Revilla López and Ortiz Marín: Etnificación del mercado de trabajo agrícola en California, Estados Unidos, y Sinaloa, México
Vol. 34, Num. 75, Año. 2019
Recibido: 2013 05 10
Aceptado: 2013 10 30



Introducción

La industria agrícola de todo el mundo ha tenido un gran auge y éxito gracias a sus trabajadores o jornaleros. Es a causa de la mano de obra que se pueden cosechar toneladas de productos hortofrutícolas en el planeta. A pesar de que los agroempresarios obtienen grandes ganancias, debido a muchos factores, entre ellos el trabajo de los jornaleros, éstos no se benefician de la misma manera para tener un nivel de vida digno; tampoco lo han tenido en sus comunidades de origen, donde la producción para la subsistencia se ha vuelto cada vez más cara y donde en muchas ocasiones es más barato conseguir frutas, vegetales, maíz y frijol en el mercado local que en la propia milpa. Es por ello que los campesinos recurren a vender su mano de obra a los grandes productores, no sólo en sus localidades o en su país, ya que si buscan tener mejores salarios optan por cruzar fronteras internacionales, principalmente a Estados Unidos y Canadá, donde los salarios son más atractivos, no así las condiciones y sus derechos laborales.

En la agricultura, la reestructuración sigue caminos propios que tienden a lograr una mayor flexibilidad productiva al apoyarse en diferentes formas de mi norización o discriminación de los trabajadores, lo que lleva a su exclusión. Para la población indígena y migrante esto se concreta, sobre todo, en las condiciones laborales y de vida que se les ofrecen. Tal forma de organizar la fuerza de trabajo genera un mercado de trabajo segmentado. Sin embargo, no se trata de una segmentación que dé como resultado mercados primarios, caracterizados por la contratación de trabajadores calificados, con las mejores condiciones laborales; y, por otro lado, mercados secundarios, con trabajadores no calificados y desfavorables condiciones de trabajo, como lo plantea la teoría del mercado dual. Más bien, hay una generalización de condiciones de trabajo precario, que se sostiene en un mercado segmentado por género y etnia, que crea un marco de situaciones de exclusión y minorización (Lara Flores, 1998: 21).

El objetivo de este artículo es mostrar la importancia que tiene para el mercado de trabajo agrícola contar con mano de obra segmentada, flexible y barata, lo cual se ha logrado por la etnificación de un determinado nicho de trabajo. Lo anterior fue construido durante un largo proceso histórico en la agroindustria de California, Estados Unidos, en las primeras décadas del siglo XX, e implantadas en Sinaloa, México, a partir de la segunda mitad de ese siglo. Presentamos la comparación de segmentación étnica que comenzó en California y después se introdujo en el sector hortofrutícola mexicano en Sinaloa.

Los datos ofrecidos son parte de dos investigaciones doctorales realizadas en los lugares analizados. Para su recopilación, se realizó trabajo de campo y observación participante con jornaleros agrícolas, sus cuadrillas, familias y personalidades importantes dentro de los sindicatos agrícolas y otras instituciones.

Propuesta teórica

A partir de los años ochenta y durante los noventa del siglo XX, con el advenimiento del neoliberalismo, aparece un orden agroalimentario global y se expande el sector florícola y hortofrutícola de exportación, cuyos mercados de trabajo registran una mayor precarización. Para analizar este mercado laboral se retoma el concepto de flexibilización o flexibilidad, propuesto por Michael J. Piore y Charles F. Sabel, quienes resumen su tesis en The Second Industrial Divide (1984) y aplican los planteamientos a los distritos industriales europeos. Para estos autores, “la especialización flexible es una forma de adaptarse al cambio constantemente, más allá de intentar controlarlo. Esta estrategia se funda en la utilización de equipamientos flexibles, de usos múltiples, el empleo de obreros calificados y la creación, por medios políticos, de una comunidad industrial capaz de eliminar todas las formas de competencia que no favorezcan la innovación […] la propagación de la especialización flexible equivale a un renacimiento de formas artesanales de producción, marginadas por la primera ruptura industrial” (Piore y Sabel, 1987: 35 cit. en Massieu, 2010: 23).

Si bien el concepto se aplicó en el estudio de mercados de trabajo y condiciones socioeconómicas distintas, el marco de la flexibilización se ha expandido para analizar la transformación del proceso de trabajo en otros sectores, como el agrícola. Para los mercados de trabajo agrícola estadounidense y mexicano se ha planteado que aparece en los cultivos hortofrutícolas y florícolas de exportación (Massieu, 2010: 23).

Además de la flexibilización, otra noción aplicada al análisis de los mercados de trabajo es la de segmentación, recuperada de los mismos Piore y Sabel (1987) que proponen un mercado de trabajo dual: el primario, donde se ubican los trabajadores con más altas calificaciones, con buenos salarios, más estable y que ofrece mejores condiciones laborales; y, el secundario, que comprende a los grupos en desventaja o “marginados”: las mujeres, los migrantes, los indígenas, los niños, los sectores políticamente más débiles (Massieu, 2010: 24). Lo establecido por Piore y Sabel es una gran aportación, pero es muy limitada para el mercado de trabajo agrícola, “en donde la dualidad es rebasada por factores sociales, culturales y de intereses económicos” (C. de Grammont y Lara Flores, 2000: 124); no obstante, en el marco de la flexibilización sí nos ofrece una buena propuesta para el análisis de los grupos que laboran en el sector primario.

Existen puestos laborales que requieren conocimientos especializados: administradores, ingenieros, técnicos, asesores, etcétera, pero para los trabajadores agrícolas preguntamos: su trabajo ¿es una labor descalificada?; ¿qué califica el desempeño de un jornalero, en contraste con un trabajador de servicios o del sector manufacturero, que pueda hacerlos comparables? Cabe reflexionar sobre este cuestionamiento que encontramos frecuentemente al hablar del jornaleo y otras actividades en el estudio de los mercados de trabajo. Ernesto Galarza asevera al respecto que es un mito hablar del:

Trabajo agrícola como un trabajo descalificado

Era comúnmente dicho que los trabajadores agrícolas no realizaban un trabajo calificado y como tales están por debajo del digno reconocimiento colectivo. Estar des calificado, es el primer paso para la exclusión social y, si la gente cree este mito, hasta de la exclusión legal.

El trabajo agrícola es tan poco conocido que los detalles de la pizca y las habilidades que requiere no son reconocidas…la experiencia de los filipinos en el corte de espárragos es obvia para aquellos que los contratan [Galarza, 1977: 366].

