Kurz: El mal funcionamiento teórico en los estudios literarios y una alternativa
Vol. 41, Num. 89, Año. 2020
Recibido: 2019 09 30
Aceptado: 2020 02 15



I.

En su Breve introducción a la teoría literaria (el original en inglés data de 1997), Jonathan Culler, sin duda uno de los especialistas más destacados en el área del posestructuralismo y de la deconstrucción, intenta obtener claridad sobre el carácter y los alcances de las teorías en general, sobre el qué son y para qué sirven. Su propuesta inicial es concisa y vaga al mismo tiempo: "Una teoría ha de ser más que una mera hipótesis; no puede ser obvia; implica relaciones complejas y de tipo sistemático entre diversos factores; y no se demuestra ni se descarta con facilidad. Si tenemos en mente estos aspectos, resulta más sencillo entender qué implica la etiqueta de 'teoría'" (Culler, 2000: 13). Quizás es "más sencillo", pero el carácter y el funcionamiento de las teorías que guían nuestro quehacer crítico en los estudios literarios siguen siendo sorprendentemente enigmáticos y poco definidos.

Este fenómeno hasta cierto grado esquizofrénico, es decir, el saber poco sobre el instrumento con el que investigamos nuestros objetos de estudio, no es, sin embargo, exclusivo de las humanidades, de las ciencias blandas. También su supuesta contraparte, las ciencias duras, sufren de él y tienen que formular compromisos que les permitan seguir trabajando con las teorías; tienen que, en otras palabras, formular teorías sobre las teorías, metateorías que expliquen el cómo operan las teorías a pesar de todo. Sin embargo, las metateorías son tan teorías como los fenómenos que pretenden explicar. Estamos ante un proceso autorreferencial que nos hace dudar del valor y la confiabilidad de la ciencia occidental centrada en el logos, de su capacidad de producir conocimiento. Estamos tentados a dar la razón a Bouvard y Pécuchet, esas criaturas algo bobas del genial Flaubert, que llegan a la conclusión, después de cientos de experimentos y miles de páginas leídas, de que la ciencia consiste en puras excepciones que confirman las reglas que las teorías postulan para un mundo tan ideal como inexistente.

II.

Uno de los intentos más exitosos de describir el funcionamiento de las teorías y, con ello, el de las ciencias en general, pertenece, sin duda, al gran epistemólogo austro-inglés Karl R. Popper. Aunque situadas en primer lugar en la física y las matemáticas, las pesquisas del filósofo alcanzan las ciencias sociales y los discursos de arte y literatura. Popper defiende su postura de un racionalismo radical contra todas las intromisiones de irracionalidad y dogmatismo. Desde su obra más conocida, La sociedad abierta y sus enemigos (publicada originalmente en 1945), advierte ante los peligros de la irracionalidad y de la permanencia de sociedades pre-lógicas basadas en mitos fundacionales. Solo el pensamiento racional más allá de inducción, deducción y observación garantiza los avances del conocimiento y evita la petrificación en dogmas científicos e ideológicos. En este contexto, la rama del conocimiento poco importa, ya que los acercamientos metodológico-teóricos propuestos por el filósofo tienen validez en ciencias duras y blandas.1

En una conferencia impartida en 1966 y publicada cuatro años después con el título de "Physics, Logic and History", Popper resume2 este acercamiento metodológico en una fórmula sencilla: P 1 → TT → EE → P 2 . Me permito resaltar que, aunque se trate de una fórmula metodológica, constituye a la vez una teoría sobre el cómo conocemos y cuánto podemos conocer, es decir, una vez más nos enfrentamos a un metadiscurso. Cito in extenso la explicación que sigue, ya que su claridad se opone a la paráfrasis:

Aquí 'P' significa ‘problema’, ‘TT’ ‘teoría tentativa’y ‘EE’ ‘(intento de) eliminar errores’, sobre todo mediante la discusión crítica. Mi esquema tetrádico trata de mostrar que el resultado de la crítica o supresión de errores aplicado a una teoría es, por regla general, el surgimiento de un nuevo problema o de varios de ellos. Una vez que los problemas han sido resueltos y una vez que sus soluciones han sido examinadas correctamente, tienden a engendrar hijos problemáticos: nuevos problemas, normalmente más profundos e incluso de mayor fecundidad que los viejos. Esto se puede ver especialmente en la física y creo que la mejor manera que tenemos de calibrar el progreso realizado en una ciencia consiste en medir la distancia que hay entre P1 y P2 por lo que respecta a su profundidad y esperabilidad: las mejores teorías tentativas (y todas lo son) son las que plantean los problemas más profundos e inesperados (Popper, 2006: 337).

Sobra decir que lo citado constituye la base de la teoría popperiana de la falsabilidad. Las teorías no explican realidades u objetos de estudio, no resuelven todos los problemas formulados, sino generan nuevos problemas (más complejos y, por ende, más productivos) que requieren nuevas teorías que se exponen a la discusión y falsación subsecuentes. A primera vista se trata de un modelo escatológico que relega la revelación de toda la verdad, es decir, la formulación y resolución de todos los problemas, a un futuro indefinido. Sin embargo, Popper se opone a la escatología y prefiere hablar de un progreso del conocimiento infinito: siempre habrá nuevos problemas que provocarán la elaboración de nuevas teorías. En este sentido, solo puede haber un acercamiento sin fin al conocimiento, jamás el conocimiento definitivo y absoluto.

