias estrategias para continuar allí.

Los siguientes tres capítulos elaboran sus reflexiones a partir de la mirada de los habitantes y usuarios y las nuevas formas en que tienen que asumir las transformaciones espaciales y generar estrategias para apropiarse de sus lugares de vida.

Así, el capítulo de Lizet Quintanilla nos lleva a la emblemática Plaza Garibaldi, cuya rehabilitación, al realizarse, igual que en otros espacios centrales, en favor del turismo global, afectó profundamente las vidas de sus pobladores originarios. Nos muestra cómo las acciones prácticas de las políticas públicas de reordenamiento urbano -como la creación del Museo del tequila y el mezcal, los cambios físicos en la plaza, la búsqueda de subordinación de los grupos de mariachis o la prohibición del consumo de alcohol en la vía pública- genera modificaciones importantes en la dinámica social de la zona, al tiempo que se gestan nuevos significados en torno al lugar y nuevas maneras de construir un sentido de pertenencia local por parte de sus habitantes.

En esa misma línea, Vicente Moctezuma -tomando como punto de partida la Alameda Central- se adentra en los procesos de expulsión y propone la metáfora del desvanecimiento de lo popular, mostrándonos que la expulsión de un grupo social del espacio que habitaba no tiene que ver solo con la exclusión física, sino que se articula, por un lado, a la normativa que se impone y que regula y restringe el uso de los lugares y por ende mina la reproducción de su significado, y por otro lado, con los procesos de gentrificación que ha generado una gran disparidad en las formas de apropiación espacial. Esta reflexión se complementa con las voces de algunos usuarios del centro, permitiéndonos ver cómo se vive y se significa esta experiencia de exclusión cotidiana.

Para cerrar esta primera parte del libro, León Felipe Téllez nos transporta al barrio de San Juan, que también ha sufrido importantes renovaciones y que son revisadas a partir de los relatos y los recuerdos evocados por los vecinos, que interpretan los cambios a partir del contraste entre el antes y el ahora, atravesado por un sentimiento de nostalgia que sirve al autor para la construcción teórica de su trabajo.

En la segunda parte encontramos procesos referidos a grupos sociales específicos, donde las voces y los testimonios juegan un papel central.

José Reyes se adentra en la dimensión étnica. Describe e interpreta los modos de habitar de jóvenes otomíes que viven en la colonia Roma, una de las mejor posicionadas comercialmente y más solicitadas por jóvenes de clase media. A partir del contraste de miradas entre estos grupos que la habitan, demuestra la segregación socioespacial que sufren los indígenas, y los patrones de aislamiento mutuo, aunque destaca algo interesante: momentos -los menos- en que las relaciones se hacen más horizontales y en que aparecen -tal vez como flashazos- interacciones de relativa igualdad.

Le sigue el trabajo de Rocío Valeriano, quien presenta el caso de la apropiación del viejo barrio de Santa María la Ribera por un tipo particular de nuevos habitantes que ella denomina “jóvenes creativos”, que de alguna manera deciden emigrar de otras zonas de la ciudad como la Condesa o la Roma para asentarse en un lugar con historia y renombre articulado a viejas glorias, y que al imprimirle nuevas dinámicas cotidianas y nuevos sentidos de pertenencia barrial, han ido revitalizando la dimensión local. Lo que muestra Rocío es, por un lado, un claro ejemplo de gentrificación, y por otro la especificidad de dicho proceso en donde las nuevas formas de habitar se relacionan con proyectos de arte y cultura, y con una suerte de perfil de barrio bohemio.

Laura Ortiz nos traslada a una zona emblemática de la ciudad por sus intensas transformaciones a partir del desarrollo inmobiliario, la generación de un reconocido megaproyecto comercial y financiero y la transformación física del entorno: Santa Fe. Allí analiza los modos de habitar y la memoria colectiva de las mujeres de clases populares que viven en dos colonias de autoconstrucción en las colindancias con la zona megaproyecto. El análisis se centra en sus experiencias de vida, la visión que tienen del espacio local, sus interacciones con el nuevo Santa Fe y la manera en que este desarrollo ha trastocado de manera profunda sus tiempos y espacios. Laura ilustra todo ello con interesantes testimonios y descripciones de las trayectorias cotidianas de algunas de estas mujeres.

Por otra parte, Alí Coronel habla de un tema a todas luces vigente: la criminalización de las personas que viven en situación de calle. A través de su narrativa nos permite, por un lado, acercarnos a las personas sin casa y a los complejos mecanismos que utilizan para sobrevivir en la calle, al tiempo que muestra cómo en la CDMX -a diferencia de otras ciudades del mundo- hay una legislación que los asume como criminales.

El libro concluye con el texto de Catalina Villarraga, quien examina las tensiones entre los vecinos y las instituciones del gobierno local con respecto a la remodelación de dos parques públicos (el Luis G. Urbina y el Ramón López Velarde), en donde convergen poblaciones con diversos capitales culturales y económicos. La autora busca analizar de manera crítica la relación entre lo público y la conformación de procesos democráticos, mostrándonos de manera concreta las desigualdades que existen en la capacidad que tienen los vecinos para participar en decisiones que influyan en el cambio del entorno local mediante el ejercicio de la democracia urbana.

Si bien el conjunto de ensayos aquí presentados tiene como eje articulador los temas de la renovación urbana y los modos de habitar, en el recorrido que nos permiten hacer los autores por los diversos lugares de la CDMX encontramos otras aristas y otros conceptos que en conjunto muestran un complejo mosaico de problemas, de miradas, de voces y de formas concretas de apropiación de lo urbano.

Asimismo, el libro nos obliga a la reflexión sobre el impacto que tienen las transformaciones físicas de los lugares y sus implicaciones en las formas en que anclamos nuestros recuerdos, construimos nuestra memoria -que siempre está en relación con espacios y tiempos determinados- y cómo esto trastoca el sentido de pertenencia, y la posibilidad de formar colectividades consolidadas capaces de organizarse y de generar cambios significativos en la práctica ciudadana.

Finalmente, el lector puede encontrar un interesante diálogo entre las diversas investigaciones, que se van complementando unas a otras no solo por tratarse de un espacio geográfico más o menos uniforme, sino porque se basan en un sólido marco teórico que entra en juego a partir de cada caso específico. Estos casos pueden ser vistos como un pretexto para entender nuestra propia realidad, porque los patrones de desarrollo, las políticas públicas y los conflictos y las tensiones aquí mostrados se repiten como parte de un modelo económico neoliberal, por lo que pueden ser vistos en cualquier otra parte de la ciudad.

María Ana Portal Ariosa

1 Se encuentra adscrita al Departamento de Antropología de la UAM-I desde 1987. Cursó la licenciatura y la maestría en Antropología Social en la Escuela Nacional de Antropología e Historia y el Doctorado en Antropología en la UNAM. Las principales líneas de investigación que ha desarrollado son Antropología Urbana, Identidad, Procesos Religiosos en Pueblos originarios y Memoria. Es investigadora nivel 2 del Sistema Nacional de Investigadores, y de 2012 a 2017 fue responsable académica ante CONACYT del proyecto “Ciudad global, procesos locales: conflictos urbanos y estrategias socioculturales en la construcción del sentido de pertenencia y del territorio en la Ciudad de México” del Fondo Sectorial de Investigación para la Educación (SEP/COANCYT). Uno de los productos de este proceso fue el libro coordinado por ella y titulado Ciudad global, procesos locales: megaproyectos, transformaciones socio-espaciales, y conflictos urbanos en la Ciudad de México, México, UAM/Juan Pablos Editores, publicado en 2017.



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