Es cierto que son pocos los jornaleros agrícolas que logran ascender a intermediario,mayordomo o jefe de cuadrilla; al respecto, C. de Grammont y Lara Flores (2000) afirman que, si tenemos en cuenta la teoría de Piore acerca de los mercados duales de trabajo para el sector agrícola, en el mercado secundario, en el que supuestamente podríamos encontrar a los jornaleros, existirá un abanico de situaciones que complican la propuesta del mercado dual. Un jornalero puede ser tractorista durante una temporada y podar y amarrar viñas, cortar jitomate o ser empacador la siguiente. Entonces debemos considerar que no es adecuado hablar sólo de dos segmentos en el mercado de trabajo agrícola, pues de acuerdo con las capacidades, las competencias, las habilidades, los contactos y las redes sociales con los que cuenta cada trabajador, será posicionado en un lugar en la escala laboral.

A diferencia de los segmentos de los mercados duales de trabajo, en el trabajo agrícola la segmentación suele ser muy distinta, pues estará condicionada por las cuadrillas, el mayordomo, el patrón e incluso por los compañeros de trabajo. Debemos mencionar que la teoría del dualismo surge a partir del estudio de los afroamericanos estadounidenses vulnerables que viven en las urbes (Piore, 1987: 193) y no en el sector rural intensivo, por lo que examinar un mercado de trabajo agrícola desde la perspectiva de Piore limita severamente el análisis del contexto en que se desempeñan sus trabajadores.

En el mercado laboral agrícola se suele contratar grupos de jornaleros reconocidos por su desempeño, y esto incluye que no se organicen para mejorar sus condiciones laborales y acepten lo que se les ofrece. También es común que se les con trate conforme ciertos tipos de vulnerabilidad social: indígenas, mujeres, niños. Se les pagará dependiendo de la cantidad de producto entregado (kilos, libras, número de piezas, baldes), es decir, a destajo, o bien según el salario legal (salario mínimo por día en el caso de Sinaloa o salario mínimo por hora en el de California). El hecho de que en una época se mandaran contratistas a las comunidades de origen, en especial del sur de México (Oaxaca y Guerrero), para llevar autobuses llenos de jornaleros a los lugares necesitados de mano de obra confirma lo anterior.

Además, causas estructurales y de relaciones laborales que se fueron creando a lo largo del tiempo permitieron que se prefiera tener jornaleros provenientes de ciertos grupos étnicos, a quienes se pone a competir para ser “los mejores trabajadores” y desplazar a los otros grupos que no pertenecen a su etnia. Existen con diciones sociales y culturales en la dinámica de este tipo de mercado (C. de Grammont y Lara Flores, 2000: 124) que dificultan su análisis únicamente desde la oferta y la demanda de trabajadores. Eso se puede observar con la función que ejercen tanto las redes sociales como los contratistas, que deben cumplir con ciertas características para ofertar y demandar mano de obra en el sector agrícola de Sinaloa y California.

Segmentación y flexibilidad

Para el mercado de trabajo que aquí se trata es pertinente aplicar el concepto de segmentación, pues en la agricultura californiana hay varias diferencias a las que C. de Grammont y Lara Flores (2000: 128) apuntan respecto de los trabajadores en México: una segmentación por género -en la que las mujeres desempeñan tareas específicas según las necesidades de los agroempresarios- y por la etnia a la que se pertenece -donde los migrantes se ubican en los empleos más precarios-, lo cual lleva a crear estereotipos para justificar la posición de esos trabajadores en determinado segmento del mercado de trabajo.

En cuanto a la flexibilidad, C. de Grammont y Lara Flores, citando a Atkinson, explican que ésta se puede dividir en flexibilidad cuantitativa o numérica y cualitativa o polivalente. La primera se asegura mediante una mano de obra periférica, mientras que la segunda se logra gracias a la polivalencia de los trabajadores del núcleo central. Por medio de la flexibilidad cuantitativa es posible reducir temporalmente las contrataciones de trabajadores cuando no son necesarios, disminuyendo así los costos, con la ventaja de que la recontratación es muy fácil. La flexibilidad cualitativa es desarrollada por la empresa mediante la polivalencia de sus trabajadores y será sólo en última instancia que ésta decidirá separarse de su personal (C. de Grammont y Lara Flores, 2000: 129).

En el caso de California también encontramos este tipo de segmentación, pero existen otras más a considerar: la de aquellos trabajadores que son indocumentados y el segmento que ocupan los trabajadores indígenas, que compiten con ciudadanos estadounidenses blancos, mexicanos, filipinos y hmong. Entonces, en California tenemos una segmentación aún más diversa que en México, lo que aumenta la vulnerabilidad de los trabajadores en los puestos más precarios y los lleva a competir por el acceso al trabajo con otros individuos, de acuerdo con su procedencia étnica y su nacionalidad.

Con base en el tipo de flexibilidad existente en este mercado laboral, y dependiendo de su desempeño, los trabajadores generarán prestigio y, en consecuencia, podrán permanecer ahí por más tiempo. En cuanto a la flexibilidad cuantitativa, los mercados agrícolas de California y Sinaloa cuentan con una sobreoferta de trabajadores, en especial cuando las labores son para el mantenimiento de las tierras de cultivo, lo que provoca que los granjeros puedan regular el número de contrataciones necesarias para estas temporadas.

Como podemos observar, estamos ante un fenómeno complejo, que se da por medio de una construcción social, por lo que es pertinente adecuar los conceptos y teorías al particular mercado de trabajo agrícola que se estudie, pues entre lo que ocurre en Sinaloa y California hay similitudes, pero también grandes diferencias.

Comparación de la etnificación de los mercados agrícolas de California y Sinaloa

Agricultura empresarial y trabajo agrícola en California

La agricultura empresarial de California es la más productiva de Estados Unidos, tan sólo durante 2012 se obtuvieron 43.5 mil millones de dólares en ingresos por este rubro, muy por arriba de Iowa que ese año produjo 29.9 mil millones de dólares.1 En el estado laboran alrededor de 700 mil jornaleros, de origen mexicano en su mayoría,2 en condiciones de alta precariedad, flexibilidad y vulnerabilidad.

El éxito del sector agrícola californiano se debe a múltiples factores que fueron aprovechados por los empresarios agrícolas desde su origen. Aquí impera el modelo de producción capitalista, pues la agricultura de subsistencia no fue nunca una opción considerada para el estado, desde su inicio se partió de la idea de explotar la tierra para generar capital.3

Un hecho histórico que influyó en lo que es en la actualidad el modelo de producción agroempresarial tuvo su origen cuando California fue vendida a Estados Unidos, lo cual, al margen de lo que significó la pérdida de parte del territorio mexicano, debe verse desde el contexto estadounidense: admitir más estados como parte de la Unión Americana generaba importantes retos y pugnas de intereses entre el norte industrial y el sur agrícola, ya que en el país coexistían dos modos de producción: el capitalista y el esclavista. Agregar nuevos estados a la Unión la obligaba a determinar si permitiría o no el esclavismo en los nuevos territorios. Con la cesión del territorio mediante el Tratado de Guadalupe-Hidalgo en 1848, se admite a California como entidad estadounidense y en 1850 es declarada estado no esclavista (Taylor, 1968; Martin, 1988), en consecuencia, los empresarios agrícolas debieron buscar una gran cantidad de trabajadores dispuestos a laborar bajo condiciones precarias.