No es este el espacio para discutir los alcances y las consecuencias de la teoría popperiana. Se expuso, en el sentido de su autor, a la discusión crítica y a numerosos intentos de falsearla.3 Sin embargo, según Popper, no ha sido posible refutarla.4 Entonces: ¿si la teoría de la falsación no puede ser falseada, es una teoría sin valor cognoscitivo? La pregunta es legítima, dado que el epistemólogo rechaza tajantemente teorías no falseadas o no falseables como falacias científicas. Descalifica sobre todo el psicoanálisis y las teorías marxistas como teorías "ad hoc", es decir, teorías autoexplicativas que no pueden ser falseadas, que generan sus propios objetos de estudio, en lugar de ser generadas por problemas (objetos) efectivamente existentes. En un ensayo tardío, "Las dos caras del sentido común" incluido en Conocimiento objetivo, Popper dedica en nota a pie de página una frase lacónica al psicoanálisis: "… no hay descripción de una conducta humana lógicamente posible que resulte incompatible con las teorías psicoanalíticas de Freud, Adler o Jung" (2006: 56, n. 5). En otros lugares, este rechazo radical se discute con más detalle. Sin embargo, la oración citada contiene el núcleo de la crítica popperiana ante teorías no falseables: la realidad y sus objetos de estudio han de moldearse a ellas; se trata de teorías que explican todo, resuelven todos los problemas (que ellas mismas generaron) y, gracias a ese totalitarismo crítico, no explican nada y no resuelven problema alguno, es decir: son teorías "ad hoc", falacias, hasta cierto grado creaciones ficticias.

Tengo que insistir en que la postura teórica de Popper ante las teorías de ese tipo no es falseable, es decir, ella misma sería, si seguimos la lógica de su autor, una teoría "ad hoc". Sin embargo, si utilizamos la teoría a manera de una simple postura/ actitud crítica propositiva, aunque severa, ante un tipo de teorías en uso sobre todo en las ciencias sociales y las humanidades, entonces será posible reflexionar, con base en ella, sobre el valor de la teoría literaria en boga en las academias de las Letras y sobre posibles correcciones o alteraciones que, desde mi punto de vista basado sobre todo en la praxis docente y de investigación, se vuelven necesarias, si no urgentes.

III.

Sin tomar en consideración los postulados de Popper, ni los de otros teóricos de las teorías, Jonathan Culler llega a la conclusión de que la teoría en las disciplinas humanísticas, sobre todo en los estudios literarios, es mucho más un género que una herramienta que auxilie y dé valor adicional a la metodología aplicada. Además, se trata de un género abierto que incluye una gama amplia de temáticas:

El género 'teoría' incluye obras de antropología, cinematografía, filosofía, filosofía de la ciencia, gender studies, historia del arte, historia social y de las ideas, lingüística, psicoanálisis, sociología y teoría política. Esas obras responden a las discusiones propias de su campo, pero se han convertido en 'teoría' porque su perspectiva o sus razonamientos son sugerentes y útiles para estudiosos de otras disciplinas. Las obras que'devienen' teoría ofrecen explicaciones que otros pueden usar sobre muy diversas cuestiones: el significado, la naturaleza y la cultura, el funcionamiento de la psique o la interrelación de la experiencia privada y la pública o de la experiencia individual y la de las grandes fuerzas históricas (Culler, 2000: 14).

Si a este término poco definido, a la teoría que es un género y que, como género, poco valor explicativo y pocas posibilidades de producir conocimiento tiene, le agregamos el epíteto de "literario", entonces la constelación se vuelve aún más vaga, la función y el funcionamiento de las teorías aún más dudosos. Podríamos preguntarnos si la teoría literaria es, siguiendo las definiciones de Culler, un género literario basado en un relato ficticio. Culler parece reducir la teoría a una de las funciones del antiguo mito.5 Critica y cuestiona, pone en tela de juicio los presupuestos básicos de la literatura y de su estudio: "¿Qué es el significado? ¿Qué es un autor? ¿Qué es leer?" (2000: 15). Menciona estos y más cuestionamientos que abiertamente dudan de los fundamentos de cualquier estudio literario y pretenden destruir esos fundamentos. No cabe duda de que este proceso destructor es, con cierta periodicidad, necesario y suele ser productivo en todas las disciplinas científicas. Me atrevo a dudar, no obstante, de la existencia de un discurso reconstructivo propuesto por la teoría literaria. Parece que, en medio de la teorización del discurso y del cuestionamiento de lo que el sentido común percibe como base y fundamento de la literatura, se ha perdido el objeto de estudio. La teoría literaria se ha vuelto con ello teoría "ad hoc" en el sentido popperiano: autoexplicativo y generando sus propios objetos de estudio que no necesariamente son textos literarios o autores o géneros o periodos, sino por lógica son otras teorías, o ella misma. La teoría literaria podría ser, entonces, una metateoría "ad hoc" y autoexplicativa, es decir: forma un discurso encerrado en sí mismo, una diégesis, un relato ficticio, un nuevo tipo de mito que no puede ser un modelo explicativo precisamente porque es autorreferencial. Se trata, en otras palabras, de un género que se analiza a sí mismo.6 De esta manera se vuelve finalmente imposible que produzca conocimiento nuevo o que aporte a un (ilusorio) avance científico. No obstante, existe, se lee y se discute. Los versos que Goethe crea para los pigmeos en la segunda parte de su Fausto, describen esta constelación de manera concisa: "Haben wirklich Platz genommen,/Wissen nicht wie es geschah;/Fraget nicht woher wir kommen:/Denn wir sind nun einmal da!" (2001: 87).7

Aquí está la teoría literaria: sin objeto de estudio propio; sin posibilidad de explicar fenómeno, ni resolver problema alguno; aun así: aplicada a manera de sustituto y panacea metodológicos en miles de artículos y tesis universitarias de pre y posgrado; un género que tiene su canon y sus clásicos, pero no se estudia como género de ficción, sino como teoría a secas; una clase de textos basados en incertezas, pero que operan e, igual que los pigmeos de Goethe, indudablemente forman parte del discurso y participan en un diálogo interminable que se ocupa del fenómeno literario.

IV.

A finales de los años sesenta del siglo XX, Roland Barthes se enfrenta a dudas y preocupaciones similares. Interpreto S/Z, sin duda una de sus obras más logradas y propositivas, como resultado directo de sus titubeos ante el discurso literario y ante la funcionalidad de teoría y crítica literarias.

