Vega Jiménez de la Cuesta: Angela Giglia, El habitar y la cultura. Perspectivas teóricas y de nvestigación
Vol. 34, Num. 75, Año. 2019
Recibido: 2013 05 10
Aceptado: 2013 10 30


El libro que se presenta es sumamente interesante para pensar, dentro del contexto de la vida cotidiana de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México, en las distintas relaciones con el espacio de diferentes grupos socioeconómicos. Su forma de distinguir los sitios en los que moran y en los que ocurre la vida cotidiana es particular. En efecto, de los diversos modos de relacionarse con el entorno, en el texto se ponen de relieve aspectos peculiares de la cultura de cada grupo.

Giglia propone que la cultura nos permite vincularnos a la realidad, a nuestro alrededor y, además, existir como sujetos conscientes de nosotros mismos, con memorias y proyectos; estudiar el habitar no es más que otra forma de pensar lo cultural en cuanto facultad humana elemental.

Por tanto, el habitar le parece sinónimo de relación con el mundo, ya que es una acepción más operativa y comprensiva de un conjunto de fenómenos socioespaciales relacionados entre sí. En consecuencia, propone que cuando nos apropiamos de un lugar, cuando imprimimos nuestra marca, habitamos dicho espacio. Por eso el habitar lleva en sí un gran número de prácticas y saberes acerca del mundo que está en el entorno y va más allá de la cuestión de la vivienda. Apoyada en el antropólogo Ernesto de Martino, Giglia indica que esta presencia humana en el mundo es un producto cultural que indica la capacidad para estar de manera consciente en el tiempo, en el sentido de estar “presente en la historia”, mediante la cultura, es decir, en un universo ordenado por la actividad humana. Al habitar se va ordenando el espacio, se marca y se hace familiar para uno mismo. Y para hablar de la forma en que se va domesticando el espacio que se habita recurre al concepto de habitus de Bourdieu: “saber incorporado que se hace presente en la práctica, pero que no es explícito”. Giglia propone después que el habitus espacial permite reconocer el orden que nos rodea y establecer nuestro propio orden.

Para ejemplificar estas ideas, Giglia, que ha estudiado el hábitat popular de la periferia de la Ciudad de México, nos propone analizar el habitar en una metrópoli como la capital del país, en la que pueden analizarse varios casos diferentes. Uno de ellos es el habitar una morada autoedificada en una colonia popular, y otro muy distinto sería el habitar en un conjunto urbano donde las viviendas fueron edificadas por un tercero, una empresa constructora. Así como en el trabajo de investigación que publicó en 2008 junto con Emilio Duhau: Las reglas del desorden, considera que los distintos tipos de espacios habitados pueden leerse como arenas de proyectos culturales diferentes que expresan motivaciones e intenciones de distintos grupos sociales. Se trata de sectores medios, medios bajos y populares, los cuales manifiestan diversas maneras de habitar que están presentes en la metrópolis.

Otro tema que analiza son las diferentes escalas de la sociabilidad en la ciudad. Una sería la de la ciudad en general, en conjunto. La segunda es la escala de la sociabilidad en los espacios cerrados de uso público, como los centros comerciales, los parques, los supermercados y los lugares de trabajo. Y en tercer y último sitio, la sociabilidad local, conformada por los lugares que se transitan a pie, alrededor de la vivienda. Se parte de la idea de que estas tres escalas conllevan otras tantas modalidades de habitar la metrópoli, es decir, otros tantos habitus socioespaciales vinculados a ámbitos específicos de la experiencia urbana.

Al tratar el tema de la observación de campo, aclara que no debe perderse de vista que el trabajo se está realizando en un momento dado, en una coyuntura determinada, en un tiempo preciso y a partir de un cierto número de preguntas. Por tanto, la interpretación debe considerar el punto de vista del investigador como experiencia de contacto con el otro y situado en un tiempo y espacio concretos, lo cual repercute en los resultados obtenidos.

Como ejemplo de análisis de ciudad informal se toma el caso de Ciudad Nezahualcóyotl y se privilegia la autoconstrucción como una forma de habitar en la cual el entorno urbano está en proceso constante de hacerse y de mejorarse, en muchos casos adaptando la vivienda a la cambiante situación familiar. Es frecuente que los acabados de la fachada y las mejoras en los servicios sanitarios, por ejemplo, tarden un mayor tiempo en terminarse. Al vivir este largo proceso de adecuación y ampliación de la vivienda, los habitantes tejen redes de relación con los vecinos y con los demás residentes, en las cuales se identifican como los creadores de su morada. Esto los distingue frente a los otros y apoya la formación de un espíritu de pertenencia al lugar, es decir, este lento proceso de construcción apoya la constitución de la identidad y de la pertenencia a una parte de la metrópolis.