James Bryce, un observador británico de la época, expuso que la mayoría del trabajo agrícola era realizado casi siempre por la familia estadounidense y muy rara vez se contrataba mano de obra para la cosecha; una vez finalizada esta temporada era despedida. En el caso de California era diferente, existían extensas propiedades que presionaban a las granjas pequeñas con grandes masas de trabajadores que eran despedidos al final de la cosecha (Taylor, 1968: 51). Hay que agregar que en otros sitios de Estados Unidos las tareas agrícolas relacionadas con familias eran mucho menores si se las compara con las que requería la agricultura intensiva en California, la cual demandaba (y demanda) una gran cantidad de insumos y de mano de obra para producir enormes cifras de alimentos hortofrutícolas, lo cual “tuvo su comienzo a finales de 1870 y comienzos de 1880” (Henke, 2008: 71).

Otro reto que debía superarse era la distribución de los productos frescos fuera del estado, en condiciones óptimas para el consumo, ya que, al ser perecederos, la distancia y el clima no eran los mejores aliados; la construcción del fe rrocarril transcontinental que iba de Sacramento a Omaha resolvió este problema, pues en 1868 ya se contaba con un ferrocarril refrigerador (Galarza, 1964).

Finalmente para poner en marcha la producción de productos agrícolas hacía falta tener una gran reserva de mano de obra que cubriera las necesidades del sector, sin embargo, la población blanca que se dedicaba a la agricultura en otros estados no precisaba vender su fuerza de trabajo, la única opción disponible eran inmigrantes, tema que exponemos a continuación.

La etnificación del trabajo agrícola en California

Para el sector agroempresarial de California conseguir mano de obra no era fácil, pues desde un inicio se pensó en estereotipos étnicos, en trabajadores especializados que no causaran problemas y aceptaran las condiciones laborales ofrecidas para el desarrollo del sector y éstas no eran admisibles para jornaleros blancos, por lo que pensó que los chinos serían una buena opción, debido a que Asia era reconocida por su éxito en la agricultura. Lo que se buscaba era mano de obra barata que permaneciera en su trabajo por un largo periodo (Lamar, 1970: 23) y, al parecer, desde su contratación en las minas durante la Fiebre del Oro, así como en la construcción de vías férreas en California, los chinos tenían fama de consentir bajos salarios: “Los chinos serán a California lo que los africanos al Sur4 (Es decreto de Dios, y el hombre no podrá detenerlo)” (Taylor, 1968: 50). Pero los estereotipos iban más allá de la vulnerabilidad buscada en los jornaleros, se pretendía que contaran con ciertos atributos físicos que permitieran un buen desempeño laboral, por ejemplo, que pudieran permanecer “agachados y doblados durante las tareas de la cosecha [...] en condiciones climáticas [como las de California], a las cuales sólo los orientales y los mexicanos están adaptados” (Martin, 1988). Desde entonces se pensaba que los mexicanos podrían formar parte de los trabajadores agrícolas requeridos en California, pero los chinos resultaban ser mucho más dóciles, por lo que tenían mayor preferencia (Fisher, 1953).

La idea de permitir la entrada de jornaleros chinos era sobreofertar la cantidad de trabajadores hasta que los salarios se depreciaran al grado de que ellos mismos evitaran seguir viajando de China a California para integrarse al trabajo agrícola (Lamar, 1970: 24), y esto con la ventaja adicional de que su estatus migratorio no les permitiría establecer una relación de largo plazo con los agroempresarios (Henke, 2008: 71). Esta estrategia se debía, en parte, a que el sector agrícola californiano no podía depender de trabajadores internos porque eran más caros y porque “la agricultura de California ofrecía trabajo por sólo 3 o 4 meses al año, condiciones que no eran adecuadas para las demandas de los trabajadores blancos o de origen europeo” (Martin, 1988: 5).

Los trabajadores agrícolas blancos se quejaban de que los chinos les quitaban fuentes de empleo, por lo que en 1882 se aprobó la Ley de Exclusión, que prohibía la entrada de más chinos a Estados Unidos y, en caso de que entraran, se estipulaba su deportación (Lamar, 1970: 26). Ante esta dificultad, los empresarios tuvieron que pensar en otras personas que suplieran a los chinos y que compartieran algunas de sus características; la elección fue por los japoneses. Así, para 1905, los japoneses fueron ampliamente contratados en California, pero comenzaron a exigir mejores condiciones laborales, por lo que los granjeros buscaron de nueva cuenta la inclusión de chinos al sector agrícola, pues, según ellos, habían sido la mejor mano de obra que habían tenido. Las grandes posesiones de tierras comenzaron a ser mal vistas por la sociedad estadounidense y se propuso limitar la propiedad a 160 acres (65 hectáreas) para evitar el monopolio y la especulación (Taylor, 1968: 51).

Desde 1909 hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial, hubo un gran número de japoneses en el agro californiano; en un estudio realizado por la Labor Commission se dio a conocer que éstos ocupaban 82.7% en la cosecha de la mora, 66.3% en la del betabel, 51.7% en la de la uva, 45.7% en la de las hortalizas y 38.7% en la de los cítricos (Lamar, 1970: 32), totalizando 72 mil jornaleros nipones para 1910. Varias investigaciones de la Comisión revelaron que la formación de organizaciones de agroempresarios influía negativamente en la in tegración de sindicatos (Henke, 2008: 75), por lo que los derechos de los trabajadores no eran respetados ni podían ser defendidos. En 1913 la Comisión La Follete, que tenía la tarea de realizar estudios sobre la necesidad de mano de obra agrícola, apuntaba que no había peor lugar de conflictos empleador-trabajador que California, lo que años después se expresó en huelgas -durante las décadas de 1930 y 1940-(Taylor, 1968: 51-52). Por un periodo de casi 19 años, los datos demostraban que la oferta de mano de obra excedía a la demanda (Lamar, 1970: 36); el proyecto de sobreofertar el mercado de trabajo e importar jornaleros de una etnia dio resultado para reducir los salarios desde la época en que los chinos eran los trabajadores preferidos.