En la primera sesión de la materia "Posestructuralismo" que impartí en varias ocasiones en el marco de la Licenciatura en Letras Españolas de la Universidad de Guanajuato, suelo citar o parafrasear una distinción enciclopédica entre estructuralismo y posestructuralismo: el estructuralismo se centra en los textos, ni el autor ni el lector son factores relevantes en sus postulados teóricos, mucho menos sus entornos históricos o sociales; el posestructuralismo vuelve a integrar esos entornos en el análisis literario y conecta el discurso literario con otros discursos, el psicoanálisis y el marxismo en lugares destacados. Como todas las explicaciones enciclopédicas: satisface (por lo menos al maestro, no sé si a los estudiantes), pero no acierta.

En su famoso texto "Resistance to Theory", Paul de Man postula que las dicotomías entre teorías no operan. La teoría (la que sea) se requiere cuando el análisis literario pretende ser más que solo descriptivo. Entonces, hasta movimientos como el "new criticism" que centran su interés en el texto puro y que pretenden excluir el fuera del texto, son teorías, aunque unas que rechazan la teoría (1986: 6). Se oponen más al metalenguaje teórico que a la teoría como tal, postula De Man (1986: 13). En otras palabras: si leo un texto, aplico teorías sobre este texto, aunque no sean canonizadas ni preformuladas ni escritas. En este sentido -sigo a De Man- nos resistimos a la teoría y esta resistencia es inevitable: "Nothing can overcome the resistance to theory since theory is itself this resistance" (1986: 19). Estas afirmaciones del gran teórico revelan la preocupación de un académico que no solo lee e investiga, sino que también enseña la literatura. Sin teorías no podría enseñarla; sin el intento de entender qué es el discurso literario y cómo funciona su lenguaje, una clase sobre literatura no podría justificarse ni debería prepararse. Al mismo tiempo, el lenguaje teórico (cada vez más técnico o mistificado o específico) dificulta el acceso a la literatura y, en casos extremos, relega la lectura a un lugar irrelevante dentro de los estudios literarios. Se manifiesta el proceso del que había advertido Popper: antes de investigar y tratar de entender el objeto de estudio, debo entender la teoría. Cuando haya entendido la teoría, posiblemente ya no me quede tiempo para leer mi objeto de estudio. En este sentido debe interpretarse la crítica sarcástica que dirige De Man a los teóricos franceses que leen poco, pero saben mucho de muchas cosas (1986: 29 ss.).8

De Man propone un "return to philology" como solución, es decir, regresar a la filología decimonónica, pero renunciar a su afán estetizante y a sus implicaciones políticas e ideológicas, una filología como la practicada por Derrida y Foucault (De Man, 1986: 24).9 Es decir: la inclusión de lo no canónico, de lo producido en las periferias culturales, incluso del "trash" literario permite un regreso a la lectura filológica, a otro tipo de "close reading", sin que sea necesario renunciar al entorno de los textos (incluso la figura del autor, asesinada en varias ocasiones, podría recuperarse) y a la teorización de la literatura. El texto es primero, su entorno y su teoría se desprenden de él. Posiblemente se tendrá que pagar el precio de una diminución productiva, ya que "good readers often are spare writers" (1986: 24), como afirma De Man algo melancólico. Sin embargo, este precio se paga con gusto si el resultado son estudios y análisis literarios que faciliten el acceso a la literatura, aunque sean mucho más que meras descripciones o resúmenes de contenido o acumulaciones de datos duros.

No cabe duda de que Roland Barthes es uno de los objetivos (posiblemente el más expuesto) de los frecuentes sarcasmos de Paul de Man. Barthes no lee porque habla de muchas cosas, menos de literatura. Barthes deduce textos de teorías y recurre a muchos tecnicismos, en lugar de anteponer los textos para extraer de ellos las teorías cuasi en el acto de su lectura. Barthes olvida que la literatura comunica y requiere más que lectores especializados, etc. Creo que de Man no le hace justicia al teórico/ crítico francés, por lo menos no al de la época en la que se origina S/Z.

El inicio de S/Z se lee como una declaración de bancarrota del estructuralismo:

On dit qu'à force d'ascèse certains bouddhistes parviennent à voir tout un paysage dans une fève. C'est ce qu'auraient bien voulu les premiers analystes du récit: voir tous les récits du monde (il y en a tant et tant eu) dans une seule structure: nous allons, pensaitils, extraire de chaque conte son modèle, puis de ces modèles nous ferons une grande structure narrative, que nous reverserons (pour vérification) sur n'importe quel récit: tâche épuisante […] et finalement indésirable, car le texte y perd sa différence (Barthes, 1970: 9).

Barthes describe el callejón sin salida al que habían desembocado los estudios estructuralistas. Quizás hay una estructura, un esqueleto, subyacente a todas las narraciones. Quizás los relatos aislados solo recurren a ese esqueleto para llenarlo con palabras que, a la postre, son variables, intercambiables y a voluntad. Este procedimiento aniquila, sin embargo, el discurso literario y vuelve superfluo o, en dado caso, estéril el proceso de la producción y recepción de textos.

La "différence" (y no la "différance" de Derrida) constituye la literatura. Es necesario, entonces, desentrañar esta diferencia en lugar de construir una estructura niveladora. Hasta aquí su punto final al estructuralismo. Sin embargo, Barthes sabe (lo expresa en sus estudios sobre Flaubert) que no hay puntos finales en literatura, que la frase debe seguir escribiéndose. Sabe, por ende, que solo un procedimiento estructuralista, la lectura repetida y concentrada de los textos, una forma del "close reading" norteamericano, es capaz de romper las estructuras prestablecidas y revelar la diferencia del relato:

[…] travailler ce texte unique jusqu'à l'extrême du détail, c'est reprendre l'analyse structurale du récit là où elle s'est jusqu'à present arrêtée: aux grandes structure; c'est se donner le pouvoir (le temps, l'aise) de remonter les veinules du sens, de ne laisser aucun lieu du signifiant sans y pressentir le code ou les codes dont ce lieu est peutêtre le départ (ou l'arrivée) (Barthes, 1970: 17).