Después se refiere al consumo popular en sitios como Ciudad Nezahualcóyotl, donde se instalan los comercios semanales de los tianguis en algunas calles y avenidas. Señala que el consumo es cada vez más el eje articulador de la experiencia urbana. Un objetivo de este ensayo es mostrar cómo los espacios para el comercio estructuran y dan forma al espacio público urbano, generando centralidades y propiciando cierta experiencia de la urbanidad, aun en esas partes de la metrópoli que han sido producidas de manera informal y que han representado durante décadas el estereotipo de la periferia marginada, es decir, lo opuesto de la ciudad moderna y del ideal de espacio público urbano descrito en la literatura sobre el tema. Además, analiza el pro ceso de consolidación de estos asentamientos como uno que implica la construcción de lazos sociales que crean relaciones sociales, que pueden ser un apoyo en circunstancias adversas. Cuando surge un conflicto entre vecinos, por ejemplo, estas relaciones tienen un papel importante en la negociación y la utilización de espacios públicos como las calles, ya que se puede presentar la solicitud a los vecinos para instalar en la vía pública un lugar de trabajo, que puede ser un taller de mecánicos automotrices, de herreros o para vender algún producto en la banqueta o la calle.

Por otra parte, reflexiona sobre el habitar la vivienda de interés social, sus cambios y continuidades. Menciona que se han edificado un gran número de viviendas de interés social, con equipamientos colectivos escasos y deficientes y localizadas a considerables distancias de los núcleos urbanos, lo cual ha resultado en casi 25 por ciento de viviendas deshabitadas en dichos conjuntos urbanos. Con esto podemos entender claramente que la cuestión de la vivienda es también cuestión de calidad de los materiales que constituyen la vivienda y del equipamiento colectivo del entorno urbano.

Cuando analiza los rasgos del habitar en los espacios residenciales cerrados, propios de los grupos sociales de ingresos medios y altos, Giglia afirma que tienen la imagen de residir en un medio privilegiado, fuera del bullicio de la urbe, una modalidad que ha resultado atractiva para los sectores acomodados: el aislamiento del ruido de la ciudad. Este fenómeno es catalogado por la autora como autosegregación residencial. Esta práctica puede observarse en los suburbios de las ciudades estadounidenses. Algunos de estos conjuntos residenciales se edifican en medio de un bosque, o se construye un lago artificial alrededor del cual se ubican las residencias. Dentro de ellos, sus habitantes se sienten como si no estuvieran en la ciudad. Como ejemplo, Giglia comenta que en algunos de estos conjuntos cerrados los vecinos “toleran” que la autoridad ingrese, ya que son ellos mismos quienes se hacen cargo de la vigilancia interna.

En estas reflexiones se encuentran muy variadas inquietudes. Algunas tienen que ver con la forma de relacionarse con lo local, que puede dar cuenta de las distintas maneras de habitar. En ciertos espacios urbanos, como en el urbanismo popular, la población tiene más trato social con los habitantes del entorno y, si surge un conflicto por la utilización de un espacio público, se intenta llegar a un arreglo que evite una confrontación. En otros espacios, como las urbanizaciones de la población de altos ingresos, puede ser que las banquetas tengan un tamaño reducido, ya que se utilizan poco porque la mayoría de sus pobladores se moviliza en auto particular. Al observar cómo los distintos grupos sociales se relacionan entre sí y cómo se diferencian de los que habitan otro tipo de espacios, se puede apreciar la elección de una ubicación que muestra su posición social.

Un análisis reciente sobre las desemejanzas que pueden tener las palabras con las que designamos los temas relacionados con el habitar y la cultura se puede encontrar en el libro L’aventure des mots, coordinado por Christian Topalov et al. en 2012. En este trabajo se muestra cómo podemos encontrar similitudes, así como francas diferencias, en la utilización de términos comunes que empleamos para referirnos a lugares como barrio, colonia, periferia o bidonville cuando se trata de distintos idiomas; ellos analizan siete.

En el trabajo de Giglia hallamos elementos para pensar en las relaciones entre los habitantes y el espacio urbano como una llave de ingreso a la cultura de nuestros días. En él se define el habitar como una forma de relacionarse con el mundo, que permite aprehender un conjunto de fenómenos socioespaciales vinculados entre sí, los cuales van desde prácticas cotidianas de usos del espacio doméstico hasta las diversas modalidades de relacionarse y disfrutar la metrópoli.



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