La Primera Guerra Mundial creó un sentimiento antijaponés que perduró hasta 1924, sentimiento que se reforzó porque los nipones comenzaron a rentar y adquirir tierras, volviéndose empresarios agrícolas y competidores de los estadounidenses (Lamar, 1970: 34), además de que crearon un nuevo nicho de productos frescos dirigidos a un sector específico. En consecuencia, se comenzó a mostrar interés por sustituir a los jornaleros japoneses y se puso atención en la mano de obra mexicana, puesto que, de acuerdo con las “características” que los agroempresarios tomaban en consideración, el mexicano tenía falta de conciencia y ambición política, rara vez se casaba con mujeres estadounidenses y no tenía ningún tipo de ambiciones (Lamar, 1970: 36). Al finalizar el año fiscal de 1919 (el 30 de junio), el Departamento de Justicia suspendió la prohibición para contratar trabajadores, hacer pruebas de alfabetismo y los impuestos por cada empleado contratado, lo que permitió la entrada de 20 mil mexicanos que laborarían principalmente en los campos de California, no obstante, durante el periodo de guerra y posguerra ingresaron en total 72 862 trabajadores (Galarza, 1964).

Aunque en ese tiempo la presencia de mexicanos no fue tan importante como aquella proveniente de Filipinas y la India, aún se mantenía la preferencia por los originarios de Asia, sobre todo aquellos que llegaron desde Filipinas, que décadas más adelante formarían parte importante en el movimiento de Cesar Chavez para constituir el Sindicato de Trabajadores Agrícolas (United Farm Workers, UFW).

La crisis de 1929 marcó un periodo único en la agricultura estadounidense, afectó en especial a las familias granjeras de los estados de Oklahoma y Arkansas, las cuales al verse despojadas de sus tierras tuvieron que emigrar hacia California a integrarse en la gran reserva de trabajadores; por vez primera, grandes contingentes de blancos -según Galarza 130 mil- se vieron obligados a vender su mano de obra para subsistir; lo que generó una importante depreciación de los salarios y de las condiciones laborales, pues se entró en una franca competencia con los trabajadores de otras etnias y nacionalidades. La presencia de peones filipinos era muy significativa, para la década de 1930 alcanzaban los 25 mil (Galarza, 1964). Debido a la crisis económica imperante en la Unión Americana, a la falta de empleo y al racismo existente, se efectuaron redadas para repatriar a los trabajadores mexicanos, ya que para ese momento estaban ocupando los lugares de los okies y arquies;5 Garcia (2001: 108; cit. en Stephen, 2007: 7) afirma que tan sólo en el sur de California 18 824 mexicanos y mexicoamericanos fue ron deportados, y que entre 75 mil y 100 mil trabajadores mexicanos en la industria de los cítricos sufrieron la misma suerte. Después de esas repatriaciones, cerca de 350 mil blancos de Texas, Oklahoma y Arkansas migraron masivamente a California (Stephen, 2007). Fisher (1953) establece que, por primera ocasión, los empleadores pidieron un alto a la oferta de jornaleros agrícolas, California estaba sobresaturada de desplazados de otros estados de su propio país. Tuvo que pasar una década para que la economía estadou nidense volviera a ser próspera y que los blancos regresaran a sus granjas u obtuvieran mejores empleos fuera del sector agrícola.

Para el lapso de 1942 a 1964, el Programa Bracero contrató a mexicanos para las labores agrícolas, ocupando 63% del total de la mano de obra del sector en ese país y 90% para abril del último año (Lamar, 1970: 37).

A pesar del gran número de personas necesarias para el progreso del sector agroempresarial, éstas no contaban con derechos y surgían constantes conflictos para fijar salarios mínimos o pagos justos. Durante los años sesenta, una organización fructificó en sus demandas mediante boicots y negociaciones para beneficios colectivos: la representada por los trabajadores de la uva en Delano, California (UFW-American Federation of Labor-Congress of Industrial Organizations, AFL-CIO). Por primera vez en la historia de los trabajadores agrícolas en Estados Unidos se reconoció que el sector estaba lleno de irregularidades. No obstante, y aunque la UFW sigue existiendo, su influencia entre los jornaleros ha disminuido, debido a la falta de interés de éstos por organizarse, la carencia de documentos que permitan la legal estancia en ese país o bien por no simpatizar con el movimiento.

Un hecho que marcó un momento clave en el sector agrícola durante la década de los ochenta fue la aprobación de la Immigration Reform and Control Act de 1986 (IRCA; en español Ley de Reforma y Control de Inmigración), que regularizó a los trabajadores indocumentados. Especial preocupación generó la legalización de los jornaleros agrícolas, se temía que, una vez que obtuvieran sus papeles, dejarían ese sector para insertarse en el sector servicios o de la construcción. El temor resultó bien fundado, pues muchos de estos migrantes con documentos de residencia migraron a áreas urbanas incorporándose a nuevos nichos de trabajo como la construcción, los servicios y la industria (Stephen, 2007; Martin, Fix y Taylor, 2006).

Nueva reserva de trabajadores agrícolas: los indígenas mexicanos

Un aspecto que destaca de las últimas tres décadas es la creciente presencia de indígenas, sobre todo de Oaxaca, que están remplazando a los migrantes mestizos de las regiones tradicionales (Michoacán, Zacatecas, Guanajuato). Aunque no son la nueva reserva internacional de trabajo, sí son la nueva reserva étnica para los agroempresarios y contratistas, debido a las características que exige el mercado laboral en California, donde resalta el reciente ingreso de hombres adultos y mujeres mixtecos, zapotecos y triquis, principalmente.

Zabin et al. (1993) señalan que los oaxaqueños comenzaron a llegar a California en la década de 1970 y se han ido extendiendo a otros estados como Oregon y Washington. “Su presencia ha sido de gran utilidad para los empleado res, ya que son mucho más vulnerables -a pesar de que varios ya cuentan con documentos-debido a su baja escolaridad, desconocimiento, no sólo del inglés, sino, en muchos casos, del español y sus reducidos contactos con migrantes más experimentados” (Trigueros Legarreta, 2004: 18). Esta vulnerabilidad y escaso contacto con migrantes más experimentados tiene mucho que ver con la poca interacción social que se tiene con peones de otros estados o nacionalidades. En esta investigación, los principales contactos pertenecían a su misma comunidad y a otras comunidades indígenas de México.

Es muy probable que para algunas etnias sí exista una estrechez de contactos, tal vez para aquellos de reciente llegada. Se podría pensar que los triquis se encuentran en ese caso, pero ya cuentan con una amplia red de relaciones sociales, especialmente en Greenfield, condado de Salinas (mejor conocido como el salad bowl, por su gran producción de hortalizas); lugar que es su primordial centro de trabajo en California.