Si de Man piensa que un buen lector escribe poco, Barthes postula que el lector escribe cuando lee, convierte texto en texto y, por ende, se sale de una estructura dada para entrar en (o construir) otra diferente. Se trata de una lectura o un análisis contra la estructura. Pero se trata también de una lectura o un análisis estructuralistas. La distinción enciclopédica que parafraseé al inicio de estas reflexiones no explica nada, dado que no hay distinción. El posestructuralismo a la manera de Barthes fusiona las teorías, rompe estructuras y resalta diferencias y desviaciones, pero sigue analizando dentro de las estructuras con el propósito de construir y escribir nuevas y más nuevas.

Su análisis concreto del relato de Balzac lo comprueba: una lectura detenida lexema ("léxie") por lexema, pero es el lector quien decide qué es y cuánto texto abarca un lexema: puede ser una palabra (incluso una sílaba), pueden ser varios párrafos. Esta decisión significa escribir y significa estructurar contra la estructura. Para llegar a una decisión -y Barthes sabe que el proceso es arbitrario y, por supuesto, anti científico, si no a-lógico- un gran número de disciplinas ajenas a la literatura (filosofía, psicología, antropología, sociología, historiografía, economía, historia del arte y, en dosis pequeñas, la lingüística) está a su disposición y presta un número infinito de conocimientos y datos divergentes al lector/ analista. De esta manera toma su decisión y, cuasi en el acto de leer y decidir, la escribe. Dado que la escritura, en este caso, es un acto desestabilizador, no se fija la lectura, no se petrifica el texto leído en medio de una estructura dada, sino se abre a más y más lecturas: del propio Barthes y de miles de lectores anónimos.

Estoy consciente de que la fusión descrita entre estructuralismo y posestructuralismo, el proceder de un análisis estructuralista que pretende romper las estructuras, es idealista y utópico, como son idealistas y utópicas las técnicas de la deconstrucción cuyos rasgos se notan claramente -quiera Barthes o no- en S/Z. Estoy consciente de que, gracias a la imprenta y gracias también a la fama del crítico Barthes, su lectura de "Sarrasine" se volvió canónica y fijó el texto de Balzac, de que otras lecturas "laicas" no pueden ni competir ni dialogar con ella. Sin embargo, pienso que en esta fusión utópica podría hallarse una salida para escapar de la resistencia a la teoría y de la elaboración y aplicación de teorías "ad hoc" en los estudios literarios. En S/Z, el texto/ objeto de estudio genera o provoca la(s) teoría(s), activa los discursos ajenos, refiere a los entornos pertinentes y recurre a hipo, hiper y subtextos, es decir, a otros textos literarios que pueden (a veces deben) pertenecer a ciertos cánones de lo marginado y estéticamente infame. Todas estas activaciones y referencias son necesarias para su lectura, para esta lectura en este momento. El proceder tiene, sin duda, un alto valor explicativo, aunque se trate de un valor en continuo movimiento, este valor que no había tenido la dicotomía entre estructuralismo y posestructuralismo, ya que ella es autorreferencial, es teoría elaborada para explicar y justificar teoría.

Se me puede objetar (y con razón) que este tipo de análisis relega a un lugar poco relevante la función estética que, sin lugar a duda, está inscrita en el discurso literario y es una de sus razones de ser. El mismo Barthes se enfrenta a esta pregunta al inicio de S/Z. El francés distingue, en este contexto, entre textos legibles y textos escribibles. Sarrasine es un texto escribible, su contraparte sería un texto clásico: "En face du texte scriptible s'établit donc sa contrevaleur, sa valeur négative, réactive: ce qui peut être lu, mais non écrit: le lisible. Nous appelons classique tout texte lisible" (Barthes, 1970: 10). Los textos clásicos no pueden ser escritos mientras se leen. "Clásico", en este sentido, no necesariamente remite a un canon prestablecido y sancionado por varias generaciones de críticos y lectores, no necesariamente incluye a Cervantes, Shakespeare o Goethe. "Clásico" es mucho más un texto que ya no permite la prolongación de la escritura (que equivale a su lectura activa), un texto petrificado gracias a las muchas lecturas canónicas y dogmáticas sufridas. Me permito retomar la terminología de Karl Popper: clásico es un objeto de estudio que ha sido congelado en el tiempo por la aplicación de una teoría "ad hoc", un objeto de estudio que había fungido como pieza comprobatoria (de verificación) para precisamente esta teoría. Un texto de esta índole está fuera del alcance de la escritura. Sin embargo, una lectura estructuralista contra las estructuras prefijadas podría recuperarlo y volverlo escribible. Mas: se trataría de una obra nueva. Sobra decir que insinúo un proceso que Borges había descrito desde la ficción en su "Pierre Menard, autor del Quijote".

Agrego que, antes de Borges, Walter Benjamin lo había analizado en su "Die Aufgabe des Übersetzers" ("La tarea del traductor"). El filósofo alemán se acerca a su tema con un método a primera vista irracional, una mezcla entre dialéctica hegeliana y marxista que incluye referencias al primer romanticismo alemán y la mística judía, es decir, un método que no se impone al objeto de estudio, sino que surge de él, un método en movimiento de párrafo a párrafo. Benjamin interpreta la traducción literaria como una "forma" (Benjamin, 1972: 9) que garantiza la supervivencia del original que, sin ella, sería materia muerta, es decir, sería un texto clásico en el sentido que Barthes otorgaría al término. Sin embargo, la traducción continua y siempre renovada de una obra también nos acerca a la esencia literaria, a un tipo de "Ursprache" (lenguaje originario) con el que Goethe y los románticos habían soñado. Benjamin sabe que solo nos acerca, que jamás alcanzaremos la meta; así como el racionalista puro Popper sabe que la ciencia jamás llegará a un punto final, que solo se acerca a la verdad. Una buena traducción benjaminiana es, juzgada con miras a este propósito, lingüística y estéticamente deplorable. El filósofo alemán remite a Rudolf Pannwitz, poeta y pensador nacido en Polonia, quien trataba de invertir la relación entre lengua de origen y lengua meta en el contexto de las traducciones literarias. Se debe integrar el idioma del original al idioma de la traducción, en lugar de mantener intactas las estructuras y la lógica del idioma meta (Benjamin, 1972: 20).10 En un proceso que abarca milenios (que es escatológico) se alcanzará la fusión de todos los idiomas que equivale al descubrimiento de la esencia poética, a la instalación de la "Ursprache".