Lynn Stephen (2007) apunta que en 1993 había cerca de 50 mil mixtecos en California (16.6% de la fuerza de trabajo agrícola en el estado). De acuerdo con esta autora, algunos líderes comunitarios informaron que, a mediados de los noventa, 100 mil mixtecos residían de manera permanente en Oregon y entre 20 mil y 30 mil eran una población circulante. Por su parte, el periódico El País, en su publicación del 10 de junio de 2009, realizó una entrevista al señor Filemón López, locutor del programa radiofónico La hora mixteca, transmitido por Radio Bilingüe desde Fresno, quien mencionó que hay 150 mil mixtecos en toda la Unión Americana.

La diferencia entre lo que reportan las fuentes es muy amplia y tiene que ver no sólo con la movilidad de los trabajadores a otros estados, sino también con la temporalidad del trabajo agrícola, que, según el tipo de tarea a realizar, puede durar de tres a seis semanas. Esto habla del sesgo que nos presentan los censos efectuados por diferentes instituciones, universidades y personas.

No es casualidad que el número de trabajadores agrícolas indígenas se haya in crementado durante las últimas tres décadas, desplazando a aquéllos no indígenas y no estamos haciendo referencia exclusiva a los mixtecos de Oaxaca, pues, como ya se mencionó, existe además presencia de triquis, zapotecos y mixtecos de Guerrero, entre otros. De nuevo se repite la etnificación de la mano de obra agrícola.

Es hasta 1986 cuando, gracias a la amnistía de la Immigration Reform and Control Act, los trabajadores mexicanos obtuvieron su residencia legal, que la mano de obra agrícola indígena, especialmente mixteca, comienza a hacerse presente y a convertirse en la nueva gran reserva de trabajadores agrícolas, no sólo para California, sino también para Florida, Washington, Oregon, las Carolinas y Virginia (Besserer Alatorre, 2004).

Lo común de todos estos trabajadores es que siguen cumpliendo con las nece sidades del mercado de trabajo agrícola de California: son mano de obra flexible y vulnerable, que acepta trabajar en condiciones laborales precarias, con algún o ningún tipo de beneficios y, en su mayoría, no cuenta con papeles de estancia laboral legal. Son trabajadores invisibles que llevan los alimentos del campo a las mesas mediante grandes cadenas de tiendas que abastecen a los consumidores estadounidenses e incluso de países como China, Japón, México y de la Unión Europea.

Mercado de trabajo agrícola en Sinaloa, México

En Sinaloa existen zonas de agricultura empresarial donde son cultivadas una gran variedad de hortalizas con la más avanzada tecnología -como la hidroponía y el riego por goteo- importada en su mayoría de Holanda e Israel, adaptada y transformada por manos mexicanas. Las grandes empresas agrícolas, señala Massieu (2010), usan variedades de hortalizas patentadas por las grandes corporaciones trasnacionales, cuyo mercado requiere alta calidad. Es un mercado de productos de lujo para la población de los países industrializados y la de altos ingresos de los países periféricos. A pesar de la situación crítica en la que se encuentra la agricultura mexicana desde hace décadas, los empresarios agrícolas siguen exportando básicamente a Estados Unidos, en condiciones de alta competitividad (Massieu, 2010: 9).

No obstante, los enclaves de agricultura intensiva conforman mercados de trabajo muy dinámicos, originando movimientos y asentamientos poblacionales. El desarrollo de la agricultura moderna empresarial, orientada a la exportación, ha generado hoy en día una etnificación del mercado de trabajo; debido a que la mano de obra sinaloense no es suficiente, se ha recurrido al enganche y a la contratación de indígenas procedentes de estados del sur de México, caracterizados por la extrema pobreza y el empleo escaso. Los principales grupos indígenas que migran a Sinaloa son: mixteco, zapoteco, triqui, tlapaneco, amuzgo y náhuatl. En su mayoría son monolingües y su educación formal es de primaria incompleta.

Sin embargo, los mercados de trabajo agrícola se distinguen por la segmentación sexual, generacional y étnica, así como por la flexibilidad laboral. Los rasgos del mercado de trabajo agrícola de Sinaloa son: a) jornadas laborales de ocho a doce horas diarias con un salario de entre 58 y 64 pesos diarios; b) los salarios son insuficientes para adquirir los satisfactores básicos para vivir; c) trabajo infantil; d) problemas de salud por el desgaste físico del trabajo, la desnutrición y el contacto con agroquímicos; e) limitada incorporación a la seguridad social y a los servicios de salud; f ) galeras con techo de lámina donde comparten baños y lavaderos; g) normas laborales sin que ninguna institución las aplique; y h) contratos colectivos cuya titularidad pertenece de facto al Sindicato Nacional de Trabajadores del Campo, Similares y Conexos (SNTCSC), a su vez integran te de la Confederación de Trabajadores de México (CTM), que no protege los derechos laborales de los trabajadores agrícolas, pero sí les cobra cuota sindical.

Agricultura empresarial y trabajo agrícola en Sinaloa

Sinaloa tiene una larga tradición como enclave de producción agrícola intensiva, que data del siglo XIX. Los orígenes de la siembra de tomate en el norte de Sinaloa se remontan a 1907, y en Culiacán a 1914. En el caso del norte del estado, cuando se inició la siembra del tomate, fue relevante la participación de inversionistas norteamericanos que se habían avecindado en la localidad, atraídos por el carácter redituable del cultivo de caña de azúcar y la administración de los ingenios. Por su parte, en el centro de Sinaloa, varias familias griegas emigradas a América en los albores de la Primera Guerra Mundial destacaron por su impulso de la horticultura (Guerra Ochoa, 1996: 136).

Con todo, no fue hasta la década de los veinte que se da el despegue de la agricultura comercial, sobresaliendo la producción de azúcar, jitomate, garbanzo, frijol y maíz. Durante esa década comienza la “edad de oro del tomate”, ya que para 1927 se habían sembrado 17 800 hectáreas (Lara Flores y C. de Grammont, 2011: 35-36). El boom del agro sinaloense de la primera mitad del siglo XX ha sido po sible en buena medida gracias al desarrollo de importantes obras de irrigación.6

Con la construcción de infraestructura de riego, la abundancia de agua y una temperatura media anual de 25° (mínima de 7° y máxima de 35°) se crearon las con diciones idóneas para la expansión de un emporio agrícola liderado por las em presas hortícolas. La irrigación junto con la introducción de tractores y el uso de fertilizantes químicos permitieron que los rendimientos agrícolas se incrementaran; además, la implantación de empaques agroindustriales jugó un papel clave en el avance de esta actividad durante la revolución verde (Lara Flores y C. de Grammont, 2011: 38).

Durante las décadas de los cincuenta y los sesenta hubo una gran demanda de fuerza de trabajo, sobre todo porque el cultivo de hortalizas (particularmente el tomate) requiere abundante mano de obra (Guerra Ochoa, 1996: 142). Durante los cincuenta se verifica un extraordinario proceso de proletarización en el agro sinaloense, como resultado del cual la cantidad de obreros rurales se eleva a 94 790. A finales de los sesenta y principios de los setenta el pro letariado rural ascendía a 99 598 personas (Posadas y García, 1986).

En los años sesenta florece este tipo de agricultura, y se fortalece la tendencia exportadora de legumbres y hortalizas. Al crecer la producción, la demanda de trabajadores se incrementa sustancialmente, y la oferta de mano de obra local es insuficiente respecto de los requerimientos de trabajadores de la horticultura. Dos factores se combinaron para la escasez de mano de obra: a) por una parte, un proceso de urbanización de la población en la entidad y, b) por otra, lo poco atractivo que resultaba esta labor para los nativos, por el bajo salario, las escasas prestaciones y la inestabilidad de la relación laboral (Guerra Ochoa, 1996: 141-142).

Como consecuencia, a partir de los años setenta, se generan migraciones tanto del interior del estado -desde la sierra y las comunidades más alejadas hacia los valles- como de comunidades de los estados del sur y centro de la república hacia los campos agrícolas del valle de Culiacán. La migración fue motivada por los propios horticultores, quienes, frente a la carencia de mano de obra, optaron por contratar intermediarios que se daban a la tarea de buscar trabajadores sin oportunidades de empleo en las comunidades más marginadas (Guerra Ochoa, 1996: 142).

Fue así como a principios de esa década llegan las primeras oleadas de migrantes indígenas a Sinaloa y al valle de Culiacán. Inicialmente, la migración es de hombres solos. Los mixtecos son los primeros en llegar a los florecientes campos agrícolas, muchos de ellos fueron alojados en galerones de cartón con piso de tierra, sin letrinas ni agua que beber, laboraban más de 12 horas al día toda la semana; compraban sus alimentos a precios exorbitantes en las tiendas que existían en los campos agrícolas. En ese tiempo la migración es pendular, por - que la temporada de cosecha duraba de 15 días a dos meses y los campesinos del sur del país partían de sus pueblos de origen para contratarse de manera eventual como peones agrícolas de la horticultura sinaloense y después regresaban a su tierra natal a cultivar sus parcelas (Ortiz, 2010).

En los ochenta, se consolidan las empresas hortícolas sinaloenses, a menudo con vínculos de colaboración con empresas extranjeras. Las nuevas condiciones de la producción (empresas globales, trasnacionalizadas e integradas a complejos consorcios) permitieron su reorientación hacia el mercado nacional, e impulsaron un proceso de expansión hacia otros estados del país, como Jalisco, San Luis Potosí y Michoacán, para alargar su temporada de cosecha, abastecer el mercado nacional y controlar las grandes centrales de abasto de las ciudades de Guadalajara, Monterrey y el Distrito Federal (Lara Flores y C. de Grammont, 2011). No obstante, con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), la agricultura sinaloense vuelve a dirigirse hacia el mercado exterior, es así como, entre 1994 y 2000, las exportaciones crecieron 54% en términos de volumen de la producción. Esta expansión se acompañaría de cambios importantes en los procesos productivos, a la vez que tendría efectos significativos en el empleo y en las formas de trabajo, afectando así las corrientes de migración de trabajadores agrícolas (Lara Flores y C. de Grammont, 2011: 39).

Además, la articulación entre migración y trabajo agrícola de tipo estacional fue matizándose, debido en gran medida a que los periodos de contratación se hicieron más amplios, ahora las temporadas de corte duran de cuatro a seis meses. Con mayores periodos de contratación y el acelerado crecimiento de la de manda de mano de obra se configura un nuevo escenario en la estructura de la fuer za de trabajo: ahora se desplazan en compañía de sus familias, y se modifican los flujos migratorios de los jornaleros, pues se reduce significativamente la migración de retorno, y se incrementa el asentamiento de los jornaleros y sus familias (Ortiz, 2007).

Es así como, a partir de los años ochenta, aparecen colonias de indígenas migrantes alrededor de los campos agrícolas del valle de Culiacán. Sus moradores ya no son hombres solos, ahora hay mujeres y niños que hacen su aparición en los asentamientos semiurbanos (carecen de vías de comunicación, agua, luz, drenaje, etcétera). A partir de entonces cada año las familias de indígenas de los estados del sur (sobre todo de Oaxaca y Guerrero) se dirigen a los mercados de trabajo agrícola de Sinaloa. Al final de cada temporada, son cada vez más las familias de indígenas migrantes que buscan los medios para establecerse en las colonias o fuera de ellas, ya sea con un pariente o compadre (Ortiz, 2007).

Se puede observar que las empresas dedicadas a la producción de hortalizas conforman el mercado de trabajo agrícola de Sinaloa. A su vez, por ser la horticultura una actividad que depende del trabajo manual, en particular para la siembra y la cosecha, se han desarrollado elevados flujos de trabajadores agrícolas provenientes del sur de México.

La etnificación del trabajo agrícola en Sinaloa

Dentro de los contingentes que desde la década de 1970 nutren de mano de obra los mercados de trabajo agrícola de Sinaloa están presentes los indígenas. Sin embargo, en lo que va del siglo XXI se ha incrementado de manera masiva su presencia, puesto que en tiempo de cosecha pueden llegar a representar hasta 40% de los jornaleros.

Sinaloa es en la actualidad un mosaico de cultivos. En sus campos encontramos caña de azúcar, soya, maíz, garbanzo, sorgo, trigo, cártamo, cacahuate, ajonjolí, algodón, frijol, arroz, alfalfa, cebolla, flor de cempasúchil y frutales, así como una gran variedad de hortalizas: pimientos rojos, verdes, amarillos, morados y cafés, tomates, pepinos, berenjenas de diferentes variedades y tamaños, sandía, calabaza, chile, papa, melón. Con el transcurso del tiempo ha evolucionado la producción de hortalizas como consecuencia de la variación que ha experimentado la demanda en los mercados.

La siembra de hortalizas en Sinaloa se realiza en los distritos de riego de los valles agrícolas del estado. En la temporada 2009-2010 se cultivó una superficie de 55 105 mil hectáreas7 y se exportaron 972 mil toneladas de hortalizas, lo que generó una derrama económica de 1 186 millones de dólares. Las principales hortalizas cosechadas han sido el tomate, el pepino, el chile bell, la berenjena y la calabacita. Durante la temporada otoño-invierno 2009-2010 se destinaron 12 760 hectáreas para sembradíos de tomate, 2 996 para pepino, 15 805 para chile bell, 1 055 para berenjena y 4 465 para calabacita, todos ellos bajo el sistema de riego (CAADES, 2010).