¿Misticismo? ¿Irracionalidad? Sin duda, hay mucho de ambos en las reflexiones de Benjamin. Pero también hay su contraparte: hay racionalidad y pensamiento lógico, casi matemático. El proceso descrito/ anhelado anticipa el ideado por Barthes: el análisis estructuralista que pretende abrir y reconfigurar las estructuras es capaz de volver escribible un texto que solo había sido legible; es capaz de, tanto como la traducción benjaminiana, devolver vida y actualidad a los textos clásicos. La inclusión de lo estéticamente poco atractivo, de un tipo de literatura que no aspira jamás a la belleza (no importa a qué forma o definición de belleza se recurra), es imprescindible en el proceso analítico y crítico descrito. En otras palabras: para escribir o reinventar Sarrasine, Roland Barthes tuvo que incluir y escribir paralelamente una serie de textos a primera vista prescindibles: textos marginados expulsados del canon, textos ajenos a la literatura y ajenos a las aspiraciones estéticas, textos que el objeto de estudio que es Sarrasine de Honoré de Balzac, propone sobre la marcha como teorías y herramientas metodológicas.

La función estética de la literatura, entonces, no se relega a un lugar poco relevante, sino que se cuestiona de manera continua en el proceso lector, es decir: incluir o volver a incluir lo que se había percibido como antiestético es la base de un procedimiento crítico que devuelve al texto precisamente esta belleza literaria tan escurridiza y, pese a los intentos de la lingüística y la teoría literaria, tan tautológica y rejega a su definición. En este sentido, la lectura/ escritura de Barthes y la traducción de Benjamin podrían ser leídas/ escritas como una y la misma cosa.

V.

La literatura comparada, disciplina establecida y exitosa sobre todo en las universidades alemana, francesa y estadounidense, ha llegado a operar no solo como contraparte de las filologías nacionales y, a veces, nacionalistas, sino también como un instrumento hábil para diversificar el campo de los estudios literarios, para incluir en ellos otros discursos y objetos de estudio marginados. El filólogo austro-alemán Oskar Walzel (1864-1944), amigo y seguidor de Heinrich Wölfflin, intentó desde comienzos del siglo XX ampliar el discurso de la ciencia literaria en este sentido: comparar y, en un caso ideal, fusionar discursos artísticos, filosóficos, historiográficos, etc., es necesario para obtener resultados científicamente válidos y presentables, resultados que puedan ser expuestos a lo que Popper llamaría, décadas después, "discusión crítica". Solo esta ampliación podría salvar a las ciencias del espíritu de la etiqueta "Beliebigkeit", un término que implica la arbitrariedad de los resultados, pero igualmente el "anythinggoes" posmoderno.11 Las propuestas teórico-metodológicas de Walzel tuvieron implicaciones de largos alcances. Entre muchos otros, los análisis hoy muy practicados sobre la función de sinestesia y écfrasis en textos literarios se basan, normalmente sin saberlo, en ese intento temprano de ampliar y bifurcar objetivos, metas y procedimientos de los estudios literarios12 Me permito insistir en que, tanto como en los postulados de Barthes y de Man, las reflexiones de Walzel generan una amalgama entre teoría y método. Hay un método derivado de una teoría. Ambos surgen de y, en un proceso circular, regresan al objeto de estudio. Esta circularidad impide, a primera vista, la generación de conocimiento. Sin embargo, si aceptamos que el conocimiento no se genera, dado que está aquí desde siempre, dado que "solo", según Popper, lo problematizamos de diferentes maneras, entonces la circularidad nos permite un acercamiento al saber y la exposición de nuestros resultados a la discusión crítica popperiana, es decir, a otras investigaciones circulares realizadas en diferentes disciplinas científicas simultánea o posteriormente.

Estoy convencido de que una subdisciplina antigua y controversial de la literatura comparada,13 igualmente derivada de las proposiciones de Walzel, puede ofrecer un ejemplo y un modelo viables para este modo de usar y aplicar teorías y metodologías amalgamadas entre ellas en el análisis de textos. Me refiero a la imagologie. Propongo, en el último apartado de este artículo, la imagologie no como disciplina o campo de estudio, sino como una forma de acercarse mediante un uso modesto de teorías generadas por objetos de estudio al por antonomasia inabarcable fenómeno del discurso literario.

La imagologie14 se define como el estudio de la construcción de imágenes de naciones y pueblos ajenos en y a través de la literatura. Se integró temprano como subdisciplina de la literatura comparada. Por razones demasiado obvias cayó en desgracia debido a su ideologización, a su inmersión en un discurso nacionalista extremista que dejó de estudiar la producción de imágenes en textos ficticios para dedicarse al desarrollo de sus propias imágenes prejuiciadas y, en el caso de la crítica nacionalsocialista, abiertamente racistas y hostiles. No es de extrañar que después de la Segunda Guerra Mundial su presencia en los estudios literarios europeos sea casi nula, aunque Marius François Guyard tratara, en su compacta introducción a la literatura comparada de 1951, reintegrarla a la disciplina. Aunado a la problemática ideológica, el influyente crítico norteamericano René Wellek pretendió anular, en los años cincuenta y sesenta del siglo XX y en oposición directa a Guyard, su valor teórico y epistemológico de fondo. Según Wellek, la imagología no es capaz de producir conocimiento alguno, ya que se aparta del estudio de las obras literarias "per se" para inmiscuirse en discursos ajenos y fuera del alcance de los investigadores de las letras. No es difícil reconocer en estos reproches los mismos argumentos que se emplean, por ejemplo, de parte de Paul de Man contra los posestructuralistas como, en general, contra los tratamientos de la literatura que rebasen lo "werkimmanent", es decir, lo inscrito y presente solo en la obra. El estadounidense, entonces, relegó este campo teórico al vasto reino de la vaguedad y, en casos extremos, la charlatanería. Ese radicalismo es consecuente con el pensamiento de Wellek quien, desde fechas bastante tempranas, advirtió ante los peligros de una sobreteorización del discurso literario y advirtió, por ende, ante ciertos excesos de la teoría posestructuralista francesa de la que la imagología sería un antecedente.15