Para el desarrollo de esta agricultura empresarial y por la superficie dedicada a la siembra de hortalizas, año con año Sinaloa atrae a uno de los contingentes más numerosos de trabajadores agrícolas del país. La cifra estimada de jornaleros en Sinaloa varía dependiendo de la fuente de información que lo proporcione. El Programa de Atención a Jornaleros Agrícolas (PAJA) de 20078 menciona que cada temporada llegan cerca de 200 mil jornaleros a emplearse en los campos agrícolas. Por su parte, Guerra Ochoa (1998: 27) calcula entre 200 mil y 300 mil los peones agrícolas que arriban al estado.

De acuerdo con un estudio elaborado por González Cuevas e Inzunza Rodríguez (2006), con datos proporcionados por el paja, el origen de la población jornalera agrícola en Sinaloa ha tenido variaciones en los últimos años. Durante la temporada hortícola 1989-1990, una tercera parte de la fuerza de trabajo era originaria de la región y el resto procedía de otras entidades del país, preponderantemente de Oaxaca y Guerrero, y en una menor proporción de Zacatecas, Du rango, Guanajuato, Michoacán y otros estados. En la temporada 2003-2004, según el paja, la población jornalera foránea y sus familias aumentaron de manera considerable no sólo en número, sino también en su composición social y étnica: Guerrero aportó 22 085 (48.20%), Oaxaca 7 003 (15.28%) y Veracruz 4 642 (10.13%). Por su parte, Sinaloa aportó 8 156 jornaleros (17.80%).

La población jornalera -y sus familias- se caracteriza por su diversidad étnica y lingüística. De acuerdo con datos del censo familiar aplicado por el PAJA, durante la temporada hortícola 2003-2004, de un total de 37 269 encuestados, más de la mitad dijo ser sólo hablante de español (21 481, que equivalen a 57.64%), mientras que el resto, 15 788, eran hablantes de alguna lengua indígena (42.36%). Según esta fuente, las lenguas indígenas más habladas por la población migrante fueron mixteco, náhuatl, zapoteco y tlapaneco, que conjuntaron a 93.83% de los hablantes de lengua indígena. En menor medida se encuentran los grupos amuzgo, tarasco, triqui, mexicano, mayo y tzotzil, entre otros (González Cuevas e Inzunza Rodríguez, 2006).

Para el año 2000, el XII Censo de Población y Vivienda registró que en el estado residían 2 241 298 habitantes, de los cuales 2.2% (49 744) hablaba una lengua indígena. Si a este grupo se le agregan 11 159 niños y niñas de 0 a 4 años, que viven en hogares cuyo jefe(a) de familia habla alguna lengua indígena, se incrementa su número a 60 903, 2.72% de la población. Los municipios que registran un mayor porcentaje en su población con hablantes de alguna lengua indígena en el estado son: Elota (13.64%), Navolato (7.01%), El Fuerte (6.70%) y Mocorito (3.56%). Conforme información de González Cuevas e Inzunza Rodríguez (2006), del total de hablantes de lengua indígena, 84% también habla español y 9.1% habla sólo su lengua indígena, siendo las lenguas indígenas predominantes en la entidad el mixteco (27.65%), el mayo (13.80%), el náhuatl (12.96%), el zapoteco (10.14%) y otras lenguas (35.46%).

A su vez, la Encuesta a hogares de jornaleros agrícolas migrantes en zonas hortícolas de México, cuyos resultados se dieron a conocer en 2004, arroja que los porcentajes más altos de los estados de origen de los jefes de hogares de los jornaleros encuestados en Sinaloa correspondían a los estados de Guerrero (33%), Oaxaca (28.4%), Sinaloa (18.2%) y Veracruz (5.3%) (C. de Grammont y Lara Flores, 2004).

Hoy en día, Sinaloa es un estado pluricultural y multiétnico, donde se pueden encontrar mayos, tarahumaras y tepehuanos,9 además de población indígena migrante semiurbana como mixtecos, zapotecos, triquis, tlapanecos y nahuas.

La Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI) señala que el centro del estado es la zona donde se encuentra asentada la mayor cantidad de población migrante indígena; y son los municipios de Navolato, Culiacán y Elota los que cada año se convierten en un polo de atracción para miles de indígenas provenientes sobre todo de Oaxaca, Guerrero y Veracruz. La demanda y movilidad de trabajadores agrícolas son de tal magnitud que han propiciado un proceso de asentamiento y circulación de ellos y sus familias en los albergues de los campos o en comunidades aledañas a éstos. Tal es el caso de las sindicaturas de Costa Rica y de Villa Benito Juárez en los municipios de Culiacán y Navolato, respectivamente.

El desarrollo de zonas de agricultura moderna empresarial, orientadas a la exportación, señala Lara Flores (2008), ha generado una concentración de la demanda de la fuerza de trabajo en determinadas regiones donde, por consecuencia, converge una oferta proveniente de distintos estados del país y donde los procesos de flexibilización del uso de la fuerza de trabajo provocan una intensa movilidad de la mano de obra que participa en estos cultivos, propiciando la constitución de territorios migratorios en los cuales se asienta y circula una población jornalera migrante, capaz de adaptarse a los requerimientos de dicha demanda flexible (Lara Flores, 2008).

Cabe señalar que desde la incorporación de los indígenas al mercado de trabajo agrícola en Sinaloa hay una división étnica del trabajo. Durante la década de los sesenta sólo se les requirió para la cosecha de las hortalizas, pero al dejar de acudir a ese mercado la población de las zonas serranas del estado, los indígenas se han incorporado a las tareas de plantado, desyerbe, instalación de estacas y estacones y fumigación, los demás puestos de la cadena productiva, como serían la selección y empaque de productos y la supervisión de campos y empaques, son para hombres y mujeres mestizos oriundos del estado de Sinaloa.

Conclusión

El sector intensivo de cultivos de hortalizas de California, Estados Unidos, y Sinaloa, México, para mercados de productos frescos, moviliza numerosos contingentes de trabajadores provenientes del sur de México, especialmente de origen indígena. No obstante, este sector agroalimentario ha creado una gran cantidad de empleos, caracterizados por ser estacionales y de bajos salarios, pero con una mano de obra especializada para la cosecha y el empaque de hortalizas.