En 1966, el comparatista holandés Hugo Dyserinck intenta recuperar la imagología para los estudios literarios y, de paso, desideologizarla. Publica en el primer número de la prestigiosa revista Arcadia su hoy canónico artículo "Zum Problem der images und mirages und ihrer Untersuchung im Rahmen der Vergleichenden Literaturwissenschaft" ('Acerca de la problemática de imágenes y reflejos y su investigación en el marco de la literatura comparada"). Dyserinck establece cinco parámetros que devuelven a la imagología su derecho a existir en los estudios literarios:

  1. Hay obras que incluyen los images y mirages como principios semánticos constructivos: diarios de viaje en primer lugar (que actualmente incluyen guías turísticas en papel y electrónicas), pero también una buena parte de la literatura de índole biográfica y autobiográfica. Estas obras, de manera natural, podrán estudiarse con las herramientas de la imagología. Para hacerlo, hay que tomar en cuenta siempre el segundo principio, quizás el decisivo:

  2. Ninguna imagen es auténtica, representa realidades tangibles, ninguna tiene que ver con la "realidad real", la realidad "per se" que, como sabe también Roland Barthes en sus estudios sobre el realismo decimonónico, es inasequible para la literatura.

  3. Surge, en este contexto, una pregunta central: ¿las imágenes producidas realmente operan? Es decir: no reflejan realidades, pero ¿son capaces de crearlas? Para contestar esta pregunta, la imagología debería cooperar con la estética de la recepción.

  4. Las imágenes se vuelven partes decisivas de la historia de la recepción de una literatura en otra. El ejemplo de Dyserinck: un lector alemán sólo lee literatura flamenca si esta va conforme con la imagen del país preconcebida. Si se opone a esta imagen, no se traduce o no se lee. Otro ejemplo relacionado con la literatura hispanoamericana: el boom de la narrativa solo fue posible porque atendió imágenes de América Latina preconcebidas en Europa. El éxito cero de la literatura postboom en Alemania, Francia e Inglaterra se explica por la negación de los autores hispanoamericanos de seguir atendiendo esas imágenes.16

  5. La imagología podría corregir y desideologizar clichés y prejuicios nacionales. Lo esencialmente alemán, francés, mexicano, argentino, etc., es decir, generalizaciones irracionales y peligrosas que no solo son temas literarios, sino que forman parte de conversaciones cotidianas y de los discursos político y social. Si la imagología es capaz de desentrañar los orígenes y el funcionamiento en la literatura de tales generalizaciones, podría aportar a una mejor y más equilibrada comprensión de "lo otro" y del otro.

A raíz de las propuestas de Dyserinck, una serie de críticos procedentes de varios países trató de concretar el campo de estudio de la imagología y de afinar sus herramientas, entre ellos los franceses Daniel-Henri Pageaux, Yves Chevrel y Jean-Marc Moura, el mismo Dyserinck y su compatriota Joep Leerssen, el alemán Hans-Jürgen Lüsebrink, la polaca Malgorzata Swiderska y el norteamericano Jeffrey L. Sammons.17

Destaco tres conclusiones esenciales de esta discusión teórica que, por otro lado, sigue desarrollándose:

  1. La necesidad de disponer de una terminología crítica específica que permita la adecuada categorización y un análisis preciso de estereotipos y clichés nacionales construidos en las obras literarias tratadas. Sobre todo Swiderska y Leerssen se ocupan de esta problemática.

  2. Una inevitable y deseable fusión con los estudios culturales que, según Lüsebrink (2014: 29), evitaría la descontextualización de las imágenes analizadas, es decir, evitaría la negación de las funciones originales (sátira, parodia, contexto político) de las images y mirages.18

  3. Relacionada con la segunda conclusión, la urgencia de repensar nuestros cánones. En otras palabras: el estudio no podrá limitarse a las obras maestras, a obras que cumplan con estándares estéticos altos, sino que tendrá que extenderse a obras marginales y -permítaseme la expresión- a lo infame. Obras de difícil clasificación genérica, la literatura mal llamada "trivial", la literatura popular y, en un caso ideal, de índole oral deberán ser los objetos de estudio de la imagología, mucho más que un canon de obras consagradas que prefiguraría y manipularía los resultados de la disciplina. Lüsebrink usa el término "transfert" en este contexto (2014: 26), la transferencia cultural (muy relacionada, en el entorno hispanoamericano, con la transculturación definida por Fernando Ortiz y Ángel Rama19) en cuyo marco la estética ocupa un lugar secundario. El estudio de los transferts implica la colaboración sobre todo con la historiografía y la sociología; garantizaría, por ende, una verdadera interdisciplinariedad, una fusión de disciplinas, no su mera yuxtaposición.

Lo expuesto sobre funcionamiento, alcances y acercamientos teóricos de la imagología debe bastar para ilustrar que los estudios literarios en general se enfrentan a la necesidad de repensar el papel de la teoría literaria y su conversión en métodos aplicables en su praxis de investigación.

VI.