Cabe resaltar que los mercados de trabajo agrícola de California y Sinaloa han compartido la misma estrategia para tener en sus campos un tipo de trabajador en específico: que sea mano de obra calificada, pero que, a su vez, sea dócil y flexible. Para el caso estadounidense, desde principios del siglo XX con el boom agrícola en California, siempre se requirió de mano de obra calificada, pero flexible y vulnerable, de ahí que los primeros en llegar a la agricultura de exportación fueran los chinos, después los japoneses, años más tarde los filipinos y, para la segunda mitad del siglo pasado, los mexicanos. Estos últimos, al obtener su nacionalización en 1986, gracias a la amnistía de la Immigration Reform and Control Act, abandonan el sector agrícola, y los agroempresarios comienzan a reclutar mano de obra indígena mexicana, lo que genera una migración masiva de indígenas provenientes de Oaxaca: mixtecos, zapotecos y actualmente triquis.

Para el caso de Sinaloa, la agricultura de exportación también data de principios del siglo pasado. No obstante, durante la segunda mitad del siglo XX se vuelve intensiva y precisa elevadas cantidades de trabajadores, que al principio son cubiertas por población serrana del propio estado de Sinaloa, pero cuando la entidad comienza su proceso de urbanización, la población originaria del estado resiente los bajos salarios y la inestabilidad laboral en el campo, y abandona poco a poco el sector agrícola, que empieza a ocupar masivamente a indígenas de los estados del sur, sobre todo de Oaxaca y Guerrero.

A partir de la inclusión de estos nuevos trabajadores migrantes comienza a generarse una segmentación por etnicidad y a los indígenas se les requerirá únicamente para la cosecha de hortalizas donde las condiciones laborales son precarias.

La utilización de mano de obra indígena tanto en California como en Sinaloa se debe a los procesos de globalización de la agricultura, que necesita trabaja dores especializados en los nichos más precarios del mercado laboral. La movilidad de los jornaleros indígenas a los campos de agroexportación es el resultado de dos hechos fundamentales: a) a pesar del avance tecnológico en la agricultura, por su naturaleza, hay productos que no pueden ser mecanizados y es esencial que se trate de trabajadores con conocimientos obtenidos mediante la experiencia, para que sean capaces de cosechar, empacar y acomodar los productos como los solicita el mercado, y b) para el gobierno mexicano la agricultura de subsistencia no es importante, por lo que ha abandonado su desarrollo y sus apoyos reales, éstos se han limitado a un subsidio que mantiene pobres a los campesinos, que deben recurrir a vender su fuerza de trabajo fuera de sus comunidades y del país.

De ahí que la etnificación del trabajo agrícola en California y Sinaloa haya aumentado la precarización del trabajo, la flexibilidad y segmentación laboral que tienen como finalidad minimizar los costos de producción, pero, a su vez, ha contribuido a la construcción de una cultura discriminatoria, debido a que al arribar a las zonas de agricultura de exportación los migrantes indígenas carecen, en muchos casos, de derechos laborales.

En general, las condiciones de trabajo en California y Sinaloa son similares: los agroempresarios evitan que los jornaleros se sindicalicen, el salario es el mínimo que pueda darse y la seguridad social es inexistente. Todo lo anterior les permite abaratar sus costos en detrimento de la calidad de vida de los jornaleros.

En cuanto a ciertas vulnerabilidades hay diferencias en ambos lugares: la formación de sindicatos en Sinaloa ha perdido fuerza, los intentos por conformar un sindicato que represente a los trabajadores agrícolas de origen indígena ha sido una lucha fracasada hasta el momento. En California, por su parte, la existencia del Sindicato de Trabajadores Agrícolas (UFW) no le es de utilidad a los indígenas, pues sólo se puede agremiar a personas con documentos y gran parte de ellos no los tienen.

California y Sinaloa son los estados agrícolas de productos frescos de exportación más importantes para sus respectivos países gracias a la etnificación de su mercado de trabajo, que no tiene en sus miras cambiar sus condiciones, pues, como se vio, el éxito del sector en cuanto a la cosecha es el remplazo étnico, que se da cada vez que los trabajadores comienzan a lograr microbeneficios.

Por último, existen grandes divergencias en los datos aquí presentados, esto se debe a que en México existen censos sobre trabajadores agrícolas y su origen étnico. En Estados Unidos se ha intentado realizarlos, por ejemplo en 2004, pero no incluyeron el origen étnico preciso de los trabajadores, únicamente se preguntó si se era de origen indígena y de qué entidad federativa provenían. El resultado fue que 20% de los trabajadores en la agricultura californiana son indígenas que están en constante movilidad en la costa este de ese país (Aguirre International, 2005).

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Notas

1 California Department of Food and Agriculture < http://www.cdfa.ca.gov/> [5 de mayo de 2014].

2 Indigenuous Mexicans in California Agriculture < http://www.indigenousfarmworkers.org> [5 de mayo de 2014].

3 La obra clásica de Carey McWilliams, Factories in the Field (2000), nos da un panorama muy amplio de la forma en que se fue conformando la estructura productiva y el mercado de trabajo agrícola en California.

4 Se refiere a la mano de obra esclava que se encontraba en las plantaciones del sur de Estados Unidos.

5 Okies y arquies fueron los nombres dados a los trabajadores provenientes de Oklahoma y Arkansas; aunque su origen es blanco, a todas luces fueron considerados un grupo étnico distinto de la mayoría.

6 La primera se remonta a 1880, cuando el hacendado Zacarías Ochoa aprovechó los caudales del río Fuerte para regar sus tierras, donde tenía el ingenio El Águila, al norte del estado. En 1922 el general Ángel Flores construye el canal Rosales en Culiacán, y en ese mismo año Blas Valenzuela construye el canal Valenzuela. En 1948 se construye la presa Sanalona, obra iniciada por el presidente Lázaro Cárdenas en 1940, terminada en 1948 e inaugurada por Miguel Alemán. Por su parte, la presa Miguel Hidalgo se hizo sobre el río Fuerte, en dos fases: la primera se inició en 1952 y se inauguró en 1956, y la segunda se comenzó en 1956 y se terminó en 1964 (Sinagawa Montoya, 1987: 19-25).

7 Esta superficie pertenece al cultivo a cielo abierto. Por su parte, en invernadero y casa sombra para esta temporada se cultivaron 3 389 hectáreas.

8 Datos del Programa de Atención a Jornaleros Agrícolas, entrevista personal con el licenciado Arturo López Ruiz, coordinador del programa en Sinaloa, abril de 2007.

9 En el norte, en los municipios de El Fuerte, Ahome, Choix, Sinaloa, Guasave y Angostura hay indígenas pertenecientes a los pueblos mayos. En la parte limítrofe con Chihuahua, en una franja entre los municipios de Choix y Sinaloa vive un número importante de tarahumaras en condiciones de pobreza extrema. En el sur, en los municipios de Escuinapa y Rosario están asentados tepehuanes, que migraron de Durango y se establecieron ahí de manera permanente (CDI, 2006).



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