Repito, a manera de conclusión, que la teoría literaria, sobre todo la elaborada por estructuralistas rusos y franceses y por posestructuralistas franceses y estadounidenses a lo largo del siglo XX es, como afirma Jonathan Culler -uno de sus exponentes más prominentes- un género. Agrego que se trata de un género literario que se caracteriza por un alto grado de autorreflexividad y también por su carácter ficcional. Si aceptamos que nos enfrentamos a un género literario, lo debemos estudiar como tal, al lado de los otros géneros (narrativa, poesía), al lado de momentos divergentes de la historia literaria. Su valor metodológico como teoría, su potencial de producir conocimiento nuevo serían, a primera vista, nulos. Sin embargo, si aceptamos el proceder teórico descrito por Popper y otros epistemólogos y, al mismo tiempo, seguimos conscientes de que las metateorías (como la de Popper) son otras teorías cuestionables y criticables, entonces la teoría literaria (de la índole que sea) e incluso la metateoría podrían convertirse en herramientas críticas originadas por nuestros objetos de estudio. La imagología, ella misma una teoría, aprovecha en sus variantes actuales desarrolladas sobre todo en las academias francesa, neerlandesa y alemana, este procedimiento. Parte de un corpus de estudio amplio que incluye hasta lo estéticamente infame para, desde este corpus, activar una serie de teorías y discursos necesariamente inter y transdisciplinarios. Los resultados obtenidos de esta manera son productos de lecturas cuidadosas que no excluyen los entornos heterogéneos de la literatura, lo solo a primera vista ajeno al discurso literario, lo otro. Creo que Roland Barthes, en S/Z, dio la pauta para este tipo de lectura estructuralista contra las estructuras. Y creo también que este proceder podría ser una respuesta a los reproches formulados por la ciencia dura que no quiere tomar en cuenta las disciplinas humanísticas como productoras de conocimiento y respuestas lógicamente válidas.

Referencias bibliográficas

1

Barthes, Roland 1970 S/Z, París, Éditions du Seuil.

2

Beller, Manfred y Joop Leerssen (eds). 2007 Imagology. The cultural construction and literary representation of national characters, Ámsterdam/Nueva York, Rodopi.

3

Benjamin, Walter 1972 "Die Aufgabe des Übersetzers", en Gesammelte Schriften, vol. IV/I, Fráncfort, Suhrkamp, pp. 9-21.

4

Brunel, Pierre e Yves Chevrel (eds.) 1994 Compendio de literatura comparada, México, Siglo XXI Editores.

5

Culler, Jonathan 2000 Breve introducción a la teoría literaria, Barcelona, Crítica.

6

De Lira Bautista, José 2008 Karl Popper: controversias en la filosofía de la ciencia, México, UNAM/Universidad Autónoma de Aguascalientes.

7

Gin, Pascal, Nicolas Goyer y Walter Moser (eds.) 2014 Transfert. Exploration d'un champ conceptual, Ottawa, University of Ottawa Press.

8

Goethe, Johann Wolfgang 2001 Faust. Der Tragödie zweiter Teil, Stuttgart, Reclam.

9

Lüsebrink, Hans-Jürgen 2014 "Les transferts culturels: théorie, méthodes d'approche, questionnements", En Pascal Gin, Nicolas Goyer y Walter Moser (eds.), Transfert. Exploration d'un champ conceptual, Ottawa, University of Ottawa Press.

10

Man, Paul de 1986 The Resistance to Theory, Minneapolis, The University of Minnesota Press.

11

Pageaux, Daniel-Henri 1994 "De la imaginería cultural al imaginario", en Pierre Brunel e Yves Chevrel (dirs.), Compendio de literatura comparada, México, Siglo XXI Editores.

12

Popper, Karl 2005 El mito del marco común. En defensa de la ciencia y la racionalidad, Barcelona, Paidós.

13

______ 2006 Conocimiento objetivo, Madrid, Tecnos.

14

Popper, K., T. Adorno, R. Dahrendorf y J. Habermas 2008 La lógica de las ciencias sociales, México, Colofón.

15

Riffaterre, Michael 2000 "La ilusión de écfrasis", en Antonio Monegal (coord.), Literatura y pintura, Madrid, Arco Libros, pp. 161-183.

16

Sánchez, Pablo 2017 La emancipación engañosa: una crónica transatlántica del boom (1963-1972), Alicante, Biblioteca Virtual Miguel Cervantes.

17

Stove, David 2001 Scientific Irrationalism. Origins of a Postmodern Cult, New Brunswick/Londres, Transaction Publishers.

18

Swiderska, Malgorzata 2013 "Comparativist Imagology and the Phenomenon of Strangeness", CLCweb: Comparative Literature and Culture, 15(13), pp. 2-8.

19

Walzel, Oskar 1917 Wechselseitige Erhellung der Künste, Berlín, Reuther & Reichard.

Notas

1 En los años sesenta del siglo XX, Popper es uno de los protagonistas centrales del "Positivismusstreit", una disputa intensa sobre la posible existencia de metodologías, teorías y objetivos diferentes en las ciencias sociales y las exactas. Popper se opone sobre todo a los representantes de la teoría crítica, Adorno y Habermas en primer lugar, que habían postulado el "Sonderweg", el "camino especial" de las ciencias sociales. Para Popper, al contrario, solo hay una ciencia, la que sigue la misma metodología de la falsación. Los objetos de estudio no importan en este contexto. Fenómenos sociales, literarios y artísticos pueden investigarse con el método desarrollado por Popper. Si no se hace, no es ciencia. Llama la atención el dogmatismo de Popper en este debate. En español se publicaron algunas de las aportaciones relevantes (de Popper, Adorno, Dahrendorf y Habermas) en el volumen La lógica de las ciencias sociales publicado por Colofón en 2008.

2 Quizás debería escribir "resume una vez más", ya que la descripción minuciosa del método se halla en casi toda la obra de Popper, una obra que abarca seis décadas.

3 Un análisis detallado del pensamiento popperiano constituye Karl Popper: controversias en filosofía de la ciencia de José de Lira Bautista que se publicó en 2008. David Stove, en su Scientific Irrationalism de 2001, revalúa la epistemología racional de Popper y sus seguidores (Lakatos y Feyerabend entre ellos) como irracional y anticientífica. Critica por ejemplo el uso frecuente de términos entrecomillados que, según Stove, ni relativiza ni ironiza ciertos significados, sino sencillamente los anula.

4 Aún en The myth of the framework. In defense of science and rationality que se publicó en 1994, Popper defiende su teoría contra los intentos de falsación. El filósofo murió ese mismo año.

5 El proceso es inverso al trazado por Popper. El epistemólogo encuentra los inicios de las teorías científicas explicativas en los mitos, los primeros y aún inseguros intentos de explicar el entorno físico y abstracto del ser humano. Culler (2000) da la impresión de querer regresar, al final de un desarrollo milenario, a esta constelación: la teoría como relato que cuestiona realidades tangibles y verdades prestablecidas, sin que intente resolver problema alguno.

6 Este tipo de autoanálisis no es, sin embargo, ninguna novedad en la literatura occidental: novelas que generan teorías sobre la novela, poemas que son su propia poética son fenómenos conocidos. Un ejemplo especialmente ilustrativo es Á rebours de Joris Karl Huysmans, el prototipo de la novela decadente que, casi como efecto lateral, constituye y establece su propio canon de autores y obras decadentistas contemporáneos poniendo Las flores del mal en el centro y a sí misma a un lado de Baudelaire.

7 "De veras hemos tomado asiento y no sabemos cómo pasó. No pregunten de dónde venimos porque aquí estamos". La traducción es mía.

8 Con esta crítica inicia "Hypogram and Inscription", el tercer texto de los que forman el libro Resistance to Theory.

9 Supongo que ni Derrida ni Foucault estarían de acuerdo con la etiqueta de "filólogo".

10 Traducir la frase alemana "Mein Sohn hat heute um sieben Uhr gefrühstückt" como "Mi hijo desayunó a las siete" suena bien, pero sería una falacia en el sistema construido por Benjamin y Pannwitz. "Mi hijo ha hoy a las siete horas desayunado" suena horrible, pero sería más productivo en el sistema mencionado.

11 La editorial Reuther & Reichard publicó las reflexiones de Walzel en 1917 como Wechselseitige Erhellung der Künste, traducible como "esclarecimiento mutuo de las artes". No tengo conocimiento de una traducción al español.

12 La écfrasis generó su propio discurso teórico amplio y muy polémico. Remito solo a una aportación canónica y, a mi punto de vista, incluyente y conclusiva: "La ilusión de écfrasis", de Michael Riffaterre (2000).

13 Aclaro que estoy convencido de que todos los estudios literarios son comparativos, dado que textos aislados sin relación con otros textos y otros discursos no existen; y si existieran, no serían ni asequibles ni analizables.

14 Introduzco el término en francés, el idioma en el que se originó. De aquí en adelante recurro a su castellanización "imagología".

15 Estos datos se tomaron del artículo introductorio de Daniel-Henri Pageaux en el Compendio de literatura comparada dirigido por Pierre Brunel e Yves Chevrel (1994), así como del artículo de Dyserinck que se menciona.

16 La recepción de la obra de Fernando del Paso en el mercado de lengua alemana es mínima, a pesar de lo germano de la temática de Noticias del Imperio. La imagología nos permitiría formular la hipótesis de que se trata de un "debido a" lo germano de la temática, no un "a pesar de". Los lectores alemanes (y antes que ellos, los editores) prefieren comprobar sus imágenes de Hispanoamérica en una novela mexicana, en lugar de enfrentarse a imágenes propias creadas por el otro. Para la problemática del éxito artificial del boom, remito al excelente estudio de Pablo Sánchez: La emancipación engañosa: una crónica transatlántica del boom (1963-1972).

17 Recientemente, en universidades alemanas y canadienses sobre todo, se desarrollan teorías del "transfert" que permitirían extender aún más este campo de estudio, por ejemplo, a fenómenos sociales modernos como las redes de comunicación, pero también a cuestiones jurídicas o económicas. Remito, en este contexto, al volumen colectivo editado por Pascal Gin y otros investigadores (2014).

18 Un ejemplo de mi praxis de investigación: a lo largo del primer año de la intervención francesa se publicó en Puebla la revista satírica Chinaca. En ella, la elite de los escritores liberales decimonónicos construyó imágenes burlescas exageradas de franceses y "tudescos". Es tentador y fácil olvidarse de las intenciones paródicas de la revista, del intento de menospreciar y difamar al enemigo político y militar, y dejarse atrapar por la ilusión de que el lector moderno presencia casi in actu el nacimiento de clichés y prejuicios nacionales que operan hasta la fecha.

19 Rama adapta el funcionamiento de la transculturación a los estudios literarios, sobre todo a las relaciones problemáticas entre periferias y centros culturales. La segunda edición de su canónico Transculturación narrativa en América Latina data de 1984.

Notas

20 Citar como: Andreas Kurz (2020), "El mal funcionamiento teórico en los estudios literarios y una alternativa", Iztapalapa. Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, núm. 89, año 41, julio-diciembre de 2020, ISSN: 2007-9176; pp. 47-66. Disponible en < http://revistaiztapalapa.izt.uam.mx/index.php/izt/issue/archive>.

Notas

21 Andreas Kurz. Está adscrito a la Universidad de Guanajuato, donde dirige el Departamento de Letras Hispánicas. Es doctor en Literatura Comparada por la Universidad de Viena, maestro en Literatura Hispánica por la Universidad de las Américas de Puebla y licenciado en Literatura Comparada por la Universidad de Viena. Ha publicado varios libros sobre el modernismo mexicano, Alejo Carpentier, la problemática de la mimesis literaria y diversas temáticas de la literatura mexicana del siglo XIX. Su último libro es el ensayo Austria: una ficción. Asimismo, ha publicado cerca de 100 artículos en revistas especializadas y de difusión. También es autor de la novela La joroba (2013, 2016). Ha impartido conferencias en varias instituciones nacionales e internacionales, así como seminarios por invitación en la Universidad Autónoma de Baja California y el Colegio de San Luis, A. C. Fue profesor invitado del Instituto de Literatura Comparada de la Universidad de Viena. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), nivel 2.



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